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27 de diciembre de 2018

1988, El Silbo en Guinea Ecuatorial

1968: Acaba el año y aún zumban en la cabeza las efemérides: Praga, París, México…

Aquel año de 1968 uno no se enteraba de nada de eso, por lo temprano de la edad. En cambio, sí recuerdo muy bien las imágenes (tve? nodo?) de un país africano donde se hablaba castellano. Era Guinea Ecuatorial, que alcanzaba la independencia. Yo nunca había visto un negro en persona y me impresionó la noticia.

¿Era buen legado el que dejaba España? Comparando con la media africana, seguramente.
Se tituló República. Quizá durante unas horas, y en días previos, aparentemente lo fue.  Eligieron a un presidente destructivo, inmediatamente convertido en dictador: Macías. Como cuenta
Mario Virgilio Montañez,  Los españoles evacuaron el país y tras ellos la mayoría de extranjeros.

Se sucedieron 10 años de monstruosidades. En 1971, la comunidad escolar de Malabo vio cómo sus protestas acarreaban la clausura del instituto. Además de perder todo el sistema educativo, también quedó el país sin luz, sin hospitales, sin carreteras (que a ese legado me refería)… Los únicos edificios con mantenimiento eran las cárceles. Un tercio de la población desapareció del mapa. El poeta Juan Balboa Boneke describió el periodo: “el de la generación perdida”.

Macías ordenó cambiar los nombres europeos por los correspondientes africanos, incluidos los nombres y apellidos de sus ciudadanos. Así, Francisco Macías Nguema pasó a llamarse Masie Nguema Biyogo Ñegue Ndong. Solo en eso pudo dar ejemplo.

(...)Porque es un hecho importante, que a veces pasa desapercibido, que la España que concedió la independencia a Guinea y que siguió funcionando como estereotipo para el guineano fue la franquista; es decir, un sistema autocrático que utilizaba como punta de lanza las ordenes y congregaciones religiosas, los principios del nacionalcatolicismo y el militarismo, de una parte, y, de otra, los paradigmas políticos mas reaccionarios y autoritarios. Es decir, los guineanos no tenían referentes democráticos ni progresistas de los españoles, sino que suponían que las maneras que conocían eran las propias de los países colonizadores supuestamente a imitar (...) 

Muchos mandos del ejército guineano se graduaban en la Academia General Militar de Zaragoza. Y por allí habían pasado todos los que en 1979 se confabularon, encabezados por Teodoro Obiang, para derrocar al tirano. Esta vez, la esperanza se mantuvo varios años. Volvieron las embajadas y los cooperantes, volvió la luz, se abrieron las escuelas, se hicieron institutos y llegó la UNED. 


El Silbo en Guinea


En 1988, a 20 años de la independencia y a 9 del “Golpe de libertad” de Obiang y los suyos, la información relativa a Guinea Ecuatorial era muy escasa.

Queriendo contrastar el trabajo de El Silbo con "otros acentos" (con oídos acostumbrados a), Carmen Orte, Jesús Lou y yo, decidimos ir a trabajar allí una temporada. Conseguimos visado por dos meses (“para estudiar las expresiones artísticas de la cultura fang”), nos vacunamos y compramos francos cfa. Pedimos un crédito para los pasajes y empaquetamos vestuario e instrumentos. Hicimos una postal de cartulina como tarjeta de presentación y, por si acaso, llevamos una metopa de la AGM zaragozana.

Una amiga nos dijo que debía enviar un paquete a su prima Nieves, colaboradora de las teresianas en Malabo. Y nos hicimos cargo de la encomienda, lo que suele ser un engorro pero aquí fue una llave para conocer submundos del país.
  
Del aeropuerto fuimos directos a la embajada, para informar de nuestra presencia e intenciones.  Allí conocimos a Jesucristo Riquelme, quien nos propuso alojamiento a cambio de actuaciones en centros de enseñanza de Malabo y  Bata, patrocinadas por el Centro Cultural Hispano Guineano. Al margen de esas funciones, podíamos hacer las que contratáramos por nuestra cuenta, manteniendo el decoro, claro. Como teníamos idea de trabajar con público diverso, llevábamos varios repertorios con su instrumental y utilería. Así que todas las ofertas que aparecían nos venían bien.

Nos ubicaron en la casa de la Aviación. ¿Cuál sería el bar de la esquina? El Beirut, que contaba con un gran jardín donde periódicamente se daba espectáculo.

Las funciones que pensábamos realizar serían: para estudiantes; para público de calle; para toda una comunidad. De ello se dirá algo en este artículo. Y se  acompañará con muestras fotográficas en vídeo, con sonido tomado de actuaciones aquí y allá. Estos vídeos se pueden ver solo en el blog (no están en youtube, etc.) por su carácter testimonial.

En centros de enseñanza

Para celebrar el encuentro, Jesucristo nos llevó al Beirut para conocer a Donato Ndongo que, además de compartir con Riquelme la dirección del Centro Cultural H-G, era buen conocedor de la poesía guineana.  Hablamos del repertorio posible, lo repasamos y concluimos que no había un terreno especialmente pantanoso. No había problema en que “libertad”, por ejemplo,  o “copular”, se dijeran en el escenario. Todavía se hablaba del “golpe de libertad”. Por otro lado “del sexto en Guinea no se confiesa nadie”, decían los curas, según Ndongo.

Los planes de estudio eran los mismos que en España. Los libros de Literatura también.

Las primeras sesiones fueron en el INEM Rey Malabo. Comenzamos hablando de la Edad Media, de cuando los idiomas peninsulares se estaban cociendo, de cuando la primera literatura en castellano… Carmen empezó una canción:

De los álamos vengo, madre.

Y un coro celestial siguió cantando:

De ver cómo los menea el aire. 

Cerramos la libreta donde apuntamos un repertorio previsible, y preguntamos si alguien tenía preferencia por algún poeta clásico: el Arcipreste de Hita, Jorge Manrique, Fray Luis de León, Cervantes, dijeron. Y así pasó la primera sesión, con la cuaderna vía del de Hita, las coplas manriqueñas, las liras del fraile y los ovillejos cervantinos.

Muchos chicos llegaban al instituto chapeando, o sea cortando la maleza con el machete. Hacía calor, claro, la vegetación abrumaba y los bichejos daban respeto.

La siguiente sesión estaba dedicada al siglo XX, de Rubén Darío hasta Blas de Otero, más o menos.  En el centro, la generación del 27. Carmen y yo nos miramos con cara de culpables cuando un alumno 3º de BUP, Emiliano Esono, insistió en oír una poesía de Dámaso Alonso, a ser posible de Hijos de la ira, pues lo había leído en la biblioteca del instituto. Jesús Lou tapó el objetivo de su cámara y salió corriendo a comprobar que Hijos... estaba allí. Volvió pronto, afirmando con la cabeza. En el entretanto, habíamos neutralizado al forofo con el "Romance del río Duero", por ser Gerardo Diego gran amigo de Dámaso. Acabado el romance, prometimos a Emiliano que en el recital que daríamos por la tarde recitaríamos "Los insectos" si venía. Dijo que sí.

Fuimos a casa y comenzamos el montaje del poema, pero sin el célebre prólogo donde  describe "el espanto" ante una masa de variados insectos: "He leído terrores semejantes de viajeros por el África ecuatorial" afirma allí el poeta. Nosotros también estábamos espantados con la fauna volátil y terrestre. Conocido es el mosquito anopheles, transmisor del paludismo, pero allí uno se encuentra con los insectos que se pegan a la ropa recién lavada y penetran en la piel (hay que planchar la ropa para eliminarlos), o con los que agazapados en la tierra esperan un pie desnudo, etc. O sea, los hay que se ven y los hay que no.

Dámaso había dicho  del poema en cuestión: "Es obra que, recitada, suele recibir mucho éxito". Carmen creó una  atmósfera musical tremolando con el rabel, instrumento ideal para imitar el zumbido de los insectos voladores. Por mi parte, entendí que si el poeta diseminaba más de 30 veces la palabra "insectos", el ritmo dependería de ella. El tono era de monólogo hiperbólico, apropiado para aplicar la técnica del "rapsoda enloquecido" con sus aspavientos melodramáticos acentuados con los guiños humorísticos del texto.  Ajusté con Carmen los versos con aliteraciones de los verbos roer y zumbar. Desgraciadamente, Emiliano no pudo venir al estreno, ay!

Terminadas las actuaciones en el instituto, comenzamos con las que Nieves y sus amigas teresianas nos concertaban en colegios y aulas para adultos. Se hizo muy popular nuestra versión del "Vivo sin vivir en mí" que, en los estribillos, los alumnos acompañaban con voces, palmas y ritmo corporal. Especial recuerdo nos queda de la actuación en el cole de Yumbili.

Los pequeños no  mostraban reticencia al canto, los jóvenes un poco, pero se dejaban convencer mejor que los españoles. Un tímido, metido en la masa del grupo espectador, también puede participar si no se siente especialmente observado. La timidez de los alumnos guineanos se manifestaba envolviendo las manos entre la ropa, o con movimientos de cuello recogiendo la cabeza.

Viajamos al continente, para trabajar unos días en Bata y alrededores. La infraestructura era más escasa y solo los franceses disponían de un centro cultural.  El salón de actos español lo compartían la UNED, Magisterio y el Instituto de Bata. Hubo algún malentendido a ese respecto del usufructo del espacio y no pudimos ofrecer el trabajo más que a los alumnos de Bachillerato y Magisterio, creo recordar.

Todas las actuaciones en el campo educativo -E.G.B., Bachillerato y Formación de Adultos-  fueron juglarescas: comunión del cantar y el reír. 





De gala con El Gran Bessoso

Cada noche bajábamos al Beirut, que también era mentidero político y cultural de la capital. El dueño, Gabi, tuvo la idea de montar una gala donde actuarían bailarinas, cantantes, nosotros y, como cabecera de cartel, el músico guineano conocido como El Gran Bessoso, que iría con su banda. De eso tratan las fotos del vídeo siguiente.

Dado el éxito que tuvimos en el Beirut, Gabi pensó repetir en el Cine Marfil cuando volviéramos de actuar en Bata... No fue lo mismo, no. Las condiciones del cine eran malas; se decía que aún estaba por ahí el fantasma de Macías, pues el Marfil se empleaba para macro juicios militares...

En estas actuaciones combinábamos los poemas con canciones tradicionales como La tía Melitona, que permitían la participación, la improvisación coplera y la risa. También eran de rigor un par de romances de Lorca.

León Felipe había residido un año en Guinea y nosotros aprovechábamos estas actuaciones de repertorio abierto para recitar y cantar algunos de sus Versos y oraciones del caminante.




Con versos de Leopoldo Mª Panero

Teníamos grabados música y efectos de los poemas de L. Mª Panero que hacíamos en el Más margen, malditos! Así que dedicamos una sesión a presentar su obra en Malabo.

Por si acaso, íbamos de etiqueta, para significar la importancia y el respeto que nos merecía ese repertorio. Riquelme nos presento también de traje, pues entre el público se encontraban diplomáticos y autoridades.

No se puede extraer ninguna lección sobre la respuesta del público, pues ese tarde el CC Hispano Guineano estaba muy concurrido por los blancos. Creemos que gustó bastante.


Asonga: teatro arena

Ignoramos si el poblado de Asonga tiene relación con la zona de Bata de igual nombre. Quien conozca ambas, sabe que son la noche y el día, aunque se llamen igual.

Bueno, nosotros fuimos al poblado Asonga, donde queríamos experimentar cierto tipo de trabajo ritual, ante público "no teatral". Asonga es un pueblo Ndowé, cuyo idioma se conoce como Batanga. Agricultura y pesca. Nos habían hablado de ciertos bailes y disfraces que conservaban como tradición, quizá carnavalera.

Remontamos algunas piezas de un anterior espectáculo -Del comienzo de la arcilla del mundo- con salmodia y canto. Los textos eran del Génesis, del Cantar de los Cantares, y de Judá Leví. La representación era en espacio circular, sin escenario. Eso, pese a la pobreza documental, se refleja en las fotos del vídeo.

También hicimos una segunda parte, esta vez en las escaleras de la vivienda del alcalde, con un repertorio normalizado. Recuerdo que toda la comunidad de Asonga cantaba con nosotros, al punto que venían habitantes de poblados cercanos atraídos por las voces.


De esto y aquello

El debut en la parte continental fue en el Club de Tenis (creo que si no era ese el nombre, así se le conocía), el de los españoles.  Esa era la comunidad a la que debíamos conquistar. Sí, en este caso conquistar, pues de ello dependía la recaudación. Es decir, que al final pasamos la gorra. En atención a que una mayoría de espectadores eran catalanes que trabajaban en el negocio de la madera y del cacao, Carmen cantó dos romances en catalán -La cançó del Lladre y El rossinyol- y yo unos versos de Espriú. No fue buena idea, porque algunos censuraron nuestro acento, más leridano que gerundés.

Siempre que había ocasión, recitamos poemas de los dos poetas del momento en Guinea: Ciriaco Bokesa y Juan Balboa Boneke, tomados de sendos libros publicados por el CC Hispano Guineano de Malabo.



Ciriaco Bokesa y Donato Ndongo nos deslumbraron muchas noches en la tertulia del Beirut.  Ciriaco admiraba, por encima de toda la poesía en castellano, a Jorge Guillén, y Donato nos explicaba el valor de Voces de espumas leído en esa clave. Ambos elevaban el nivel intelectual de la calle con su palabra.

En una de aquellas charlas, apareció Riquelme muy alterado. Nos contó el viaje imposible de un coche de Cooperación Española que llevaba libros a una escuelita cercana a Ureka, al sur de la isla. Camino del lugar, había sido obligado a regresar, pues la carretera estaba cortada por soldados que no dejaban pasar sin autorización especial. Aquello alimentaba las sospechas de los más enterados: "los yanquis están buscando petróleo en la costa".

En fin, en este último vídeo se verán fotos de Bata y Malabo, con nosotros actuando o paseando por  calles, plazas También, en las fotos de Jesús, aparecen artesanos, niños estudiando bajo las farolas, profesores y amigos preparando anuncios de actuación, o traduciéndonos escritos varios. Carmen se hizo el peinado típico antes de partir, y ahí se ve.

Varias fotos son del museo de Bata, que recorrimos en compañía de Amador Ebeng, del Ministerio del Interior, a quien Riquelme había encomendado que nos condujera por las emisoras de radio y demás lugares culturales de la ciudad. Otra foto de Bata nos trae el recuerdo de Gabri-B, cantor de calle y terraza. En su repertorio brillaban canciones como Sucu sucu, La yenka y Adelita. Se presentaba cantando unas frases autopublicitarias: "Yo soy Gabri-Be, mi nombre suena mucho... Mi nombre es muy famoso..." ¡Ah, la fama, de la que hablara Manrique! En el vídeo se escucha el nvet oyeng de Eyi Ncogo, que se presentaba también con el adjetivo "famoso".



En este recordatorio de la gira pasamos por alto muchas vivencias que no nos compete analizar aquí. Así, las diferencias entre los fang continentales y los bubis de Bioko; la diglosia, o la función del castellano entre la docena de idiomas guineanos; etc. Nosotros fuimos, como cualquier artista, a ofrecer nuestro arte y punto. Cierto que quisimos volver, pero no pudo ser, y mejor así porque eso nos llevó a otras tierras más lejanas y a conocer más acentos, formas y palabras de nuestro idioma.

Hoy solo nos queda desear a los guineanos que sus actuales dueños les dejen vivir en paz y libertad.


Dibujo en cartón y boli de Ramón Esono. Cárcel Black Beach de Malabo. 


13 de febrero de 2012

Poesía para niños

Seguimos con la temporada de actuaciones para escolares. Ya hemos hablado de nuestras propuestas para Secundaria, y en este enlace está el programa para Primaria.
Preparando la campaña, nos vino el recuerdo de las primeras actuaciones que hicimos para niños hace más de dos décadas.

Primeras actuaciones para niños

Ocasionalmente habíamos entrado en las aulas de los pequeños, como actividad complementaria de una gira. Así lo habíamos hecho en Guinea Ecuatorial y en Francia para niños que estudiaban español. Pero en España no se nos ocurría, seguramente por temor al "qué dirán"  nuestros amigos del teatro para niños. 

Cierto que no es lo mismo actuar para niños en la plaza del pueblo que en el colegio. Nosotros defendíamos que en los centros escolares se debía llevar un tipo de espectáculo que entroncara con los conocimientos que se les impartía. Eso para nosotros era fácil decirlo y hacerlo porque en los institutos se podía elegir entre mil años de poesía para cantarla y ponerla patas arriba. Los colegas del infantil se refugiaban en la transversalidad.


Luisfelipe y Carmen en Colegio de las Teresianas en Yumbili, Malabo (Guinea Ecuatorial), 1988
Bueno, pues a finales de los Ochenta no habíamos actuado para niños, fuera de contadas escuelas. Nuestro trabajo para público escolar estuvo durante muchos años centrado exclusivamente en recitar y cantar poesía a los adolescentes, o sea, a los de Secundaria. Pero...

En Necochea
 
En diciembre de 1988, estando el grupo (Carmen Orte, Luisfelipe y Jesús Lou) en Buenos Aires, Javier Villafañe nos llevó a pasar la Nochebuena a casa del cantor Horacio Guaraní, y a lo largo de la noche hicimos varios números musicales que llamaron la atención de  Javier: “Hum… esas poesías acá gustarán mucho a los pibes”. Ahí quedó la cosa.

A la semana siguiente, recibimos una llamada del bibliófilo Pablo Medina transmitiendo órdenes
de Villafañe: debíamos viajar de inmediato a una ciudad de nombre vasco, Necochea, al sur de la provincia.

Necochea era desde hacía 27 años la capital de los espectáculos argentinos para niños gracias a su Festival Infantil.  La iniciativa del festival había partido de una asociación vecinal de la ciudad, y, tras la última dictadura militar, había nombrado "padrino" al escritor y titiritero Javier Villafañe. Ahora iniciaba su etapa como festival iberoamericano (de España habían acudido Tyl Tyl y La Pajarita de papel) y el grupo que representaba a Cuba no había llegado. Debíamos sustituirlo.
¿Actuar para niños? ¿fuera del colegio? A la fuerza ahorcan. Por una parte, no se podía negar nada a Villafañe; por otra, necesitábamos mover el género. Además, en el fondo, ilusionaba afrontar el reto infantil.
Bien que mal, teníamos  repertorio adecuado,  aunque echando mano de canciones con estribillo o para dar palmas, como las "Coplas de Severino el sordo", de Labordeta. Con todo, podíamos quedarnos cortos y estudiamos con Javier y con Pablo la conveniencia de hacer el "Romance de la infanticida", que, con los dibujos, los comentarios y demás parafernalia, era un número completico. 

Javier creía que la narrativa para niños se había reblandecido mucho, por eso defendió la inclusión de esta historia, donde una mujer cocina a su hijo y se lo da a comer al marido. Además veía instructiva la representación  de un romance de ciego. Así que probamos, a ver qué pasaba!

No pasó desapercibido el romance porque la prensa nacional, con Clarín a la cabeza, tenía corresponsales especializados en el festival. En La Nueva Provincia, Marita Berenguer señalaba que nuestra actuación lograba "un resultado excepcional", pero... "tal vez la única objeción de este espectáculo, sea la selección -a veces truculenta- en cuanto a contenido, al menos para el hábito de nuestros chicos."






En La Voz del Interior, se ponderaba también: "...manejan de una manera muy original, libre y actualizada, la puesta en escena de autores clásicos como Quevedo, los hermanos Machado y Cervantes..." Pero... "Es consenso general en la Argentina que un romance como 'La Infanticida'.... es demasiado truculento para nuestro publico infantil."




En este vídeo grabado por Jesús, con fragmentos de la actuación que comentamos, se verá un momento del romance, entre coplas populares y poemas de Cervantes, Santa Teresa y Antonio Machado. Por cierto, en la canción de Labordeta cambiamos "en el mes de agosto" por "en el mes de enero", que es el mes de "la calor" en Argentina.





Días más tarde, estuvimos actuando en el ciclo La familia en el Centro que programaba espectáculos para niños los fines de semana. Era en el Centro Cultural Ciudad de Buenos Aires, más conocido como Recoleta. El músico Daniel Russo se unió al elenco y liberó a Carmen de su atadura a la guitarra, lo cual facilitaba recuperar  números del repertorio e introducir otros nuevos que íbamos escuchando a los intérpretes argentinos especializados en canciones para niños.

Carmen Orte, en su blog personal  hace su particular recuento de aquellos meses.




Tras el impulso de Javier Villafañe, otro mentor habría de guiarnos hacia el público infantil: Federico Martín Nebrás, con quien urdiríamos un montaje con cuentos de Villafañe y canciones de Mª Elena Walsh. Pero queden esas aventuras para otro día.


10 de diciembre de 2012

Jesucristo Riquelme reune 'OBRA EXENTA' de Miguel Hernández



Un proyecto de himno, bocetos de obras, de discursos, ideas para repentizar y hasta medio centenar de documentos somete este libro a la curiosidad del lector.
En Obra exenta, Jesucristo Riquelme nos adentra en el apasionante mundo de las investigaciones biográficas y literarias en torno a Miguel Hernández, trabajo al que viene dedicando una parte de su vida.
El Silbo Vulnerado tiene en Riquelme uno de sus más pacientes colaboradores. La casualidad quiso que hace 24 años la compañía llegara a Guinea Ecuatorial y el erudito oriolano acabara de llegar a gestionar el Centro Cultural de España en Malabo. En aquellos años, Riquelme era ya el gran especialista en el teatro de Hernández.
Jesucristo, Luisfelipe y Carmen en Malabo, 1988 Foto Jesús Lou




No queremos que estas líneas sean paja, que sirvan para disimular que aún no hemos leído el libro.
No, hoy nos alegramos de que saque a la luz esos materiales  porque recordamos las historias que nos fue contando sobre ellos. Suponemos que esas historias, acaso anécdotas, van a estar en esas páginas y harán del libro un ensayo novelado, seguramente.
Aquí aparecen unas fotos del archivo donde se ve a Jesucristo con el Silbo, hace mucho y hace poco.

Aloma Rodríguez, Jesucristo Riquelme, Luisf, Carmen e Idania Hernández. T. Bertold Brecht de La Habana, 2010


Riquelme habla de Hernández en el Teatro Terry de Cienfuegos. Festival Hispano-Cubano 2010


Luisf, Aloma, Carmen y Jesucristo. Festival Hispano Cubano de Cienfuegos, 2010

19 de abril de 2023

Cinco décadas

 Me pide mi socio Manolo que redacte un historial resumido de mis 50 años en El silbo vulnerado. No sé para qué caramba lo necesita, pero me insiste que el escrito se centre en mí y no hable de nadie más. Cosa imposible. Se aprende de otros y se crece con otros. Nadie es absolutamente autodidacta.

Hacer números es fácil, pero ¿cómo resumir 70 montajes con obras de 80 autores pasadas a la escena, 4.000 funciones en 20 países y 250 artistas y técnicos con los que has trabajado a los largo de cinco décadas?

Con todo, le prometo citar al mínimo posible de amigos, maestros, colegas, familias, y demás hacedores de esta fantasía que es El silbo vulnerado.

Los setenta

En 1971 comencé a dar recitales de poesía con músicos. Luego se incorporaron compañeros de la escuela de teatro y en 1973 pusimos “El silbo vulnerado” como nombre del grupo. Al año siguiente me profesionalicé como “rapsoda”, siendo este oficio especializado el que ha primado en mi actividad teatral.

¿Cincuenta años? Sí, pero más o menos, porque no me atrevería a poner una fecha fundacional. En cualquier caso, como seguimos trabajando, me es un poco indiferente. El día a día no nos invita a pararnos para celebrar cumpleaños.

La década inicial de El silbo fue procelosa, pero la juventud podía con todo.  Estudiábamos y trabajábamos para sacar adelante un grupo (ahora sería un “proyecto”) que nos permitiera compartir con la gente nuestras pasiones, o sea la poesía y la música. Tiempos de colegios mayores, actos cívicos y homenajes a Federico, a Don Antonio, a Miguel… Una vez, en comisaría, me dijeron que había llamado “cabrón” a Franco. En mi afán didáctico de ilustrar a todo quisque, les aclaré que dije “sapo iscariote y ladrón” y que León Felipe nunca llamó “cabrón” a Franco (como sí hicieron otros autores).

Me consideraba un estudioso de la expresividad de los intérpretes  y llené cuadernos con los desarrollos gestuales de muchos artistas. Buscaba correlaciones entre las funciones del lenguaje oral y el lenguaje gestual.

Los ochenta

En 1982, con Goyo y Carmen, incorporé a Héctor Grillo como director de escena, con quien trabajaríamos periódicamente muchos años. Con él nos instalamos en Andalucía desde donde irradiamos propuestas de géneros mestizos, ora sobre Quevedo, ora sobre poesía hebrea medieval, etc. Pasamos una larga temporada en Madrid, fundamentalmente para asistir a las tertulias semanales del Manuela, el café de Malasaña donde oficiaba Agustín García Calvo. En 1985, tras recorrer –con la sátira erótica del XVIII- los cafés teatro españoles, y con Quevedo diversos festivales, como el de teatro clásico de Almagro, volví a Zaragoza para organizar la campaña provincial de teatro, de donde nacería la feria de teatro –pionera en el país. Fui a Argentina para conocer los movimientos artísticos que renacían tras la dictadura. De vuelta, comencé a promover en Zaragoza iniciativas surgidas tras lo visto por allí.  La década terminó con varios montajes que fueron sonados, y con giras por Guinea Ecuatorial, Francia, Argentina y Bolivia.  

En esos primeros veinte años no solicitamos ninguna subvención, porque en el fondo sabíamos que nadie daba un duro por la pervivencia de un grupillo que juntaba pasado y presente en sus aventuras juglarescas.

Los noventa

Pero los años noventa tuvimos apoyos institucionales (la trayectoria ya era incuestionable) y pudimos trabajar en España con artistas lejanos, editar, grabar, y hacer espectáculos con formato grande. Lo que ahora se llama “colaborativo” lo practicamos a nuestra manera, con resultados –con frecuencia- sorprendentes. Hicimos coproducciones con colegas franceses, castellanos, cubanos y argentinos. Yo compaginaba las tareas en el grupo con la reinvención de un bululú moderno, que me sigue permitiendo colarme en espacios alternativos a los oficiales. Introdujimos danza, proyecciones, plataformas elevadoras, etc. en algunos montajes, sin dejar de hacer recitales básicos de voz y música.

En México me conmueve el recuerdo de los viejos republicanos. Como años atrás con la copla andina, el exilio español pasa a ser uno de mis “temas” recurrentes.

Dos mil

El cambio de siglo nos pilló algo cansados. La alergia a los formularios disparatados nos fue alejando de las subvenciones. Volví a trabajar en todos los espectáculos del grupo. En 2001 monto Memoria de Borges y creo comprender algunas esencias que el argentino compartía –sin quererlo-  con la gran poesía, significada para mí en Antonio Machado, Rosendo Tello y Agustín García Calvo, del gremio poetas-profesores. El estudio de Borges –conferencias, poesías, narraciones, ensayos- me trastoca comportamientos más allá de la escena; siento que el niño entusiasta que llevo dentro empieza a madurar: la soberbia se va atenuando, por ejemplo.

Vuelvo a interesarme vivamente por el “cómo” y me vuelco en el estudio de los fundamentos del verso castellano. A la par, me centro en el desarrollo de los guiones, digamos que acabo haciendo "guión de lo guionizado".

Esa primera década del XXI acabó muy mal. En 2008, mientras nos encargábamos de presentar a cincuenta poetas aragoneses en la Expo, los ayuntamientos comienzan a demorar los pagos. Era la “crisis” que algunos imbéciles llamaban “oportunidad”, que eso quería decir en chino.

Dos mil diez

2010 fue el centenario de Miguel Hernández, de cuya referencia nunca nos hemos apartado. Revisamos obra y vida, siguiendo rigurosamente los últimos estudios. Participamos en la organización de homenajes en las Américas, pero en España tuvimos mucha competencia para hacernos hueco. 

Con frecuencia, los contratantes tardaban un año en pagar las funciones. Se aguantó como se pudo hasta 2012, cuando, en accidente callejero, me rompí los dos codos y tuvimos que suspender toda la primavera (nuestra temporada alta). La empresa saltó por los aires. Como quien dice, fue un volver a empezar. Nos asociamos con dos empresas que permitieron la continuidad del trabajo. Una, de Remolinos, El Paragüero, que nos dio cobertura en España; y otra, Iberlingva, con la que mantuvimos programas para estudiantes de español, en la onda de la lingüística cognitiva, recibiendo el reconocimiento del Congreso del Español de Salamanca.

Un espacio auténticamente alternativo, La Fábrica de Chocolate, nos dio la infraestructura para el trabajo creativo y logístico.

Una de mis actividades desde hacía tiempo era el mantenimiento de una suerte de tertulia-recital semanal en determinados bares de la ciudad. Los años más agudos de la crisis los pasé en El Mangrullo, La Topera y La pequeña Europa, donde los encuentros semanales servían como paño de lágrimas para los parroquianos sufridores de la debacle económica. En un intento por saber hacia dónde se dirigía nuestro mundo, alterné los homenajes a Celaya, Gelman, J.A. Labordeta, y otros poetas, con ciclos centrados en las obras de dos pensadores de cabecera. Uno fue Mc Luhan, del que celebramos los cincuenta años de su Galaxia Gutenberg. Otro fue  Bauman, con el que aprendimos a ver que nada es por casualidad. En las explicaciones de Bauman sobre la posmodernidad descubrí coincidencias con la obra de Nicanor Parra, y me agarré a su obra como el náufrago se abraza a una madera  vieja. El propio Nicanor me ofreció el título: Todos contra Parra.

Mediada la década, recibí varios reconocimientos por mi trayectoria.

Con ayuda de compañeros y amigos del grupo, emprendí la aventura de montar una obra muy ambiciosa, Historia de la tortilla española, que conseguí estrenar en el Teatro Periplo de Buenos Aires.

Paralelamente, una colega entrerriana me pide ayuda para formarse en la interpretación del verso; de ahí salieron nuevas propuestas que presentamos juntos en tierras argentinas, bolivianas y españolas. Con ella vi la oportunidad de montar una obra centrada en la figura de la legendaria Berta Singerman. La estrenamos en la zaragozana sala Arbolé.  La acogida fue favorable, pero la pandemia paralizó el proyecto.

Dos mil veinte

Pese a todo, ahora que lo pienso, los últimos diez años han fructificado en otros tantos espectáculos, siendo Poesía memorable el último, que me sirve como recuento de poemas que una vez trabajé y que permanecen –por algo será- en mi memoria.

Ahora, en 2023, revisaremos Vuelve Berta Singerman, y la reestrenaremos en el Teatro de La Estación en julio. Y lo haremos –como tantas veces- como acto de justicia poética. Ya sabemos que no estamos de moda, que el teatro está desvalorizado por estas tierras, o, por lo menos, que nuestra presencia es prescindible. Ley de vida, supongo.

¿Lo inmediato? El programa Noches de Juglares, que en el parque Delicias presento desde hace 28 años ininterrumpidamente. Entre medio, seguir difundiendo entre los profesores de lengua y literatura nuestras claves para despertar afición a la poesía en la Gençana, o en las jornadas de Arenas de San Pedro. 

La actuación más importante para el artista es la próxima, siempre.

 

 

27 de enero de 2010

En los caminos del rapsoda: Miguel Hernández



-Por Luis Felipe Alegre-
Mediaba el curso 70-71 cuando entró en el colegio una nueva profesora de dibujo. Un día nos dijo que iba a leernos unas poesías de, entre otros, un tal Miguel Hernández. Una me conmocionó; se titulaba “Los cobardes” y las punzadas de sus versos me llevaron a buscar sus libros por bibliotecas y librerías. Pude comprar El rayo que no cesa, que iba seguido de El silbo vulnerado, editados por Cosío en Austral. En una biblioteca de barrio, pude encontrar, ¡oh, sorpresa!, la antología de Losada con “Los cobardes” y otros poemas furibundos.
Ya de muy niño había demostrado mi capacidad para memorizar versos, de Manrique o de Santos Chocano; me gustaba aprender poesía. Ahora, en mi adolescencia se despertó la necesidad de gritarla al mundo. Durante tres años me apliqué a ello por parroquias y sótanos, teniendo como público fijo a mis compañeros y profesores de Bachillerato. Con Hernández, se alternaban los recitales de Machado, Lorca, León Felipe, Neruda, Nicolás Guillén, Blas de Otero… Me acompañaban en la aventura músicos y colegas de la Escuela de Teatro. En 1973 le pusimos nombre al grupo: El silbo vulnerado, igual que el libro de Miguel. Éramos, pues, un grupo impreciso de actores que recitaban y músicos que acompañaban, acaso con alguien que cantaba o pintaba, al que yo daba continuidad.
Llegó a mis manos una cinta de casete que el Frap utilizaba para captar adeptos. Allí estaba la voz de Miguel Hernández recitando su “Canción del esposo soldado”, y yo, que no me identificaba ni con el rol de esposo ni con el de futuro padre, valoré el documento por quien hablaba e ignoré todo lo demás. Más me impactó un párrafo de su “Prólogo al teatro de guerra”, que figuraba en el programa de mano de la obra teatral Sócrates, de Llovet-Marsillach. Decía: “Hay que sepultar las ruinas del obsceno y mentiroso teatro de la burguesía, de todas las burguesías y comodidades del alma, que todavía andan moviendo polvo y ruido en nuestro pueblo. ¡Fuera de aquí, de los ojos y de las orejas de aquí, aquellos espectáculos que no sirven para otra cosa que para mover la lujuria, dormir el entendimiento y tapiar el corazón reluciente de los españoles!”; argumentos que pasé a aplicar en mi particular guerra contra los declamadores mayores (jóvenes no había), a los que yo reprochaba su repertorio gabrielgalenesco y su limitación expresiva. Queriendo romper con eso, yo comenzaba los recitales entre el público, hacía guiños sospechosos y gritaba enfáticamente desde el machadiano “Mañana efímero” hasta “La mujer con alcuza” de Dámaso Alonso, pasando, claro está, por los sonetos más enfatizables de Hernández que se colaban entre los poemas de Viento del pueblo.
En 1976 se cumplían 40 años del inicio de la Guerra Civil y del asesinato de Lorca y habíamos montado García Lorca, 40 años ausente. Pero ese año, alguien decidió que la punta de lanza para reivindicar Democracia había de ser Miguel Hernández. Y hubo que ponerse a ello. Ese año pudimos contar ya con la ayuda de nuevos estudios, el de Francisco Umbral; el de Sánchez Vidal; o la introducción a la Obra poética completa, de Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia.
Lorca se quedaría en el estreno y nos concentramos en un Miguel Hernández más sencillo, con un gran cuadro como escenografía, tres voces, una guitarra y unas lucecitas. La selección de poemas era más abierta, incluía ya poemas como “Me sobra el corazón” y algunos de El hombre acecha y del Cancionero y romancero de ausencias. ¡Ah! y solo gritábamos un poco en los de Viento del pueblo. Intentamos participar en los actos del homenaje, en Orihuela y otros lugares, pero no se nos consideró relevantes. Ni que decir tiene de los dedicados a Lorca y Machado. Afortunadamente, había un hervidero de homenajes y a algunos escenarios nos pudimos subir. 
Aquella temporada trabajábamos en El Silbo: como recitadores, José Mª Pons, Alicia Rubio y yo; el músico Francisco J. Gil; y como técnicos Chusé Aragüés y Alfonso Lavilla, quien también pintaba las escenografías.
Una función especial para el recuerdo tuvo lugar en Jaca. Estaba organizada por gente de la “plata-junta”. El acto debía celebrarse en el salón de actos del Instituto, que se usaba para las actividades de la Universidad de Zaragoza, dentro de sus Cursos de Verano para extranjeros. Como esos días tocaba Pilar Bayona, el escenario estaba ocupado por un hermoso piano de cola. Cuando lo arrinconábamos apareció la pianista dispuesta a ensayar. Tras aclarar el malentendido, Pilar se sentó a practicar y nosotros nos ocupamos de colgar el cuadro y empalmar las candilejas en el proscenio.
Aunque nos mirábamos de soslayo, todo iba bien hasta que se desencadenó la tormenta: la virtuosa, molesta con una mosca que la incordiaba, atacó “El vuelo del moscardón”. El súbito cambio de Albéniz a Rimsky Korsakov sorprendió a Alfonso, que colgaba el cuadro subido a una escalera, y su martillo cayó sonoramente al suelo en el momento en que yo, armado con el guión del recital, acorralaba al insecto que se escondía entre las cuerdas del piano. Asustado, y con medio cuerpo en la caja del instrumento, me incorporé nervioso, soltando el apoyo de la tapa del piano que cayó sobre mi cabeza. Pilar gritó, la escalera se tambaleó, el cuadro dio en el suelo, y una colección de chispas anunció el cortocircuito que nos dejaría a oscuras. Evacuamos el teatro a la luz de un mechero. Ya en el exterior, Pilar nos dijo: “Esto han sido rayos de Miguel”. Reímos, cambiamos el fusible, volvimos a nuestros puestos y, un rato practicando y otro hablando, Pilar nos contó de su trato, leve, con Miguel Hernández. También de Federico y de la hermandad que sentía por otros compañeros de la Residencia de Estudiantes en aquellos años 30. A una cuestión que le comenté, dijo tajante: “Delante de mí nunca se habló de política. Además, yo no lo hubiese consentido”. No me extrañó, pues, que, después de nuestro recital, Pilar Bayona solo felicitara a Francisco J. Gil, que era el guitarrista.
Que el nombre del Grupo remita de inmediato a Miguel Hernández ha sido una bendición en el trato con escritores que lo conocieron y trataron, pues a varios les he oído recuerdos emocionados sin preguntarles nada. Juan Gil Albert, que nació también en 1910, me habló de la “camaradería” que le unía a Miguel. Rafael Alberti me dijo que, inexcusablemente, siempre decía “Vientos del pueblo” en sus recitales. Leopoldo de Luis me dedicó sus poemas con una cita de Miguel. Y Don José Bergamín, al nombrarle El silbo vulnerado, se levantó del sillón y se quedó mirando hacia la ventana de su buhardilla pero sin mirar la ventana, ni la plaza de Oriente, ni nada, como extasiado. Yo, queriendo bucear en el cuelgue que había pillado el maestro, recite, con los ojos cerrados, religiosa y rápidamente el soneto “Como el toro he nacido para el luto y el dolor…” y no sé qué cara pondría don José, porque yo no osé abrir los ojos. Esa tarde el anciano (esto sería el año 79) ya no habló de otra cosa más que de toros.
Como supongo será normal, en un proceso de trabajo sobre un personaje, se produce un intercambio de vicios, virtudes, gestos, modos de hablar, inquietudes, certezas, afectos, distanciamientos, etc., que si dura mucho tiempo puede saturar. En los 80, dejar a Miguel Hernández en segundo plano del repertorio tuvo que ver con un proceso personal y también con un abandono de ciertas inquietudes por parte del público, como se vio en el eclipse de la vieja guardia de cantautores. Así que seguimos nuestro camino, con Jorge Manrique, con Quevedo, con la poesía hispanohebrea, con Rosendo Tello, con Sender, con Cervantes, con Gelman, con Gil de Biedma, con Borges, con… Pero cada tanto, el retorno a Miguel Hernández: el 88 en Guinea Ecuatorial, con Jesucristo Riquelme, en los colegios de Malabo y Bata; en el 91, con Carlos Barbachano y viejos combatientes del 5º Regimiento, lo homenajeamos en la UNEAC de La Habana. Etc. La portada de El silbo vulnerado: un sueño de juglares, que sobre los primeros 20 años del Grupo escribió Antón Castro, mostraba un limón dentro de una jaula.
Hemos justificado la enseña de Miguel Hernández, en los días claros y en los oscuros. Goyo Maestro convirtió "El silbo vulnerado" en una canción maravillosa y todos estos años la hemos cantado cuando han coincidido las cuerdas de Goyo con la voz de Carmen Orte. Yo he recitado regularmente su poesía amorosa. Nuestra aportación como difusores del poeta ha sido, obviamente, insignificante en comparación con los millones de oyentes a los que llega Serrat, que fue quien lo entronizó en la calle, en todas las calles.
Siempre he sentido cierta carga de responsabilidad por usar como identificación de nuestro mester la referencia hernandiana de El silbo vulnerado. Mas cumplimos nuestra misión diaria, que es difundir la poesía en cualquier rincón donde se hable nuestro idioma. No ha sido cosa de una fiebre pasajera, como no lo fue la voluntad de Miguel por ser poeta y dramaturgo.
Ya hace tiempo que me di cuenta de que, salvando las distancias tecnológicas, todo lo que pueda hacer yo en un escenario ya lo hicieron otros y, seguramente, con más oficio y mérito, como los declamadores mayores que yo conocí e ignoré de joven, el último eslabón. Seguramente lo hizo todo Miguel Hernández, actor en los teatros de Orihuela y rapsoda de versos propios y ajenos. Pienso hoy en dos altos ejemplos de rapsodas: el español Pío Fernández Cueto y el cubano Luis Carbonel, transmisores diarios de poesía en cualquier tipo de escenario. Parece extraño que nadie los recuerde cuando hace balance de los intérpretes de poesía. No son flor de un día, ni un intento mediático para gozar de popularidad en el barrio. Su trabajo, como el del bululú José María Vilches en Argentina, es recordado por los que sintieron la poesía y la cercanía del intérprete. Viajando por el mundo he conocido mucha gente que se emociona con su evocación y he llenado muchos cuadernos con los repertorios y detalles que devotos oyentes recordaban de aquellos.

Hoy se cuestionan muchas cosas del pasado y del presente. Así se impone la idea de que no debiera interesarnos la poesía pretérita porque el rap o la polipoesía son las formas modernas y juveniles de expresión poética popular. Y piensan algunos nuestra Historia no debería remontarse más allá de los años yeyés. Piensan que saber dónde está el cadáver de Lorca es algo que no le interesa a nadie.
Criminales culturales han cerrado estos años las puertas de la poesía a los jóvenes. ¿Tanto creen que han cambiado los sentimientos de los adolescentes, su curiosidad, su capacidad para disfrutar una metáfora? 
Por otro lado, a nosotros no nos queda más remedio que cumplir nuestro destino: revivir el pasado con nuestro silbo. Se lee en La Odisea, que los dioses urdieron las guerras para que las generaciones posteriores tuvieran un asunto que cantar. Yo no pienso llevarle la contraria a Homero. Y espero que muchas generaciones sigan cantando (contando, recreando, discutiendo) aquella guerra en la que, entre todos los demás, luchó Hernández. 


26 de junio de 2022

Con Jesús Lou

Hacíamos cosas raras. Entonces no nos parecía que lo fueran, porque los raros eran los demás.

Jesús. Foto: Manolo Forega, 1980

Nos habíamos conocido en el grupo de objetores. Un día, el eurodiputado  radical italiano Marco Panella se puso en huelga de hambre reivindicando el derecho a la objeción de conciencia en España. Y aquí se entendió que debíamos secundarlo, cosa que hicimos Jesús, Víctor, José y yo, objetores de primera generación. Recuerdo que, según pasaban los días (aunque pocos, eh!) perdíamos capacidad auditiva y Jesús tomaba apuntes de cualquier síntoma de alteración sensorial. Confraternizar en una huelga de hambre fue una de las primeras aventuras compartidas.

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Otro día, Jesús "se encerró" con otros dos en su buhardilla de Miguel Servet. El objetivo era averiguar todo sobre Jorge Manrique, incluida la historia del XV, con su laberinto de reyes y reinados... por si fuera de interés saber de que lado combatían los Manrique. 

Jesús. Castillo de La Mota, 1979

En otro artículo del blog, escribíamos:

En 1979 se cumplían 500 años de la muerte de Jorge Manrique.  Estudiamos a fondo no solo las partituras próximas a la época y  las distintas ordenaciones de las Coplas, sino también todos los estudios que pudimos encontrar, empezando por el de Serrano Haro en Gredos. No sé cómo, llegó a nuestras manos Jorge Manrique o tradición y originalidad de Pedro Salinas, su primera edición, en Sudamericana, que se convirtió en nuestro libro de cabecera. Los “manriqueños” éramos Goyo Maestro,  Jesús Lou y yo.

 Buscamos inspiración en Uclés, en Santa María del Campo Rus, en Garci Muñoz, en Paredes de Nava, en Segura de la Sierra, y en Ocaña. Nos dieron permiso en la Biblioteca Nacional para cotejar ediciones glosadas de las Coplas editadas el siglo XVI, comprobando que ordenación y grafía respondían, acaso, al capricho del glosador o de su editor.

Jesús, Luisf. y Goyo. Paredes de Nava. Foto: Rosa Calvo, 1979

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Las amistades de unos y otros se compartían. Pocas tenían que ver con nuestra misión: Teresa Portero, obrera fabril. Pilar Tena, estudiante de artes. Luz Rueda, veterinaria. Julián Martínez, panadero. Azucena Gimeno, estudiante de teatro. Carmen Gascón, jugadora de hokey sobre hierba. Antón Castro y Antonio Ceruelo, fotógrafos. Tales eran, entonces, las actividades de nuestros amigos y amigas. Había más, entre los amigos objetores (los García...), amigos de la música (Alfonso Isasi, Emilio Casanova...), amigos por familia (Mª Jesús, Choni, Chuchi...), amigos por poetas (Guinda, Trini, Forega...) amigos del teatro (Juancho Grael, Santiago Meléndez...) con muchos  nos encontrábamos de noche en el Bonanza, o en El Ángel Azul, donde bebíamos cerveza Siglo XV, nueva marca de La Zaragozana.

Jesús sacó el carné de conducir y, como le gustaban los paisajes y los paisanajes, se hizo imprescindible en los proyectos artísticos que, con Paco Ortega y Miguel Ángel Encuentra, emprendíamos en Tauste, en Mora de Rubielos, o en La Almunia.

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Luisfelipe, Carmen Orte, Goyo Maestro, Jesús Laboreo, Lourdes Lachén, Paco Cuenca y Jesús Lou. Sala Camaleón. Foto M. Forega, 1980 
 

Tras Manrique, intentamos otro proyecto. Jesús tenía dotes superiores para la expresión corporal. En Sucedió en Zaragoza, con la compañía ampliada, Jesús recrearía el personaje de "El Mudo", que también era sordo. En escena se disociarían la música y el accionar del protagonista.

Jesús, por entonces muy aficionado a los montajes de Santiago Meléndez (Tierra negra, etc.) conocía la trascendencia del más nimio movimiento cuando no "se habla".

Sucedió en Zaragoza. Ensayos. Foto, M. Forega, 1980

En Un sueño de juglares, Antón Castro dedicó unas páginas a este intento:

 

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Viajábamos con frecuencia a San Sebastíán. Un día, con Goyo también, fuimos más allá... a Gotein Libarrenx, donde Michel Graçi nos había citado para ver al Cuarteto Cedrón. Llevábamos nuestra primera cámara de vídeo. El magnetoscopio (que pesaba 14 kilos), era para cinta beta y podía registrar color, pero la cámara solo admitía blanco y negro -no nos había llegado para más. 

Camino de Francia, el coche se estropea en Gallur. Goyo, que tenía estudios de mecánica, entiende que se ha roto una pieza y hace falta un taller. El taller dice que nos cambia la pieza mañana. Pasamos la noche en el coche y, casi a la hora de empezar el recital, llegamos al pabellón de Gotein Libarrenx. Lleno hasta la bandera.

Hoy llama la atención que los músicos no tuvieran monitores y que la microfonía fuese de media docena de micros situados estratégicamente. Lo cierto es que allí había cerca de un millar de oyentes y ¡se oía!

Nosotros tomábamos el sonido ambiente, con el micro de la cámara, que no era malo. Si Jesús hubiera decidido plantar la cámara al otro lado del cuarteto, hacia Carlsen, el sonido del bajo se escucharía mejor, pero en demérito de otros, seguramente.

 
 




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Emilio Casanova había dejado el mundo de la música y trabajaba en creaciones  audiovisuales. Pronto comenzó a contar con Jesús. Se puede decir que, entonces, trabajando en los proyectos de Emilio, convirtió Lou su vocación en profesión. Eso sí, hay que decir que nunca trabajaba en proyecto que no aportara un estímulo intelectual, espiritual o afectivo.

Desaparecía largas temporadas, porque hacía cursos de imagen en Madrid, por reunirse con Goyo en alguno de sus retiros, o por concentrarse en el pueblo donde su hermana estuviera destinada como médico rural. Cuando se proyectaba una nueva aventura y no se encontraba a Jesús, había que llamar a su hermano Miguel, que, en Madrid, constituía uno de sus apoyos principales para seguir dedicándose a este oficio, duro como la piedra.

Algunos de nuestros emprendimientos, creo yo, fueron importantes.

En 1986, nos embarcamos en la aventura de los festivales folk en el Oasis. Jesús consiguió los apoyos para registrar las 6 sesiones con equipo profesional. Otros artistas que venían a la ciudad (Leda Valladares, Leopoldo Mª Panero, Javier Villafañe...) también contaron con el seguimiento de sus cámaras.

Por cierto, esta temporada estamos subiendo al blog  grabaciones de esos años, que Jesús había digitalizado y copiado para Goyo.

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Un día de invierno, Jesús y yo nos presentamos en el Psiquiátrico de Mondragón: Leopoldo Mª Panero está de acuerdo en venir a Zaragoza para el estreno de Más Margen, Malditos. Al director del centro le parecemos de fiar y da el consentimiento. 

A partir de ese momento, Jesús, como hechizado por el poeta, hace un seguimiento exhaustivo del montaje y de la presencia de Leopoldo en Zaragoza: en el tren, en la estación, en las tertulias, en el teatro... Solo deja la cámara en los momentos más oscuros. Valga este ejemplo que escribe J. Benito Fernández en la biografía de Panero El contorno del abismo (Tusquets, 1999):

Un mediodía se personan Luis Felipe Alegre y Jesús Lou (Leopoldo le llamaba Mamá Lou porque le cuidaba y le ayudaba mucho) en casa de Guinda -Hernán Cortés 9- para rogarle que acuda a casa de su cuñada (Marta Guerrero) y convenza a Leopoldo de que vuelva al hospital. Creen que debe hacérsele un reconocimiento médico a causa de su deterioro. (...)

Por la tarde, lograron llevarlo en un taxi al Hospital Provincial de Zaragoza. Una vez en consulta, el médico le recomienda que esté un par de días en observación, a lo que el paciente se niega con rotundidad.

Entretanto, Guinda y Jesús Lou esperan en el vestíbulo del sanatorio. De pronto, por detrás unas manos agarran el cuello del primero con una fuerza estranguladora. Es, claro, Leopoldo. Jesús Lou forcejea con él hasta que logra apartarlo. (...) Apaciguados los ánimos, se marchan los tres.

Lou frente a Panero. En El Monaguillo, 1987

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En 1988, Jesús, Carmen Orte y yo viajamos a Guinea Ecuatorial. En este post se habla de ello y se ven muchas fotos hechas por Jesús, que a ese viaje no llevó la cámara de vídeo.


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Entre diciembre de 1988 y abril de 1989, Jesús, Carmen y yo íbamos a seguir ruta por América del Sur. Valga aquí aclarar que no teníamos subvención de ningún tipo y para los viajes que hacíamos nos metíamos en créditos y préstamos de amigos y familiares. Jesús se manejaba ya con una tarjeta bancaria; Carmen y yo seguíamos con los cheques de viaje.
 
Tuvimos la suerte de encontrarnos con Javier Villafañe, y él fue quien nos abrió las primeras puertas: LiberArte, la casa de Horacio Guaraní -donde pasamos las navidades- y el Festival de Necochea (del que hablamos aquí). Fue, precisamente, en esa ciudad, donde desapareció la cámara fotográfica de Jesús, por lo que la gira tuvo más vídeos que fotos.
 
De Buenos Aire viajamos a Santiago de Chile, donde Pedro Valdivia, que había estado exiliado en Zaragoza, y en ese momento trabajaba en la recomposición del partido socialista chileno, nos guió por los antiguos reductos del folk.
 
Una situación extemporánea nos dejó conmocionados: Villafañe nos había encomendado llevar a Roberto Espina un sobre con unas pruebas de imprenta. Llamó Jesús al escritor y quedó en que iríamos a su casa, que estaba en una montañita. Conforme nos acercábamos, comprendimos por qué Víctor Jara titulaba su versión de Little boxes como Las casitas del barrio alto. No era la primera vez que entrábamos en una urbanización para ricos, pero era tan grande el contraste que daban ganas de llorar.
 
Tras varias gestiones aquí y allá, comprendimos que iba a ser imposible actuar en Chile. Camino del norte, paramos unos días en Antofagasta. Luego, en Arica dividimos la expedición: Carmen y yo seguiríamos hacia La Paz, y Jesús seguiría hacia Perú, con idea de entrar en el Amazonas. 
 
Jesús en el Pacífico. Antofagasta, enero 1989.
 
Mientras nosotros pasábamos un mes y pico actuando con aceptables beneficios en Bolivia, Jesús andaba entre barcas y contrabandistas, corriendo serios peligros de los que salió como pudo. Cuando nos volvimos a encontrar en Buenos Aires, ya solo quería adelantar el viaje de vuelta a España. Esos días, Marcelo Reyes nos alojaba en su casa de Arenales. Antes de volver, Jesús instruyó a Marcelo en el funcionamiento de la cámara de vídeo, para que siguiera grabando nuestro periplo. No sé cuánto sería el roto, pero Jesús no dejaba de maldecir el dinero de plástico.

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Al año siguiente emprendimos la aventura de hacer una gira por España con Leda Valladares. Parte del proyecto era hacer canto colectivo en institutos: Silencio se canta. Lou organizó el equipo de grabación, a la par que Tecno Saga, que registraba el audio de las actuación para editarlo en cd.
 
Leda Valladares, Jesús, Luismi Bajén, Jesús Floría y Carmen. 1990
 
Jesús, con Goyo y Floría

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Cuando no coincidíamos en alguno de los proyectos de Casanova como Goya. Pintar hasta  perder la cabeza, donde Jesús dirigía la fotografía, nos veíamos trabajando en colaboración con otros colegas, como Cultural Caracola, el Teatro Arbolé, o la Asociación de Gaiteros. Ejemplo: el ciclo Más o menos juglares
 
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En 1993, la empresa B de Vídeo -creada por Jesús y Miguel Lou- se asoció con El Silbo para hacer el capítulo piloto de una serie titulada Poema de familia, con guión mío. Era una comedia de situación donde los personajes introducían versos de autores conocidos en sus diálogos. La idea era tratar esos textos interpolados en un juego interactivo, cosa en la que se pensaba aquellos años.
 
Gran elenco de actores (Esperanza Abad, Cristián Casares, Mariano Anós, Iñaqui Juárez, Laura Plano, Pilar Delgado, Esteban Villarrocha, Agustín Miguel) unidos a los de El Silbo (Carmen Orte, Goyo, Cristina Lartitegui, yo...). El realizador era José Miguel Iranzo. Y el equipo de ayudantes era prolijo: Ángel Lahoz, Emilio Abanto, Luisa Latorre, Ana Abán, Pilar Trillo, Domingo Moreno, Karlos Herrero, etc.
 
Hubo mala suerte en la venta del proyecto y se quedó en el capítulo cero. Pero -cuando se recupere - subiremos la obra, pues tiene interés.

Jesús, Cristina Lartitegui y José Miguel Iranzo. Grabación de Poema de familia, 1993

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Son, en verdad, muchas las cosas que El Silbo no hubiera hecho sin Lou. 
 
Quiero despedir estos recuerdos con un vídeo-poema que grabamos en 1995. Estábamos  en una expedición de Payasos sin fronteras, en los Campamentos de Refugiados Saharauis, en Tinduf (Argelia). Los versos de Nicanor Parra traducían nuestro sentir.


Carlos Calvo escribió en elpollourbano:

Jesús Lou o cómo los recuerdos vuelven a perderse como lágrimas en la lluvia
Luis Iribarren escribió en aragondigital.es:
 
Antón Castro escribió la necrológica en el Heraldo de Aragón:
 
 
 
Y a los que quedamos solo nos resta repetir: "Gracias, Jesús".