21 de septiembre de 2020

Desubicadas Noches de Juglares.



Las Noches de Juglares, como otras actividades del Parque Delicias, las organiza el Centro Cívico Esquinas del Psiquiátrico, o sea, el Ayuntamiento de Zaragoza. El Silbo Vulnerado, o sea, nosotros, nos encargamos de programación y realización. Los dos equipos son amigables y colaboramos muy bien. Sin ser explícito, funciona el principio de "todo lo que pasa en el escenario es cosa nuestra". Y también que el director del Centro (desde su creación, Isidoro) es el responsable último, como si dijéramos "el jefe del teatro", quien se encarga de que haya escenario, toma de luz, sillas, carteles...

                                                               Patio habitual
Claro, como las Noches se hacen en un espacio natural del parque Delicias, existen otras voces: asociaciones de vecinos y Junta del distrito, principalmente. De esa parte nosotros no sabemos, siendo el Centro el que les da las explicaciones y nos trasmite a nosotros las inquietudes que pueden surgir. El escenario lo montan las brigadas, pero si no conviene la posición lo desplazamos entre todos hasta donde nos interesa. Si no hubiera corriente, el jefe trae un generador. Cualquier incidencia la resuelve uno u otro, le corresponda a él o no. Y así desde hace 26 años, cuando se abrió el parque.

                                                         Entrada al patio habitual

Noches de Juglares tiene carácter abierto, sorpresivo para el paseante desinformado que descubre un algo y encuentra una silla a su disposición para ver y oír eso que sucede. Una constante en el ciclo: parte del público es circunstancial, pasa por allí y se queda. Un parque es muchas cosas a la vez: lugar de encuentro, con otros o con uno mismo. El parque puede ser desde un atajo para llegar antes a casa, a un laboratorio de la Naturaleza que te hace sentir más animalmente humano.

A veces el artista sobre el escenario ve que unos espectadores se incorporan, les saluda, o -si es caso- les resume su relato y continúa su número.

Sí, el espacio íntimo de este parque, tiene muchas sugerencias. Evoca los tablados medievales y los espectáculos callejeros. Evoca al profeta y al anacoreta. Evoca el teatro de variedades y el café literario. Evoca.

En febrero

Teníamos apalabrado parte del programa de las Noches 2020. Habíamos hablado con la Orquesta de los Títeres Muertos como número musical-visual, y con Ingrid Magrinyá para que adaptara una de sus coreografías a nuestro escueto escenario. Varios colegas americanos de alto nivel iban a estar de gira por Europa en primavera. Las fechas de las Noches casaban con las de la pianista Mónica Papalía, el cantante Ariel Prat y el actor Gustavo Masó.

Una banda del barrio, Los cuatro luceros, que el año anterior homenajearon a Hilario Camacho, estaba preparando un recital de canciones anglosajonas para el último día. Como la idea era acompañar las canciones en ingles con su traducción castellana y su interpretación en lengua de signos, nos reunimos con la asociación correspondiente.

El año anterior habíamos comenzado cada sesión con un coloquio, alrededor de una mesita, entre alguno de los artistas participantes y un escritor al que luego dejaríamos solo como primer interviniente. Pensábamos repetir esa fórmula.

En marzo

A mitad de mes, la sensación generalizada en el mundillo artístico es de perplejidad. No solo el virus -que ya había tocado a varios colegas- preocupaba; también sus consecuencias.

(Laboralmente, los que vivimos de subir al escenario perdíamos todos los contratos de primavera; los que trabajamos en grupo quedábamos desarticulados. Como en marzo aún no empieza la temporada, muchos artistas no estaban cotizando como autónomos y no podían acceder a las ayudas que se concretaban esos días; otras ayudas para trabajadores del espectáculo se basaban en el número de altas del año anterior -20, un número generosamente accesible- pero nos iban llegando noticias de compañeros que, por distintas razones, no encajaban en los parámetros. Perplejidad + desolación. A lo que se sumaría un fondo filosófico que nos hacía cuestionar hasta la necesidad de nuestros oficios que, al serlo por vocación, son razón de vida).

Pero...por si se pudiera celebrar el ciclo, había que tener preparado el programa. Pensamos que sería importante la parte conversacional. Hablamos con Carlos Grassa Toro que, desde su atalaya (La Cala) en un pueblo pequeño (Chodes), podía aportar, con sus versos y prosas, una mirada interesante de la situación. Quique Artiach, que siempre ha compaginado la música con la hostelería, sacaba su libro de relatos basados en su trabajo: Historias de camareros. Un libro que podría subtitularse "para saber cómo somos". Barajamos otros autores, uno por sesión.

En abril


El 17 de abril, el jefe nos informa del posible cambio de escenario. Al parecer, desde la dirección de los Centros Cívicos, Antolín -para nosotros, el "super jefe"- ve más idóneo pasar el programa al Anfiteatro del parque, 100 metros más allá.

El cambio a un espacio más amplio -se razona- permitiría mantener los 200 espectadores que alberga el patio habitual, y cumplir con las medidas que, tarde o temprano, se impondrían para los actos al aire libre en previsión de males mayores. Los jefes pensaban en septiembre, nosotros en julio. En algún momento se pensó que podía ser en agosto.

A regañadientes, comenzamos a repensar el formato. ¿Por qué no nos gustaba? Veíamos que el desplazamiento trastocaba la filosofía del ciclo: naturaleza, intimidad, sencillez. Esto es: artistas y público bajo el arbolado, próximos, y con medios técnicos básicos. Ahora, las dimensiones del espacio se multiplican por diez.


                                                   Vista Anfiteatro con estanque tras columnas

Encontrábamos inconvenientes al nuevo enclave: el control de la iluminación del parque era la principal fuente de desconsuelo. ¿Comó centrar la atención del espectador, si se le ofrece la visión de todo lo que sucede en los grandes espacios que hay tras el escenario? Si no se apagaban ciertas farolas, no había forma de disimular, pues el publico, en gradas, podía ver sobre cualquier fondo que pusiéramos. Luego, el control del chorro de agua en medio del estanque... en fin...

Hay muchas personas comprometidas con la función social del parque dispuestas a favorecer su dinámica social. Uno de ellos es Jesús, "El Bicis", viejo amigo que resulta ser una suerte de mantenedor arbóreo y tiene acceso a la sala de máquinas y conoce las secciones lumínicas del espacio.

Lo del formato hay gente que no lo entiende. Lo explico comparando un libro "de bolsillo", que puedes llevarlo encima y leerlo en cualquier lugar; es liviano y cabe en riñonera, mochila, bolso... con otro libro "de regalo", que suele ser grande, a veces desmesurado para su contenido, y pesado, inapropiado para sacarlo de casa.

Pues, también, el espacio en su relación escenario-patio tiene sus claves y con frecuencia determina la relación artista-público.

Así, el programa se iba a resentir en su parte literaria: veíamos difícil la concentración, la atención del espectador en el autor y su sola palabra. El anfiteatro patrocina el desparrame visual, pensábamos. Esta reflexión nos llevó a posponer para la próxima edición las intervenciones de escritores y otras más intimistas que barajábamos, en beneficio de actuaciones que "llenasen" visual y sonoramente el espacio.

En mayo

Comienzan los cambios de fase pandémica. Por si acaso, Isidoro nos provee de un oficio para poder movernos por el parque a cualquier hora.

Estudiamos los campos visuales comunes desde distintos puntos de las gradas.
Al escenario central, ocupado por las intervenciones musicales, se sumaría el existente ante las columnas del estanque, donde podrían verse los números de danza que, en la distancia resultarían casi ensoñaciones. Ese espacio tendría una iluminación propia acompañada de efectos visuales. Propusimos a Ingrid y a Ana Continente llevar sus coreografías a ese espacio, para ejecutarlas en combinación con el grupo del escenario central; bailarían allí con la música de Mª José Hernández y Almagato, respectivamente.
Por otra parte, el seto que encierra al anfiteatro, de casi 2 metros de altura, permitiría apariciones con el apoyo de la grúa que utiliza el parque para podar.

En junio

Íbamos casi todos los días a distintas horas para tomar el pulso humano del espacio. Romeo buscaba motivos para el cartel. Con los Albertos de Amankay nos preguntábamos sobre el efecto de sonorizar el escenario del lago para la danza y los posibles rebotes. Con Carmen y Amparo ensayábamos fórmulas para que flotasen luminarias en el estanque. Los conservadores del parque trajeron su grúa para que la Millán elevara su gigante. Estudiamos la incidencia del viento. Hicimos simulaciones. Conseguimos focos de gran potencia, 2.000 y 5.000 watios, para iluminar personas o cosas que elevara la grúa, etc.

                    


                                             

A veces, proponíamos intervenciones a colegas; lo pensaban y declinaban por no verlo claro o, dada la incertidumbre, no tener ánimo para arriesgarse en trabajos que podían quedarse en nada. Otros, simplemente, tenían las fechas ocupadas. Fueron los casos del Teatro de Medianoche, al que solicitábamos recrear las columnas con efectos del teatro de sombras; del taller de danza que practica en el centro cívico; o del zanquista Espallargas.

Por su parte, los jefes hacían mediciones y evaluaciones, pensaban la mejor forma de "cerrar" el espacio del público con dos pasillos, para entrar y salir. La seguridad se fiaría a una empresa, para el control de acceso. Pensaban aforar el escenario central con vallas. Dudaban si dar pases anticipados en el centro, o dejar que afluyeran vecinos hasta el cupo autorizado. O sea, pensaban en lo que les competía.

De todo esto, nosotros nos desentendíamos. Nuestro problema no eran las medidas que se tomaran, sino el espacio que debíamos justificar artísticamente.

Imaginamos a los jefes redactando informes para instancias competentes, pues -pensamos nosotros- no sería de extrañar que, en tiempos de desbandada, algún compañero del aparato municipal considerase inadecuado tanto compromiso con las nochecitas de los juglares. 

A finales de mes, ya estábamos persuadidos de que podíamos afrontar el reto de trabajar para doscientos vecinos (en un espacio que normalmente podía reunir mil) dispersos en tres orientaciones: frontal, lateral derecho, lateral izquierdo, la mayoría sentada al bies. Cada espectador estaría a dos metros del espectador más próximo. Potencialmente disponíamos de los elementos necesarios (escenarios, luces, sonido) para dar un buen espectáculo: música en el centro, lejana danza, acomodación artística, apariciones en los setos, acciones con el chorro del estanque, baños de luz...

En julio

Zaragoza es noticia nacional durante todo el mes. Cada parte informativo difunde, entre sus primeras noticias, la subida de contagiados en Delicias. Habían empezado a organizarse actividades en Aragón. Algunas se suspendían al poco de anunciarse. Se buscaban auditorios al aire libre, por ser más seguros. 

Jefes, organizadores y artistas vivíamos en un ¡ay!, pero seguimos trabajando en los frentes correspondientes. Se cierra el programa, con nuevas ideas y el ánimo general alto. Sale el cartel, donde ha primado la idea del nuevo espacio:


En la línea de hacer espectáculos humanos, contábamos con el servicio de acomodadores que pondría la PAI. Aunque el público diera vueltas para encontrar la entrada y se le sometiera a algún tipo de incordio, la acomodación sería grata.

En las marquesinas y autobuses, el ayuntamiento se dejaba ver, por lo mucho que anunciaba, no solo en los centros cívicos. La limitación de aforo hacía que se tuviera que ir a recoger la entrada días antes, o apuntarse por internet, o llamar por teléfono. 

Una Plataforma de Artes Escénicas presionaba a las instituciones para recuperar presencia y audiencia.

Aparece una consigna en la propaganda institucional callejera: "Vuelve a la cultura". Y nos da que pensar: ¿Acaso habían prohibido a las gentes el enriquecimiento interior? ¿No han leído libros, no han visto documentales, no han oído músicas y pensamientos profundos? Evidentemente, la propaganda va en la línea de suplantación de conceptos. Se puede volver a la librería, al parque, al cine... pero no a "la cultura", que es una abstracción.

La primera semana de agosto estaba signada para realizar una suerte de ensayos de la parte técnica y técnico-artística -que no era poca. Pero el 28 de julio nos trasmiten el cambio de ubicación: la rotonda del CC Delicias.

Rotonda

Era incomprensible. La instancia municipal (la que fuera) que desaprobó la ocupación del Anfiteatro del Parque Delicias durante los días 7, 13, 20 
y 27 de agosto, no lo hizo contra

Las Noches de Juglares
El vecindario del barrio
El uso social del parque

Más bien lo haría pensando en que "lo que fuera a hacerse" podría servir para expandir más el virus por el vecindario en un espacio incontrolable como es un parque. No sabemos las razones, pero seguramente no pensaron en la solvencia de los organizadores, en la responsabilidad de los vecinos, en la preferencia del aire libre.

Cuando se habla del "control", recordamos el caso de aquella plaza donde no había niños porque campaban los malos. Hasta que un día volvieron los niños, y los malos buscaron otro lugar. ¿No tienen las altas instancias un psicólogo social a mano? Convendría.

Como es natural, juramos un rato, agachamos la cabeza y enfilamos hacia la Rotonda. La relación con los jefes era de incomprensión mutua. En símil deportivo: ellos habían salvado el campeonato pero el equipo se había formado para jugar en otro campo. No había tiempo más que para decir "sí" e intentar agradecer la solución, porque ellos lo hacían por las Noches... y por nosotros, por los artistas. Era así. ¡Y nosotros, sintiéndonos traidores al parque! ¡Qué cosas!

De lo que pasó en la Rotonda, daremos cuenta en otro artículo.



16 de septiembre de 2020

Joaquín Carbonell (1947-2020) Encuentros y recuerdos

Coincidíamos en actos más o menos legales. Como en la primera apertura paralela en la Universidad de Zaragoza, el 26 de octubre de 1976. Aquel día todos teníamos prisa: Eduardo y Javier (Bullonera) iban a cantar a un pueblo y fueron los primeros; Francisco (Silbo) tenía que dar clases, y fuimos los segundos. Tras nuestro recitado de "A vosotros, universitarios, vascos de Barcelona...", cantó Carbonell. Y no digo "salió al escenario" porque las escaleras de la facultad de Ciencias estaban abarrotadas y en el rellano no había forma de moverse. O sea, que si el cantante se movía, su guitarra chocaba con alguien. Carbonell empezó "con razón o sin razón..." y los estudiantes aprovecharon el ritmo del estribillo para bailar una conga. Milagrosamente el público fue bajando a la hierba, y el rellano, entonces sí, pasó a ser escenario.  En una estrofa citaba al barrio de Las Fuentes y el aplauso resonó como un trueno por el campus.

El redactor de El País que se atrevió a contar la primera apertura paralela, si bien entendió el componente alcohólico de la fiesta, debió irse pronto, porque sí que estuvo la policía en los alrededores, y, además, no éramos precisamente "grupos de canción folklórica".

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Una noche otoñal de 1979 hablábamos en un bar de Tenor Fleta que se llamaba El Jardín, donde discutíamos cosas de la Asamblea de Cultura. Allí cantó Carmen Orte, nos encandiló, y la noche acabó con Joaquín acompañando a Carmen y cantando romances entrambos. En esos años, periódicamente, se unía a la peña del Oasis y participaba en alguna gala practicando la vena cabaretera que tanto le gustaba.

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Otra fecha inolvidable fue el 27 de octubre de 1982. Nos convocó en el KWM, y hasta altas horas montó una especie de fiesta con la participación de Krahe y Sabina. Bueno, esto no era raro, ya había montado otra actuación sorpresa con ellos en el BV80, lo raro es que estábamos en el día de reflexión, porque el 28 se iba a votar. En aquellos años nadie sabía muy bien dónde estaban los límites.

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En el arrumbamiento de la canción de autor, Carbonell ya estaba con un pie en el campo de la comunicación, primero en los programas regionales de TVE.  Musicaire fue un invento suyo para mostrar todo tipo de música hecha en Aragón. Éramos vecinos en el barrio, y en la avenida de Valencia preparamos el guión de un Musicaire que tenía alguna complejidad, porque los músicos suelen estar quietos y los juglares de boca no, así que había que pensar en la técnica de "dramáticos".  Cuando vimos que la botella de cerveza, a los pies de Goyo, a veces estaba llena y a veces vacía, supimos lo que significaba "racord".  

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El 6 de diciembre de 1987 publicaba El Día de Aragón una de las críticas más jocosas que nos han escrito. Joaquín vino al teatro con el pintor Ignacio Mayayo y el teatrero Dionisio Sánchez.  Carbonell habla de la obra por boca de Dionisio. O bien: para el crítico "la obra" era ver a Dionisio viendo la obra.

Antón Castro seleccionó este párrafo en su libro del Sueño de Juglares. 

...Como esa noche (jueves) estrena El Silbo Vulnerado en el Teatro del Mercado, decidimos rematar la jornada asistiendo a la representación. "Yo me saldré a la mitad. Así que cojo la moto", nos indica Dionisio Sánchez. Hay ambiente y expectación en la puerta. Y llenazo. Y debo confesar que hacía tiempo que no veía reír y tan de seguido a Dionisio. El espectáculo es tan divertido que decidimos quedarnos toda la obra. "Buenísima, buenísima", confiesa Dionisio. Durante la representación se nos obliga a levantarnos y cantar el Himno de Aragón: La Dolores. "¡Genial, genial!" exclama Dionisio. Y así todo el rato.

Desde 1990, seguiría  con sección propia muchos años en El Periódico de Aragón, donde  nos entrevistaba cada tanto, y admitía de buen grado información sobre artistas y gente rara de paso por la ciudad. Con Roberto Miranda escribió libros jocosos de ¿humor y política ficción? Decir que "Aragón es un reino sin ánimo de lucro" es una sentencia estupenda. Se prodigaba más en la prosa que en el verso. En las letras de sus canciones podía expresar honduras y jugar con las formas. Porque, entre los libros de humor, un par de poemarios, o tributos a sus admirados Buñuel y el Pastor de Andorra, él siguió haciendo canciones y actuando ocasionalmente. Le gustaba trabajar en  equipo: los libros con Miranda, los documentales con Iranzo, las letras Con Navarrete, con Paz, o, últimamente, con Leiva...

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 A La Campana de los Perdidos venía a las funciones colectivas (homenajes, los fines de temporada, las noches brassenianas...). Un día me contó detalles de su entrevista con Nicanor Parra en su casa chilena de Las Cruces.  Puede leerse en el blog de su amigo Javier Barreiro. La impostura de Joaquín contra la de Nicanor, los malentendidos no discutidos, el deseo de acuerdo con el otro... una rareza! 

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Compartíamos el amor a Buenos Aires. Sus actuaciones eran en Clásica y Moderna, que además de librería, café y restaurante, tiene un pequeño escenario para artistas especiales. Allí lo conoció Alejandro Dolina y lo llevó a su programa La venganza será terrible, donde lo invitó a cantar (cosa que nunca hace Dolina). 

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Lo tuvimos en las Noches de Juglares, vino con Arrazola, y compartió cartel con Juan Leiva, el poeta. Fue una noche desapacible y húmeda, había llovido toda la tarde y tuvimos que refugiarnos en el vestíbulo de Las Esquinas del Psiquiátrico, el centro cívico. 

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Por nuestra relación cercana estos años con David Giménez y su editorial, nos veíamos con frecuencia por la Ribera: en El Imperdible de Remolinos, en Vinos Chueca de Casetas, en el Riga de Alagón, o en el Drinks & Pool, lugares habituales de Los Tres Norteamericanos, su último invento musical en el que, sin mayores pretensiones, junto a David y el GranBob, ponía las plazas patas arriba con las canciones de nuestra niñez. En los inicios del grupo, regocijaron al público de las Noches de Juglares, en el parque Delicias.

Durante el confinamiento, en abril, creó una serie diaria de audios. Consistían en una breve presentación y el canto de una canción. De forma sencilla, usando la grabadora del teléfono. Se pueden oír en su página oficial.

El domingo pasado, los altavoces municipales de Alloza, de Remolinos, de... llenaron el aire triste de sus calles con su voz.

En El Periódico de Aragón, hablaron los que saben: 

Garza Aguerri

Javier Losilla

Eloy Fernández Clemente.

9 de agosto de 2020

De regreso

El regreso a escena se está haciendo estos días con incertidumbres diversas. Los artistas temen la suspensión, el aplazamiento, el contagio, pero sobre todo un miedo interior que les lleva a preguntarse por el sentido de su trabajo.

El público, como es una abstracción y las abstracciones no hablan, no dice nada. Ocupa las plazas permitidas, pero se le nota incómodo. Cada aplauso suena singular, no se siente un aplauso "del público".

 Esto lo hemos observado en espectáculos propios y ajenos. Lo decimos nosotros y otros también. Para consolarnos decimos que es mejor esto que la sala vacía y la emisión en directo...

El día 6 comenzaron las Noches de Juglares. Los espectadores fueron acomodados por dos actores de la PAI que rompían el hielo del distanciamiento. Mª José Hernández daba su primer concierto tras la cuarentena, acompañada por Sergio Marqueta, al piano, y Daniel Escolano, al bajo. No se notó ninguna carencia, voz perfecta, como siempre, y un repertorio exigente: sus propias canciones, una en lengua aragonesa y alguna versión de Labordeta. 

Ingrid Magrinyà, la gran bailarina balear-aragonesa, intervino en dos canciones y compartió un final improvisado con Mª José: voz y cuerpo, alma del escenario.

El viernes salimos hacia Santolaria (Santa Eulalia de Gállego) para participar en un festival, Jorearte, que recorre esa comarca extraña que es La Galliguera. Algunas actividades se hacen en pueblos y otras en parajes naturales.

Aquí, en las fotos de Beatriz López, varios momentos de la jornada: nuestra actuación en La fuente d'o lugar, e Ignacio Sanz en Pozo Chelo.


Nuestras actuaciones estuvieron precedidas por el espectáculo circense Envà, de Amer y África. Y después, en la bodega Pegalaz, finalizó el día con las danzas orientales de Sara Guirado.

7 de agosto de 2020

Hoy, en Santa Eulalia de Gállego

 Tras el inicio ayer de las Noches de Juglares, hoy veremos carretera y montañas camino de Santa Eulalia de Gállego.

 Este pueblo, aledaño a los mallos de Riglos, es uno de los reductos del aragonés. Desde el año pasado funciona un espacio teatral llamado El Corral de García, iniciativa de Viridiana.

Nuestra actuación será en la Fuente d`o lugar. En escena Lirio Martínez con su violonchelo acompañando a Luis Felipe. Harán un repertorio de recitación clásica, con poemas de Machado, Lorca, Gerardo Diego, Borges y Rosendo Tello, en la primera parte; y de López de Mendoza, Quevedo y Samaniego, como final más festivo.

Será una alegría encontrarnos de nuevo con otros colegas, entre ellos Ignacio Sanz, el escritor segoviano, viejo amigo.


31 de julio de 2020

Noches de Juglares: cambio de lugar

Cambiamos el parque Delicias por la Rotonda del CC Delicias (Avda Navarra, 54)
Con el mismo programa y horario.

Atención, vecinos: los interesados deberán ir a buscar las invitaciones a partir del lunes previo a cada sesión.

¿Dónde recogerlas? En el Centro Cívico Esquinas del Psiquiátrico (Vía Univérsitas, 30)

Hay pocas localidades, lamentablemente...

12 de julio de 2020

De libros y libreros. Un pregón de Guillermo Fatás

Encuentro en el blog de Antón Castro este Pregón de Guillermo Fatás que sirvió para inaugurar la Feria del Libro de Zaragoza, el 31 de mayo de 2013. No hará falta decir que es una joya.

Feria del Libro
 – Pregón -
Guillermo FATÁS CABEZA
Un profesor, como yo lo soy, es autor, porque escribe libros, y es librero, porque los vende, es prescriptor cuando los recomienda o exige, y proscriptor cuando les dirige reproches o los descalifica. En ese sentido, me siento  no solo cliente de mis libreros, sino librero de toda la vida.
Librero viene del latín librarius. Inicialmente, la voz designaba a cualquiera que tuviese relación profesional con la confección de escritos, jurídicos, contables o de otra especie, incluido sobre todo quien reproducía los manuscritos, mediante copia manual. No era raro que tuviera a su servicio esclavos instruidos, que dictaban en voz alta a varios más que copiaban al mismo tiempo lo dictado. En griego, estos librarii eran llamados βιβλιογρἀφοι (bibliógrafos) y quienes, además de ocuparse de hacer las copias, las vendían también, eran los βιβλιοπῶλαι (bibliópolas).
En nuestro Mediterráneo, los primeros que conocemos aparecen en Atenas, en el siglo V a. de C. Sus comercios estaban en el ágora y en ellos se hacían lecturas públicas de obras que, hasta la invención de la imprenta, eran siempre de circulación restringida. El testigo pasó de Atenas a Alejandría. En ella, los faraones de lengua y cultura griega, herederos de Alejandro Magno, crearon colecciones prodigiosas de obras literarias y científicas que eran cuidadosamente expurgadas de errores por equipos de sabios a cargo del Estado. Estos ejemplares depurados servían como modelo a las copias manuscrita, que circularon por la ecúmene mediterránea.
También viene de antiguo una tercera función del librarius: ejercer como editor, esto es, promover la redacción de libros nuevos y ponerlos en su tienda, la taberna libraría, al alcance del público interesado. Ya entonces se practicaban la piratería, la venta de copias no autorizadas, las falsificaciones, las atribuciones a un autor que no lo era, etc., de modo que esta clase de problemas solo resultan nuevos y parecen propios de ahora para quienes no se han informado bien. Nuestro Marcial, por citar a un autor cercano, se quejaba repetidamente de que le atribuían textos infames; como cuando pide a un allegado influyente que niegue esa imputación y que grite a Roma: “¡Eso no lo ha escrito mi amigo Marcial!”.[1]
Tampoco son novedad los riesgos que ha afrontado en todo tiempo el difusor del libro. Los económicos, por descontado; pero, también, los penales. En la Atenas del 411 a. C. ya hubo quemas públicas de libros y Roma no escatimó este recurso de control de los espíritus. Un caso rigurosísimo fue el que el emperador Domiciano, a fines del siglo I, aplicó al historiador Hermógenes de Tarso: condenado a muerte por supuestas burlas disimuladas al césar, los librarii que habían manuscrito el texto fueron crucificados por ello.[2]
Es decir, que, para vuestra profesión, no todo son amigos, según demuestran estos ejemplos y como puede verse en esta crítica, nacida de un autor italiano, que escribe a finales del siglo XVI, traducido y adaptado por el español Cristóbal Suárez de Figueroa en 1615.[3]
Así, les censura que vendan libros de los que él considera desaconsejables, vituperio este que a ninguno de nosotros que tenga alguna edad le sonará, por desgracia, desconocido. Esto escribe: “Por de buenos colores que se quieran pintar los Libreros, no dejan también de padecer sus defetos y vicios. Cuanto a lo primero, sin los descuidos en las obras, y costumbre de mentir que ya es hábito en ellos, les atribuyen principalmente los daños que se siguen en la República de libros legos y escandalosos. Porque, como quiera que consigan ganancia (blanco en que siempre ponen la mira), no reparan en esparcir por el mundo tan mala semilla. Encárganse con particular ansia de su impresión, comprando a veces a subido precio lo que de balde sería carísimo. Por maravilla [por casualidad] admiten libros eruditos y doctos, por ser en su conocimiento tanquam asinus ad lyram. Sólo eligen lo que les puede ser útil, y lo que, como dicen, se halla guisado para el gusto del vulgo, cuyo talento en cosas de ingenio descubre quilates de plomo pesado y vil. Mas no paso adelante, supuesto son amigos, y no es bien los irrite; siquiera porque no se muestren poco favorables en el despacho [la venta] deste libro”.
Pero también dice esto otro, consolaos: “La profesión de Librería mereció en todos tiempos ser contada entre las nobles y honrosas, según se puede probar con muchas razones y autoridades. Sin otras trae una eficacísima Polidoro Virgilio [humanista italiano del Cinquecento], diciendo, ser la comodidad de los libros la que adelgaza [afina] los ingenios, y la que abre un camino facilísimo para todas ciencias y disciplinas, incitando maravillosamente nuestros ánimos a los estudios de las letras dignísimas de toda reverencia y honor. Sácase también la nobleza de los Libreros de la grande estimación en que en todos tiempos tuvieron las librerías Emperadores, Reyes, señores particulares, y hombres doctos de toda suerte. (…) Puédese pues decir ser la profesión de los libreros por estremo noble, respeto de estar siempre en compañía de personas virtuosas, y doctas, como Teólogos, Médicos, Legistas, Matemáticos, Humanistas, y otros muchos científicos, con cuya conversación y manejo se vuelven muchas veces más agudos, inteligentes, y pláticos [prácticos, expertos], no sólo del arte, sino de las cosas de todo el mundo. Así son raros los lerdos, y en especial en vender su mercadería. También participan de nobleza, por la limpieza y curiosidad que tienen en sí. Adquiere el arte nombre del beneficio universal que produce a todos; porque de los libros se recibe el modo de entender, y saber lo que se quiere, y no sólo nos hacen poseer ciencias y artes, sino cuanto se puede desear de guerra, estado, amor, letras, manejos de papeles, oficios, y otras cosas. (…)”.[4]
Eso, el librero. ¿Y el libro? En el vestíbulo de mi Facultad la pared del fondo es un gran mural en cerámica de color azul, obra de Ángel Grávalos firmada en 1967, en cuya parte superior derecha, reproduciendo una grafía altomedieval, se lee la pregunta latina Quid est liber, ¿qué es el libro? Ponerla fue idea de Ángel San Vicente y desde entonces nos interpela al entrar, cada día, a quienes allí gastamos nuestras vidas. He seguido la pista del interrogante, con ayuda de mi colega Guillermo Redondo. Procede de un códice del siglo XI y dice así: Quid est liber. Liber est lumen cordis; speculum corporis; uitiorum confusio; diadema sapientium; honorifitentia doctorum; vas plenum sapientiae; socius itineris; domesticus fidelis; hortus plenus fructibus; arcana reuelans; obscura clarificans. Rogatus respondet; iussuque festinate; vocatur properat; et faciliter obediens. Es decir:
“¿Qué es el libro? El libro es lumbre del corazón, espejo del cuerpo, confusión de vicios, corona de prudentes, diadema de sabios, honra de doctores, vaso lleno de sabiduría, compañero de viaje, criado fiel, huerto lleno de frutos, revelador de arcanos, aclarador de oscuridades. Preguntado, responde, y requerido, anda deprisa, llamado acude presto y obedece con facilidad”.
Con el tiempo, diversas manos fueron añadiendo virtudes al listado, de forma que, al final, esta letanía en honor del libro lo hizo, según se colige del texto latino, “luz del corazón, espejo del cuerpo, maestro de las virtudes, expulsor de los vicios, corona de los prudentes, diadema de los sabios, gloria de los buenos, honra de los eruditos, compañero en el viaje, amigo en casa, interlocutor y confabulador del que calla, socio y compañero del que gobierna, alivio del yacente, vaso lleno de sabiduría, frasco de los aromas de la elocuencia, huerto lleno de frutos, prado marcado de flores, principio de la inteligencia, repuesto de la memoria, muerte del olvido, vida del acuerdo; llamado, corre; mandado, se apresura; siempre está pronto; jamás desobediente; preguntado, al punto responde; libérrimo consejero, no adula, no habla para complacer; a nadie perdona, porque a nadie teme; en nada miente, porque nada pide; jamás le molestas; revela los arcanos, esclarece lo oscuro, asegura lo incierto, resuelve lo dudoso; defiende contra la adversa fortuna, modera la favorable, aumenta las riquezas, evita la ruina; pozo inagotable, tesoro inmenso, erario inacabable, paraíso de donde no pueden arrojarte si no quisieres; amenidad de que puedes gozar mientras gustes; maestro gratificante, que te hace sabio si te halla ignorante”.
No puedo decir que no. Sirviendo al libro se sirve a la sociedad entera y eso han hecho entre nosotros libreros inolvidables, que han dejado su marca en Zaragoza en un grado no menor que los artistas y arquitectos que construyen la Zaragoza física, tangible, material. El oxígeno que insufláis en las venas de nuestra comunidad es también cuerpo de Zaragoza. Hablo, entre otros, de Inocencio Ruiz, Víctor Bailo o Luis Boya y de los creadores de linajes como Marquina, Alcrudo, Pons y Muñío. Los Muñío cumplen ahora medio siglo, seguidos por Paco Goyanes, y por Julia y Pepe, también curtidos veteranos; aunque no tanto como nuestro presidente, Joaquín Casanova, que acaba de llegar a su primer medio siglo de ejercicio profesional.
Queridos libreros nuestros: sois grandes resistentes, como herederos de una estirpe de gentes famosas por su fortaleza en los asedios, que no siempre son a cañonazos. Hagamos, todos, votos para que vuestro hermoso oficio prospere. Será señal segura de que también prospera nuestro país.
Guillermo Fatás
31 de mayo de 2013


[1] Véanse por ejemplo, algunos epigramas suyos, que citamos según traducción de José Guillén, Epigramas de Marco Valerio Marcial, IFC, Zaragoza, 2003 (2ª ed.). VII 12: “(…) Mis páginas tampoco hieren a los que en justicia odian ni a mí me gusta la fama a costa de la vergüenza de nadie.¿De qué aprovecha, aunque algunos deseen que [esos versos] parezcan míos (…) si bajo mi nombre vomita veneno viperino el que dice no soportar los rayos de Febo ni la luz del día?”. VII 72 “Y si alguien dijera maliciosamente que son míos unos poemas que rezuman negro veneno, que me aportes [habla a Paulo, importante abogado] tu voz como abogada y que, con todas tus fuerzas y sin parar, grites: “Eso no lo ha escrito mi amigo Marcial”. X 3: “Conversaciones propias de esclavos, asquerosas mordacidades, y repugnantes infamias propias de una lengua chismosa (…) las difunde cierto poeta amigo del anonimato y quiere que parezcan cosas mías. ¿Te crees esto, Prisco? ¿Que el loro hable con voz de codorniz? (…). Manténgase la fama negra lejos de mis libros (…)”. X 33: “Tú, por si acaso unos versos emponzoñados de verde cardenillo dijera una malquerencia envidiosa que son míos, apártalos de mí, como ya haces, y sostén que no escribe tales poemas cualquiera que es leído”.
[2] Lo cuenta Suetonio en su Vida de Domiciano, 10.
[3]  En efecto, su Plaza universal de todas ciencias y artes, Madrid, 1615 (el elogio del librero es su “Discurso CX. De los Libreros”) es en buena parte traducción de La piazza universale di tutte le professioni del mondo (Venecia, 1585), de Tomaso Garzoni Bagnacavallo.
[4] El autor presume también de ser perito en la presentación de la mercancía: “De sus librerías salen diferentes encuadernaciones, como llana de pergamino, dorada de pergamino, a la Italiana verdadera, dorada Breviario, llana de becerro, de Breviario, o Misal, bayo, negro, y otras colores. Breviario de cuatro cortes, dorado, embutido las tablas, matizado de colores, bordadas y matizadas las hojas. Encuadernación de cartones, llana o dorada, libro de coro de Iglesia, de caja y otros. Los instrumentos que intervienen en su magisterio son, plegadera, mazo de hierro, y piedra para batir, telar para coserle con sus clavijas, y aguja larga: reglas para enlomarle con su prensa, ingenio para cortalle, con lengüeta, tornillo, y puerquecilla; sisa para doralle, cabezadas de cordel, y baldrés; varios hierros para labrar tablas y cortes, ruedas y viradores para lo llano, cepillo, gubia, punzón, tijeras, martillo, y otros”.

8 de julio de 2020

En agosto: Noches de Juglares

Con permiso de las autoridades competentes y si el tiempo no lo impide, las Noches de Juglares en el Parque Delicias se celebrarán los jueves de agosto, a las 10 de la noche.

Contaremos con las actuaciones musicales de Mª José Hernández (día 6), La Orquesta de los Títeres Muertos (día 13) Ariel Prat (día 13), Almagato (día 20). Y con la participación de: Ingrid Magriyá, Tía Elena, Ana Continente, entre otros artistas.

El último jueves (día 27), un grupo del barrio repasará canciones norteamericanas de las décadas 1960 y 1970.  Piezas conocidas de Woody Guthrie, Bob Dylan, Pete Seeger, Leonar Cohen, Nina Simone,  Janis Joplin... Canciones en inglés;  leídas simultáneamente en español, y con traducción en lengua de signos.

Este año el escenario (en el punto rojo) estará en el anfiteatro del parque:


Y también este verano habrá Noches de Juglares, en formato menor, de gira por Aragón.

6 de julio de 2020

Javier Brun. Trabajo y amistad



Javier venía de la movida teatral de Barcelona, su ciudad natal, donde había estudiado la carrera de Químicas. Su vocación le empujaba hacia el espectáculo y emprendió la aventura de vivir de ello.


Se instaló en Zaragoza en 1983 y  encontró amigos, paisanos grausinos y un amor.

Le movían querencias puras: teatro, danza, circo, al margen de que se hicieran en un escenario o no.

En la plaza de Santo Domingo montó casa y taller con quienes luego formarían el grupo Momo: Pilar Trillo, Jordi Pinar y Maribel Vidaller. Por su  parte, Javier trabajaba en el proyecto  Miniaturas con Jordi, Daniel Calvo, Michun,  Marisol… 

Una de las actividades de Miniaturas fue Cada loco con su tema –mayo, 1984, plaza Los Sitios- una suerte de escenario para la libre expresión que en aquel momento resultaba sorprendente. En otra ocasión, la Gran Vía se lleno de zancudos tétricos que señalaban los ventanales, entre vehículos plastificados y aullidos de sirenas. Era un domingo por la mañana. Sobrecogía esa procesión futurista que parecía inspirada en La guerra de los mundos.

Miniaturas movía mucha gente que quería aprender habilidades circenses. Colaboraba con la Delegación de Juventud y las actuaciones se enmarcaban en el Año Internacional de la Juventud.

Esos años se establecieron muchas conexiones. Por ejemplo, con el norte de Italia que fructificaron en encuentros como los que se celebraron en Turín y en Panticosa entre titiriteros y jóvenes de Barcelona, Zaragoza y Turín. Javier se metía de cabeza en esos proyectos.

En sintonía con sus inquietudes parateatrales,  organizaba en plazas zaragozanas sesiones donde ponía en relación bailarines con monumentos y mobiliario urbano. 


Un día, Jordi me llevó al Teatro del Mercado para ver una obra que había montado Brun en Barcelona y que se titulaba El lúcido mediodía del Dr Turpin. El trabajo reunía elementos cómicos en el guión y una elaborada serie de efectos mecánicos y eléctricos. Luego, estuvimos discutiendo por una desafortunada apreciación mía, “como Martínez Soria modernizado”, que Javier me recordaría a lo largo de los años, pretendiendo hacerme en parte responsable de su abandono de las tablas. Él sabía, lo decía con naturalidad, que no tenía dotes de actor.

Como organizador no tenía precio. Un día convenció a sus colegas para que le ayudaran a montar una escuela de circo en el Barrio Oliver. Esa escuela pretendía ser una alternativa ocupacional para jóvenes que no encajaban en el sistema educativo. Y Javier trabajó en ello con gran aceptación del barrio. La actividad tuvo cierto recorrido, se formo el grupo Saltimbanquis, y abrió la puerta al taller de percusión de Javier Pajarola, que fueron como una prolongación natural.

Buscando lo insólito como espectáculo, participaba en una suerte de grupo surrealista secreto que se reunía a la sombra de Juancho Graell, donde coincide con Ana A., Ricardo C.,  y Helena M. La cosa era enfrentar a un “no público” con una situación real de teatralidad escondida. He escrito “surrealista” porque las propuestas del grupo tenían para mí un sesgo buñuelesco.

En Zaragoza estábamos con la Conferencia de Teatros Públicos y  la guerra del centro dramático, cuando Javier entra a trabajar en la Concejalía de Cultura del ayuntamiento oscense. Ese verano de 1985 ya tenía un importante bagaje de experiencias, no solo artísticas, también planificadoras desde la base.  

El trabajo de técnico cultural en Huesca no le tocó en la tómbola.

Se instaló en los porches de Galicia, y su casa fue pronto popular por su vida social y el tránsito de bohemios.

Ese mismo año, Huesca ya montaba la 1ª Muestra de Teatro Actual. La concejalía de cultura funcionaba. No era habitual encontrarse en Aragón un concejal con experiencia gestora (Escriche) junto a un técnico de mente fría e ideas calientes.

En 1986 hacemos la Feria de Teatro.

(Al hilo de estos recuerdos de Javier, recupero algunos materiales sobre el nacimiento de la Feria que aparecerán en otro artículo en este blog).

Ese primer año Javier y yo nos encargamos de organizar un espacio “complementario” (el off) fuera del programa oficial de la Feria. Contamos con Jordi Pinar y Domingo Castillo para idear el encuentro y a las reuniones se sumaron grupos de San Juan de Mozarrifar, Remolinos... 


Fue testimonial, pero sirvió para encontrarnos el 31 de mayo en la Plaza de Santa Cruz medio centenar de actores, con sus instrumentos, zancos, títeres, indumentaria ad hoc, etc. Teatro de pueblo, de barrio y de ciudad. Celebrando la Feria de Teatro de Aragón. Javier se paseaba en pijama, con una cama en la espalda, seguido por Carlo Timossi tocando el acordeón.

La participación de El Silbo en la Feria –que se desdobló entre Zaragoza y Tarazona- se celebró en jardines y descampados de Veruela. Se trataba de una propuesta itinerante, y en la oscuridad de la noche el público nos seguía por los aledaños del monasterio. Y por esos senderos aparecieron una serie de presencias ajenas al espectáculo. Como si fueran estatuas, cinco penitentes inmóviles que solo movían los ojos. Nadie sabía ni quién ni por qué. Juancho, que dirigía la Feria, había organizado esa acción clandestina con su célula experimental y secreta. 

En esta foto, un anónimo Javier al acecho del paseante para provocarle preguntas:



Huesca  está entre Zaragoza y  Graus. Y no tan lejos de Barcelona, donde seguiría reuniendo titulaciones relacionadas con los epígrafes Arte, Internacional, Gestión, Cultura.

En 1987, la Feria, que nació con idea de alternar de sede cada año, no encontraba localidad que se arriesgara a acoger la segunda edición. La presencia en Huesca de Javier influyó en la elección. Y aunque la carencia de espacios municipales apropiados era una rémora, la segunda edición se celebró allí.


En lo artístico, continuó la vinculación de Javier con Zaragoza. Juancho había emprendido un nuevo proyecto teatral: la Cía. Sueño de noche de verano, creada para el estreno de Comedia sin título, de Lorca, inédita hasta entonces en las tablas.




La obra se estrenaba en el invierno de 1988 en el Oasis. Como se ve en el programa de mano, el elenco contaba con relevantes figuras y con colaboraciones como la de Lola Poveda (discípula de Fedora Aberastury) de quien eran muy afectos tanto Juancho como Javier (Xavier, en el programa).


Pero en la primavera de ese año 1988 hubo guerra en el frente teatral de Zaragoza. Juancho dejó la dirección de la Feria. Y ésta siguió en Huesca.

La muerte de Juancho Graell coincidió con la inauguración de la 6ª edición de la Feria. Me tocó escribir la necrológica para la prensa y le pedí a Javier una semblanza para El Día de Aragón.


Javier ayudó a la estabilidad de no pocos proyectos artísticos que se iban generando en Huesca. Choques, malentendidos, incomprensiones, habría también. 


Un día, recibí una llamada desde Barcelona, Javier me quería contactar con un actor francés que recitaba poesía en español. Le debo también ese regalo, la amistad con Jean Michel Hernández con quien haríamos no pocos proyectos.

Javier tenía su carácter, claro, pero era persona tierna. Me insistió varios años para que repusiera en Huesca Más margen, malditos! La última vez que me lo dijo le respondí “¿quieres que vayamos a la cárcel?” porque lo que se nos aplaudía en los 80 se había vuelto peligroso, aunque algunas programaciones servían de paraguas (Periferias, la misma Feria de Teatro…) contra una posible lluvia de entrecejos fruncidos.

En este oficio se habla mucho de “riesgo” por parte de los contratantes, en el sentido de corremos el riesgo de que no le guste al público, o que no venga. El de los artistas se llama “a riesgo y ventura”. A Javier no le incomodaba hablar de estas interioridades.

Normalmente, los movimientos sectoriales conllevan alineamientos de los gremios cercanos. Hacia 1996 comienzan guerrillas entre gestores culturales. Hacía años que Javier y José Luis Melendo eran factótum, no solo de la actividad de sus departamentos, también de proyectos que requerían el apoyo de ambos. Estaba madurando una especie de aristocracia de gestión cultural. Algunos proyectos se afirmaban, como Pirineos Sur, que llevaba Luis Calvo, otro peso pesado del clan de Huesca.

En aquellas hostilidades El Silbo sufrió un daño colateral. En algún punto de la disputa, apareció nuestro trabajo sobre Goya y a Javier no le gustó el primer acto de las Noches lúgubres, de Cadalso. Los argumentos de Tediato le parecían, al menos, inconvenientes (a él, que tanto apreciaba a los malditos). Dejémoslo aquí. Gestores y técnicos culturales llegaron a montar dos asociaciones distintas, pero no recuerdo el motivo de la división. Las empresas teatrales hicieron lo propio. En esas temporadas veía a Javier con los nervios destemplados. Creo que a la buena gente no le es grato discutir con los amigos, y, por ejemplo, Melendo lo era. Además ¡tantos días de papeleos y noches de soltería!

Algunas iniciativas parecían de corta trayectoria, como la revista Radar –mensual, de ocio y cultura- porque se habían intentado en la capital mil veces y siempre fracasaba. Pero pasan los años y ahí está funcionando en Huesca... y los intercambios transfronterizos, el uso de espacios desocupados, el desarrollo de nuevos formatos… no sé…

Recuerdo a Brun en todos los teatros. Y en Periferias, Lles y Brun con Panero, con Perico Fernández… Las funciones en ferias y festivales, el Museo Provincial, la sala de La Campana, campañas de institutos, congreso del exilio, centenario de Miguel Hernández,  Huesca Leyenda viva… Intercambio de agendas: “llama a”, “pregunta por”, “necesito un”, “qué sabes de”, etc.

Un día:

-Piensa qué querrías hacer en Huesca.
-Hagamos un festival de oralidad
-¿Cuentacuentos?
-También. Romanceros, copleros, narradores, rapsodas, monologuistas, charlatanes, narradores de estilo popular, culto, etc. Y mestizaje de géneros y artes, como música-palabra, imagen-palabra, movimiento-palabra, etc.

Hace 20 años no era común hablar de “narración oral”. Sin embargo, estaba de moda hablar del “sexo oral”, por lo que Lewinsky le había hecho a Clinton. Decir que había un “festival de oralidad” solía corearse con grandes carcajadas. Como a Javier le gustaban los chistes malos, se lo pasaba muy bien.

Empezamos en el 2000, y pasaron grandes maestros americanos: Padovani, Rueda, Pimienta, Centeno, Ducho, Amalialu, Caicedo, Buenaventura… Javier era más de escuchar que de leer. Creo que el Festival Internacional de Oralidad “Huesca es un cuento” durante algún tiempo fue la niña de sus ojos.  Se hacía en 6 espacios, más los rurales, durante 5 días, con un tiempo reservado para la teoría. Cuando Javier trabajaba en Zaragoza, o estaba en sus misiones por el exterior, dejaba de superjefes a Lles y a Angelita, con quienes debíamos entendernos Oswaldo, Grassa Toro y yo.

En la foto de Raquel Arellano: una sesión argumentativa en el Círculo Oscense, con Luis Lles, Javier Brun, Begoña Puértolas, Luisfelipe, Quico Cadaval, José Campanari, Pacho Centeno y, de espaldas, Maricuela. Era 2001.



Cuando dirigió el Centro Dramático, hizo unos cambios sustanciales en la política de coproducción: se eliminaba la justificación del doble de lo recibido; la convocatoria: abierta hasta que se acabe el dinero; equilibrio entre productores: financiación-mano de obra. Se podía trabajar y se trabajó.

En 2007 nos pide un proyecto de El Silbo para Huesca como compañía residente. Lo hicimos, desarrollando espacios formativos que no cubría la dinámica teatral oscense. Gustó, pero dio igual porque el terreno estaba minado. Y ni Javier consiguió desactivar la voladura del proyecto.

En 2009, siendo asesor de Cultura en el Gobierno de Aragón, me envía la carta de Pilar Navarrete y la entiendo, pero no contesto. La carta aquella que empezaba: “Al ver la selecta concurrencia que protestaba el jueves por los recortes presupuestarios en cultura y sabiendo, modestamente, de qué pie se cojea…”

El entierro de Jordi Pinar fue en Montjuic. Fui con Javier, en su coche. De regreso, hablamos mucho de la cultura líquida y de los efectos de la crisis –era 2012. Comentamos alguna campaña publicitaria, especialmente de la promocional del CSMA en el 05, y, claro, discutimos un poco de la Feria. Esto pasaba siempre que hablábamos más de media hora, que salía la Feria. Cuando paramos a tomar un café, pagó con uno de los grandes y me hizo quedarme el cambio. 

Raquel le apodaba “el boy scout” y yo, a propósito de esto, escribí:

Paseando entre los puestos publicitarios vi que Javier Brun había recordado a Jordi Pinar, amigo y titiritero recientemente fallecido, en una publicación de la Feria.

Decía Raquel Arellano que Javier Brun le recordaba a un boy scout  y, cariñosamente, se refería a él así.

-Dice el boy scout que lo llames -me decía, por ejemplo. Yo pensaba que la observadora fotógrafa fijaba su atención en la vestimenta y el aire deportivo-montañés del decano de los técnicos culturales de Huesca. 

Un día que Javier vestía como de boda, dije a Raquel:

-Hoy no dirás que Brun parece un boy scout.

Pero se encogió de hombros porque no era la vestimenta sino la buena acción diaria el atributo que, según Ra, caracterizaba a Javier.

La última llamada de Javier fue dos días antes de su muerte; era hora de comer, porque se oía a Begoña llamando a los chicos. Hablamos de la pandemia, de las incertidumbres y, finalmente, de la feria. El último correo que recibí es de hace dos años; me enviaba un párrafo de Roque Dalton que decía:
Yo te dije con toda seriedad / “qué largo camino anduve / para llegar hasta ti” / y tú me dijiste que ya parecía José Angel Buesa / y entonces me reí francamente / y te dije que los versos eran de Nicolás Guillén / y tú (que recién salías de tu clase de francés) / me contestaste que entonces era Nicolás Guillén / quién se parecía a José Angel Buesa / yo te dije que te excusaras inmediatamente con Nicolás Guillén y conmigo / y entonces me dijiste / que el verdadero culpable era yo / por llegar al José Angel Buesa esencial / a través de Nicolás Guillén / entonces yo te dije que la verdadera culpable eras tú / por ser tan puta / y ahí fue que me dijiste perdón / estaba equivocada / no es que te parezcas a José Angel Buesa / es que eres un José Angel Buesa.Entonces yo saqué la pistola...
Los instrumentos de cuerda tienen un cilindro de madera perpendicular entre sus tapas, que llaman “alma”. No se ve. Sin esa alma las tapas se hundirían por la presión que ejercen los dedos y el arco sobre la cuerda.El alma no la hace, pero sin ella no hay música. Complete el lector -si alguno queda- la alegoría.

He hablado estos días con Pilar Trillo, Helena Millán, Adolfo Ayuso, Daniel Calvo y Karlos Herrero. Con tristeza, me han brindado recuerdos que he unido a los míos para escribir estas líneas.

25 de junio de 2020

Ignacio Sanz: 'Los poetas ornitológicos'

El poeta  Juan López Carrillo recoge en su blog este relato de Ignacio Sanz, escritor e investigador de las cosas del pueblo.
A un grupo de gente amiga que nos reuníamos en los Encuentros de Cambrils nos convierte Ignacio en personajes del cuento.
Los poetas ornitológicos se encuentra en Las  viudas tenaces (Ediciones Rilke, 2013). Episódicamente aparecen Neruda, Antonio Fernández Molina, Vicente Huidobro, o San Frutos, entre otros. 

 LOS POETAS ORNITOLÓGICOS 

Los poetas vivimos atrapados por nuestras rarezas. La gente rara tiende a lo extravagante. Para empezar, no deja de ser una extravagancia que te dediques a escribir versos. A veces me da vergüenza confesarlo. Pero mayor estravagancia es que llegue a tu casa la invitación para un encuentro de poesía ornitológica en Cataluña. Lo cierto es que de allí vengo. Los catalanes, en la vanguardia siempre.

Además de divulgar este género minoritario, entre los propósitos del encuentro había también un afán por dar una voz de alarma al mundo. Al principio me quedé un poco desconcertado. No te lo acabas de creer. Como si la poesía, a su manera, también pudiera salvar al planeta de tantos descalabros. En verdad, la poesía siempre ha salvado al mundo. Sobre todo en los momentos cruciales. Y no hablo tanto de la poesía convencional, la que hacemos los poetas, a menudo tan engolada, sujeta a todas esas mandangas retóricas de la medida, la rima o las estrofas que nos alejan de la gente de a pie. Lo de salvar al mundo lo digo en un sentido más amplio. Al fin, cada acto de amor, es un acto poético. Esos actos poéticos son los que cada día salvan a este mundo ciego en su avaricia suicida. De modo que todos, hasta los analfabetos, pueden ser poetas excelentes. El hombre que, de repente, empujado por un coraje solidario, se lanza a un río turbulento para salvar la vida de un desconocido arriesgando la suya; aquella viejecita polaca que, sorteando férreos controles y amenazas, salvó de una muerte segura a miles de niños judíos; aquel estudiante chino que, plantándose delante, detuvo durante unos minutos la marcha macabra de los tanques en la plaza de Tiananmen... gestos poéticos que, a su manera, salvan al mundo. En esos gestos late un aliento de audacia y generosidad propio de los iluminados, un aliento que desarma a los poderosos. Quizá ésa sea una palabra clave, la iluminación poética.

Cada día estoy más convencido de que para hacer poesía no es preciso que nos pongamos trascendentes o redichos y mucho menos a medir sílabas; a veces la poesía se esconde detrás de ese conductor que circula de noche por una carretera secundaria y que, de pronto, detiene el coche en la cuneta, se baja, recorre unos metros hacia atrás y ayuda a cruzar la carretera al erizo que ha estado a punto de atropellar; en esos pequeños gestos cotidianos flota un aliento poético. Y también, por qué no, en ese grupo de amigos que se reúnen para charlar en torno a una mesa y cada uno, sin arrebatos ni usuras, va desgranando su historia. Gracias a la poesía entendida en un sentido amplio, la vida resulta más llevadera.

Y esa es, me parece, la misión que deberíamos tener encomendada los poetas convencionales, los que escribimos versos: hacer visibles con nuestra escritura muchos de esos pequeños gestos que de otro modo caen por el derrumbadero de la indiferencia o del olvido.

No sé si me estoy poniendo un poco petulante también yo. Pero, lo cierto es que, a menudo, nosotros, los poetas, vivimos tan encastillados en nuestro ego, tan de espaldas a la realidad, tan absortos en esa imaginaria torre de marfil en la que levantamos nuestro mundo palabreril, que no conseguimos conectar con los anhelos y las preocupaciones de la gente, y entonces, la gente, en justa correspondencia, se toma la revancha y nos desdeña. Y, sin lectores, los poetas andamos erráticos, presos del desconsuelo, aturdidos y desorientados como niños abandonados en un desierto.

Por eso resulta tan gratificante que, de cuando en cuando, alguien se acuerde de nosotros y nos invite a un recital, a una charla, a un encuentro de poesía. Esas invitaciones nos rescatan de la condición de topos solitarios e invisibles. Lo que más me sorprendió de la invitación catalana fue el título: Encuentro de Poesía Ornitológica. Me resultó extraño por más que uno de mis poemas más celebrados esté dedicado a ciertos hábitos crueles del mirlo y por más que en otros poemas míos haya metido, de soslayo, algunas reflexiones sobre las costumbres de las aves migratorias. Me sirvo de esa alegoría para llamar la atención sobre los desplazamientos humanos. Es una manera sibilina de luchar contra la xenofobia. Aunque sospecho que los que se tendrían que enterar, no se enteran. No me los imagino con un libro de poesía en las manos.

La invitación, en concreto, procedía del Ayuntamiento de Cambrils, en Tarragona, y estaba firmada por el concejal de Educación, el poeta Ramón García Mateos, al que años atrás había conocido en Asturias en otro encuentro de poesía. En un principio, la convocatoria podía haber sido tomada por un capricho o por una extravagancia de Ramón, pero no, aquello venía avalado, además, por la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, por la Generalidad de Cataluña y hasta por la Comisión Europea que, a buen seguro, aportarían una parte sustancial de los fondos necesarios para su desarrollo. La poesía ornitológica era una disculpa, tras ella latía una preocupación por algunos de los problemas que acucian a esta parte de la humanidad como la desertificación, las migraciones masivas o el cambio climático.

No debería sorprenderme que los catalanes nos alojaran en un hotel de cuatro estrellas que estaba muy por encima de mis posibilidades y supongo que muy por encima también de algunos de los convocados, humildes poetas, volatineros de la palabra, sujetos a unos ingresos escasos e irregulares. Es lo que suele ocurrir cuando uno viaja por cuenta de las administraciones públicas, que por unos días te imaginas investido con rango de Director General. Personalmente me atosiga tanto lujo. Pero ésa es una de las servidumbres felices, si se puede llamar así, con las que tenemos que apechar los poetas a cambio de nuestros devaneos solitarios con las palabras: los encuentros con colegas en hoteles y restaurantes de cierto postín, con los billetes de viaje y la manutención por cuenta de los organismos que nos convocan. Y, además, un estipendio de propina por la ponencia o por el recital. A veces, los casados acuden con la mujer, supongo que para compensarla de tantas horas de soledad como ha de sufrir mientras ellos se ocupan de pulir sus versos. Como estoy soltero siempre viajo solo y no tengo mala conciencia. Alguna vez, en este tipo de encuentros, he sido testigo de romances fulgurantes y febriles entre poetas de distinto sexo. Soy tan torpe para las relaciones que no me explico cómo sobrevienen esos encuentros así, tan repentinos y tan apasionados. Algunos pájaros también son muy rápidos en sus embestidas amorosas, apenas si se detienen en cortejos y copulan en el aire, mientras vuelan. Por ejemplo, los vencejos. Pero, volviendo al lujo, creo que estos hoteles nos sobrepasan y se nota a la legua que no nos movemos con naturalidad por esos interminables y anchurosos pasillos alfombrados, la piscina en forma de lágrima con el césped perfectamente rasurado como esos campos de fútbol que se ven en la tele, la sala de masajes, la sauna y ese trato distinguido, ¿qué desean los caballeros?, que nos dispensa el personal de servicio como si formáramos parte de una selecta tropa de escogidos que sueña con el día dichoso de la nominación al Cervantes. Y es que, en nuestra vida diaria, rodeados de libros ajados por el uso y salpicados por manchas de café, vivimos de espaldas a tanta parafernalia y nos falta aplomo para aceptar con normalidad el peso del boato.

El día de nuestra llegada, antes de cenar, nos fuimos agrupando en el vestíbulo del hotel como nos habían dicho. Por allí pululaba otra gente, pero los invitados al Encuentro de Poesía Ornitológica hicimos un corrillo porque enseguida reconocí al rapsoda aragonés Luis Felipe Alegre, esquivo como un ruiseñor, al poeta berciano Juan Carlos Mestre, elegante y leve como un jilguero, y al poeta catalán Juanito López-Carrillo, un poco orondo, que me perdone la confianza, y tan parlanchín como un grajo.

Juanito es un poeta satírico. Acaso por eso, y pese a la admiración que le tengo, suelo tratarle con esa ligereza con la que trataríamos a un sobrino un poco zascandil.
—Juanito, te has convertido en un pájaro de cuenta.
—Soy un gorrión que ha comido el grano inflado. Y fíjate cómo me he puesto, como un pavo real. Pero estoy aquí, de eso no tengo ninguna duda, por la estima que me guarda Ramón. Ya me dirás; he repasado a conciencia mi obra y no he encontrado más aves que el pajarillo cada vez más mustio que me cuelga entre las piernas al que en alguno de mis poemas sí hago más de un homenaje evocador por las bravas hazañas de su juventud. Tierna criatura. Veremos cómo salimos mañana de ésta.

Así es Juanito, directo, sin circunloquios, como si estuviera escribiendo poesía.

Al día siguiente tendríamos una sesión con ponencias sesudas de cinco folios y un recital ante el público.

De todos los que estábamos allí, el único que tenía aspecto de poeta era Mestre que vestía con un pantalón blanco de pernera estrecha y alta, tipo pesquero, una guayabera blanca como la que se puso García Márquez cuando fue a recoger el premio Nóbel, con los dos botones de arriba desabrochados, zapatos blancos recién lustrados y unos calcetines de color púrpura que, por la cortedad de las perneras del pantalón, quedaban al descubierto. Desde lejos cualquiera habría adivinado que, tras un tipo como aquel sólo se podía esconder un poeta. La gente corriente no suele ser tan atildada.

—Qué calcetines más llamativos, parecen de purpurado —le comentó Luis Felipe.
—Lo son. Los descubrí en una tienda romana que suministra en exclusiva atuendo a los cardenales y me compré unas cuantas docenas para que no me falten. Son de cardenal.
—Vas para Papa —le dijo Luis Felipe.
—Papa de la iglesia berciana, que algún año de estos montará un cisma a la del Vaticano. Si tenemos aguardiente berciano, cerezas bercianas, pimientos bercianos, ¿Por qué no vamos a tener Papa berciano? En estos tiempos lo local tiene mucho predicamento —reconoció Mestre.
—No te olvides que estamos en Cataluña, donde tenemos fama de miramos el ombligo. Aquí no circula la retranca berciana y podrían tomarse en serio lo del papa. Por cierto, los calcetines te dan aire de flamenco —le dijo Juanito.
—Esas zancudas son los únicos animales que hacen poesía con las patas; ¿os habéis percatado que caminan como bailarinas rusas o como si estuvieran escribiendo poemas indagatorios? —dijo Mestre. —Y tú, ¿qué has escrito sobre pájaros? —le pregunté a Mestre intrigado. Mestre, a veces, acaso por contagio geográfico, responde con la ambigüedad propia de los gallegos.
—¿En sentido estricto o en sentido figurado?
—En sentido estricto.
—Los poetas trabajamos con metáforas. En mi obra están presentes los bosques y los ríos en los que transcurrió mi infancia; y hay que dar por supuesto que los bosques, cualquier bosque, está poblado de pájaros. Pero, además, en mi obra abundan los guiños hacia los ángeles. ¿Y qué son los ángeles y los querubines y los serafines, sino criaturas aladas? Supongo que hemos sido convocados no para dar respuestas propias de un naturalista. Somos poetas, ni más ni menos que poetas contaminados por sueños arborescentes, poetas que nos hacemos preguntas. Y nuestra herramienta primordial es la metáfora.
Jolín con Mestre.
—Por supuesto; además tú eres la viva encarnación de la metáfora —le dije a Mestre que, ataviado con aquellas ropas blancas e impolutas me recordaba una foto juvenil del poeta alicantino Juan Gil Albert, que iba siempre hecho un pincel. Y se lo dije.
—Sí, pero Gil Albert, llevaba calcetines blancos.

En ese momento entró en el vestíbulo Ramón García Mateos, poeta de anchos vuelos versiculares como el águila, acompañado de Ana Raval, su secretaria, una chica espigada con la mirada vivaz de un colibrí; con ellos venía también un poeta mayor, que no viejo, a pesar de los años, con el aspecto venerable de un búho. Supe poco después que se trataba del poeta catalán Gerard Vergés, que también formaba parte del elenco y cuya obra completa había estudiado y traducido Ramón al castellano. Vergés, farmacéutico de profesión, estaba allí no sólo como poeta, también como fino observador del Delta del Ebro, donde vive, una de esas zonas en las que se asientan grandes bandadas de aves migratorias.

Tras los saludos y presentaciones de rigor, dijo Ramón:
—Bueno, en marcha que estamos todos.
—En ese caso, ¡viva la república pajarera! —exclamó Juan López-Carrillo.

Salimos del hotel y caminamos durante unos minutos por la calles animadas de Cambrils. Me gusta el Mediterráneo por ese desenfado que muestra la gente en las calles, la ligereza de la ropa en las muchachas y por las terrazas concurridas donde el personal se despide del día conversando de manera desenfadada frente a un plato de olivas y una cerveza. Aunque en otras tierras también se haga, me parece que estas escenas son genuinas del Mediterráneo.

El comedor del restaurante donde teníamos reservada mesa era largo y estrecho con las paredes de piedra sillar al desnudo. Es posible que en otro tiempo hubiera sido un almacén de granos o de aperos de pesca, aunque el mar quedara bastante lejos. Nos acomodamos en el rincón del fondo, en una mesa amplia, iluminada por una luz levemente tamizada de azul por los apliques de cristal.

Los poetas parecemos místicos porque hemos soportado hambrunas históricas pero, puestos a comer, tenemos tanto saque como los cavadores de zanjas; todos menos Mestre, tan jilguero también en la mesa. Así que nos aplicamos con dedicación plena sobre los cogollitos de lechuga navarra partidos por cuatro coronados por anchoas de La Escala y rociados con un chorrito de alioli, también sobre los pimientos rellenos de espinacas y gambas, sobre los chipirones en su tinta, sobre los carpaccios de bacalao y salmón y sobre el amplio surtido de quesos. Lástima que no pudiéramos compartir todos estos manjares con nuestro colega Gustavo Adolfo, el de las oscuras golondrinas, tan famélico. Lo regamos todo con un tinto del Priorato. No las llevé por cuenta pero creo que vaciamos cuatro o cinco botellas. Acaso por ello nos pusimos tan parlanchines. Mientras cenábamos la conversación brujuleó de acá para allá, pero centrada casi siempre en asuntos de poca monta.

 A Luis Felipe Alegre se le dibujaba un leve sonrisa en su rostro enigmático de ruiseñor. Yo no sé cómo, pero lo cierto es que, en la sobremesa, mientras libábamos a sorbos espaciados de las copas de aguardiente con los ojos iluminados por el brillo, la conversación fue virando hacia los gestos poéticos de la vida relacionados con la ornitología.

Después de una buena cena, los poetas, acostumbrados a convivir con el silencio, tendemos a la nostalgia.

Al hilo de la convocatoria que nos había llevado hasta allí, el sabio Gerard Vergés comenzó a relatar, como si estuviera divagando:
—Hay un cierto paralelismo entre los pájaros y las órdenes mendicantes.
—Pájaros son todos —dijo Juan.
—No, no voy por ahí, tampoco lo digo porque los pájaros mendiguen, ya se sabe que las aves viven de rapiñar lo que pueden, aunque de manera injusta sólo se llame así, aves de rapiña, a las grandes: águilas, quebrantahuesos o buitres; como si los gorriones o los tordos no fueran, en su escala, aves de rapiña. El paralelismo les viene por el color de los ropajes de los frailes con las plumas y por ciertos hábitos; por ejemplo, el pardal o gorrión, encontraría su paralelismo en los frailes franciscanos; los cistercienses, en el mirlo blanco, si es que existe, que vaya usted a saber; los jerónimos, en el petirrojo; los trapenses, en la picaza blanquinegra; y a los benedictinos, que son frailes sabios, estrechamente relacionados con bibliotecas y con la regla de San Benito, yo les equiparo con los cuervos y las cornejas, considerados también los pájaros más sabios.

Caramba con Vergés; estábamos tan anonadados que, aprovechando nuestro silencio, continuó:

—Se dice que, en Besalú, un pueblo histórico de Girona, en el medievo, una corneja debidamente amaestrada asistió como testigo a un juicio de faltas por desacato a la autoridad y testificó ante el juez tras jurar decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Estos pájaros son muy suyos. Su testimonio resultó decisivo para esclarecer los hechos y condenar al culpable, que, al parecer, era un judío.
—Pobres judíos ¬—dijo Mestre—, en España, históricamente, todas las culpas han caído sobre ellos. Incluso después de su expulsión.
 —¿En qué lengua hablaba la corneja? —preguntó Luis Felipe.
—En catalán —dijo Verges con aplomo—; las cornejas adoptan la lengua de los payeses que viven cerca.

Luego Luis Felipe Alegre, acaso contagiado por el paralelismo entre los frailes y los pájaros de Vergés, nos contó la vida curiosa de San Virila; ninguno de nosotros había oído hablar nunca de este prior del convento de Leire, en Navarra. —Porque no habéis leído las cantigas de Alfondo X El Sabio. O acaso las tengáis olvidadas. En ellas se nos dice que el prior Virila salió una mañana a la huerta del convento; como cantaba por allí un ruiseñor, el fraile se quedó tan fascinado escuchando su canto que entró en un estado de éxtasis semejante al de la vida eterna. Cuando despertó San Virila pensaba que habrían transcurrido diez o doce minutos de felicidad plena, aunque le extrañó, cuando volvía de regreso al convento, el estado de abandono de la huerta donde habían crecido los hierbajos y matojos. Pero más extraño le resultó que, al entrar en el convento, el fraile portero le preguntara quién era. Virila dijo que quién iba a ser, sino el prior. Pero el fraile le aclaró que no, que allí el prior era otro. Virila, confuso por la respuesta, trató de amansar su ánimo porque sabía que el único prior era él. Acudieron luego otros frailes a enmendar el entuerto y todo se aclaró en medio del pequeño desconcierto, cuando llegó un fraile letrado que había leído que hacía por lo menos trescientos años, un prior llamado Virila, ascendió por los aires hacia la vida eterna, embrujado por el canto de un ruiseñor.

—No está mal, dijo Ramón, pero San Frutos Pajarero tampoco se queda manco en cuestión de milagros. Hizo muchos y casi todos relacionados con los pájaros. Les hacía cantar en coro pasajes de El Cantar de los Cantares. Este anacoreta ha sido considerado, con San Francisco de Asís, el primer santo ecologista español. La imaginación medieval era muy caudalosa y ahí le veréis al bueno de San Frutos con el rostro barbado, domesticando buitres, amansando águilas o elevado en el aire desde el cauce del río Duratón una vez que, al vadearlo, cayó desvanecido y los propios pájaros, para evitar que, con la crecida, pudiera morir ahogado, lo cogieron de la túnica y lo llevaron en volandas hasta el oratorio que le servía de cobijo.

—Como era anacoreta, pesaría poco —dijo Juanito. No sé si habrían podido los pájaros con un tipo como yo, que supero los cien kilos. Pero hablando de pájaros, siempre me acuerdo de mi padre que, como buen campesino andaluz, sabía muchos refranes ornitológicos: «Patita colorada tiene la perdiz, y el macho la responde: cuchichí, cuchichí». O «si quieres saber cuando es abril, la golondrina te lo vendrá a decir» o: «marzo, la perdiz hace gornacho, abril, el nido la perdiz, en mayo búscalo con cuidado, en junio, pollitos por el mundo».

Tras aquel florilegio de refranes y letrillas dichas por Juanito, nos dio por desentrañar el significado de la palabra gornacho, que no conocíamos, posiblemente un anacronismo; especulamos de acá para allá, sin llegar a una conclusión definitiva. Es lo que pasa con las palabras que han caído en desuso.

—Os voy a proponer —dijo de pronto Luis Felipe— un pequeño trabalenguas ornitológico, antes de que el vino comience a hacer su efecto: «El gorrión le dijo a la picaza: qué señora tan rabilongaza. La picaza le dijo al gorrión: qué señor tan rabilongón».

 Parece fácil, pero sólo el maestro Vergés, acostumbrado al trato de la endiablada nomenclatura científica, Ana Raval y Mestre pasaron la prueba sin heridas; Ramón, Juanito y yo quedamos embarrancados en la travesía laberíntica.

—Bastante difícil —dijo Ramón, experto en romances tradicionales— resulta también ese fragmento del romance de los milagros de San Antonio que supongo que todos conocéis y del que mañana haré una glosa erudita. Creo que nunca he conseguido decirlo de corrido: Salgan cigüeñas con orden, águilas, grullas y garzas, gavilanes, avutardas, lechuzas, mochuelos, grajas. Salgan las urracas, tórtolas, perdices, palomas, gorriones y las codornices. Salga el cuco y el milano, burlapastor y andarríos, canarios y ruiseñores, tordos, alondras y mirlos. Salgan verderones y las carderinas y las cogujadas y las golondrinas.

Al acabar la recitación, Ramón tomó aliento, como si hubiera hecho un gran esfuerzo.
—Qué buena memoria y menudo poderío el de San Antonio. Podría haber montado un circo; los tenía domesticados —comentó Juanito.
 —Es que los santos de aquella época eran leves y alados —comentó Ramón.
—Sobre todo eran santos cabales; ahora hacen santo a cualquiera —dijo Vergés.
—A más de un pajarraco —dijo Ramón.

Nos echamos a reír de la taimada ocurrencia de Ramón. Entonces, para salir de los laberintos de los trabalenguas y de los pajarracos elevados a los altares, yo conté cómo mis padres, siendo novios y viviendo en pueblos alejados, en una época en la que el teléfono era un artículo de lujo, habían mantenido un noviazgo muy intenso gracias a una paloma mensajera amaestrada por mi padre que cada día le llevaba un mensaje escrito a mi madre en un papelito doblado y sujeto a la pata. Mi madre, que trabajaba cosiendo, esperaba con ansiedad el momento en el que la paloma se posaba en el alféizar de la ventana del cuarto, recogía el mensaje, lo leía y escribía otro de respuesta mientras la paloma comía unas migas de pan que mi madre ponía sobre un plato para compensarla de sus esfuerzos. A veces, los mensajes eran tan breves como«te quiero», «sólo pienso en ti», «me muero por verte», esas frases un poco cursis que se dicen los novios pero que sirven para mantener viva la llama del amor. En ocasiones, sobre todo si mi padre disponía de tiempo, le contaba acontecimientos o simples sucedidos escritos con letra menuda. Otras veces se servía de la paloma para citarse el domingo en un lugar concreto. Mi padre iba a ver a mi madre en bicicleta. Aquella relación tan peculiar se había convertido en la comidilla de las gentes de ambos pueblos que veían volar la paloma infatigable de un pueblo a otro. De tal manera se habían acostumbrado a los mensajes que, cuando la paloma fue abatida por un cazador que durante un tiempo había pretendido a mi madre, un tipo mostrenco y resentido, decidieron que ese era el momento de casarse. Y se casaron y vivieron felices como en final de los cuentos. Un amor sostenido por el vuelo de un pájaro. Yo soy fruto de aquel amor. Lo cierto es que cuando mi padre murió, muchos años más tarde, mi madre habría dado media vida por tener juntos todos aquellos mensajes que él le envió durante los tres años que duró el noviazgo. Supongo que le habrían servido de consuelo en sus muchas horas de soledad. A veces he pensado que sobre esa historia se podría escribir un libro.

—La historia que acabas de contar —dijo Ramón—, aunque no tenga nada que ver, me ha recordado a la del romance del prisionero que todos conocemos: «Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor, sino yo, triste y cuitado, que yazgo en esta prisión, que ni sé cuándo es de día, ni cuándo las noches son, sino por una avecica que me cantaba al albor. Matómela un ballestero, dele Dios mal galardón.» Daros cuenta que son dieciséis versos, acaso los más intensos del romancero. No se puede decir más con menos palabras. Hay una emoción flotando en el ambiente. Una cosa en la que hasta hace poco nunca había reparado y que se adivina tras los versos de este romance, es que el prisionero está enamorado y el canto del ruiseñor le sirve para recordarle a su amada.
—Sí —aceptó Juanito—, pero eso hay que imaginárselo, en el romance no pone nada.
—Por supuesto, pero todos sabemos que la buena poesía es una palanca que debe tener su punto de misterio para activar la imaginación. Dicho de otro modo: la insinuación. Y el romance del prisionero insinúa mucho —respondió Ramón.

—A mí —dijo Mestre—, hablando de pájaros, para eso estamos aquí, lo que me despertaba la imaginación en el otoño romano, el año que estuve becado en la Academia de Roma, eran esas bandadas de estorninos volando al atardecer. Yo no se si las habéis visto en alguna ocasión. Son espectaculares, producen una sensación irreal, mágica. Miles y miles de estorninos formando bandadas rectangulares o cuadradas, como si la mano invisible de un ángel agitara una túnica negra que se fuera moviendo con la misma ligereza que se mueve una cometa gigante, como si estuvieran tremolando una bandera sobre las cúpulas y los pinos de Roma. Esa imagen de los pájaros ligada al otoño me persigue. Los estorninos parecen enloquecidos y dichosos, con su estrépito radiante, como si quisieran hacer ante los ciudadanos de Roma una demostración de vuelos sincronizados, pero no a la manera de los aviones militares con motivo de los desfiles, sino como esos niños que salen agitados y enloquecidos a jugar durante el recreo. Ni en Villafranca del Bierzo, ni en Barcelona donde estudié, ni en Santiago de Chile donde viví unos años, ni luego en Madrid he visto algo semejante. Aquellos vuelos resultaban grandiosos, inolvidables, aunque a un compañero le producía cierto desasosiego, como si viera en ellos la premonición de una catástrofe. Supongo que esa visión negativa de mi compañero sería influencia de Hitchcock, por aquella película, Los pájaros, en la que las grandes bandadas de cuervos se convierten en una pesadilla para los espectadores.

Todos nos quedamos en silencio, como si todavía estuviéramos viendo esas bandadas de estorninos que Mestre nos había dibujado en el aire, sobre los restos de la mesa.

—Antes —rompió el silencio Gerard Vergés— nos dijo Juanito un refrán castellano sobre las golondrinas, pájaros cuyo vuelo, acompañado de un chirrido, es la viva representación de la alegría, como los estorninos romanos de los que acaba de hablar Mestre. Lo cierto es que en ese momento he recordado que cuando éramos niños había una creencia muy extendida sobre este animal. Como se creía que las golondrinas habían quitado las espinas de la corona de Cristo en la cruz, estaba consideradas pájaros sagrados. Por eso teníamos mucho cuidado cuando íbamos a matar pájaros, a veces éramos así de salvajes los chicos de mi época. Si por descuido matabas una golondrina tenías que enterrarla, pero no a enterrarla de cualquier manera, como castigo, tenías que hacer el hoyo con la boca y enterrarla luego con la lengua. Ya veis qué cosas creíamos los niños de entonces.

Algunos de los clientes que ocupaban las mesas del comedor ya se habían marchado; de cuando en cuando, el camarero que nos había servido, pasaba con discreción a nuestro lado por si necesitábamos algo. Pero lo cierto es que estábamos felices pasándonos la palabra, como nimbados por un estado de placidez y de calma, despreocupados del mundo, contando y escuchando aquellas historias de pájaros que surgían de manera distendida y espontánea, sin afán de protagonismo por parte de nadie.

—En Zaragoza —rompió el silencio Luis Felipe Alegre— pasó los últimos años de su vida un poeta manchego poco conocido llamado Antonio FernándezMolina. Además de poeta surrealista era pintor. Un tipo desconcertante que había ejercido mil oficios distintos para ganarse la vida. Tenía esas manías propias de los tipos geniales. Visto de pronto, parecía un anciano venerable; a veces se ponía pajarita y ese detalle en el cuello le daba un toque de elegancia y de excentricidad; a menudo, sobre todo los fines de semana, se movía por Zaragoza visitando exposiciones acompañado de algunos de sus nietos que lo adoraban. Pero una de las rarezas que hicieron célebre y odiado a Fernández-Molina en Zaragoza era su afán por liberar pájaros de las jaulas. No podía remediarlo. Veía un pájaro cautivo, le daba igual que fuera un periquito o un loro y, de manera irremediable, a poco que el dueño se descuidara, abría la puerta de la jaula, cogía el pájaro y lo echaba a volar. También lo hizo en algunas casas a las que entraba como invitado. Una vez terminó con un ojo amoratado; otra, en la comisaría. A veces le señalaban con el dedo porque, pese a su aspecto de poeta atildado, se comportaba como un adolescente temerario sin reparar en las consecuencias. Siempre obedecía a ese impulso irreprimible. Cuando se habla de gestos poéticos, yo creo que este gesto liberador redime y salva a un poeta.
—Oficio con mucho riesgo —comentó Ramón.
—Sobre todo si se lleva a sus últimas consecuencias —dijo Juanito.

—Bueno —dijo Mestre—, al hilo de esta historia de Fernández Molina que acaba de contar Luis Felipe, me ha venido a la cabeza la historia de otro poeta extravagante al que todos conocemos, se trata de Vicente Huidobro.
—El creacionista —saltó rápidamente Luis Felipe.
—En efecto, creacionista y uno de los más grandes poetas chilenos. Yo no sé por qué Chile, un país tan pequeño, ha dado tan grandes poetas al mundo. Huidobro fue uno de los impulsores de las vanguardias poéticas del siglo XX. Uno de sus versos más felices dice: «La violondrina y el goloncello». Dijo también, mejor dicho, proclamó que no hay amores ilegítimos. Se peleó mucho con Neruda, aborrecía esa visión tan acaramelada de la poesía que tenía Neruda, pero esa es otra historia. La que yo quiero contar aquí esta noche guarda relación con los pájaros, por supuesto. Pero antes, para situar bien la historia, debo decir que Huidobro era muy rico de familia, esa riqueza que permite hacer extravagancias. Porque ciertas extravagancias requieren una buena dotación dineraria. Los poetas pobres estamos obligados a medir el grado de nuestras extravagancias. La primera vez que Huidobro vino a Europa trajo con él a su mujer y a sus hijos. Atravesaron el Atlántico en un barco. Sus hijos eran pequeños y estaban acostumbrados a tomar la leche de una vaca que vamos a llamar Jacinta. Para algo tenemos los poetas la potestad de bautizar. Y Jacinta cruzó el Atlántico, ahí donde la ven, porque los hijos de Huidobro, con un paladar tan refinado, habrían aborrecido la leche de otra vaca. Y con Jacinta, cómo no, vino también el encargado de ordeñarla. Con este detalle podéis haceros una idea de cómo las montaba Vicente Hidobro. Lo digo para poneros en antecedentes sobre un tipo que se reconocía extravagante, un tipo que dejó escrito: «Si yo no hago al menos una locura por año, me volvería loco». De modo que Huidobro nos dejó una biografía salpicada de locuras, de gestos poéticos. Una de esas locuras, y acaso de las más sobresalientes, la hizo en España. Un día, estando en Mallorca invitado en la casa de campo de un amigo, se quedó maravillado al escuchar de madrugada el canto de un pájaro. Sus oídos no podían dar crédito ante tanta belleza. Durante el desayuno preguntó a su amigo por el pájaro. Se trata de un ruiseñor, le dijo el amigo. Y le explicó que el ruiseñor es un pájaro muy esquivo que apenas se deja ver; hace su nido en las frondas más ocultas del bosque, pero su canto, es un canto de amor que deja suspendido en el aire un afán de galanteo y de cortejo. Le explicó también que el ruiseñor hiberna en África y que, cuando llega el buen tiempo, sube a Europa. Su llegada anuncia la primavera, como las golondrinas. Huidobro no había escuchado nunca el canto de este pájaro en América. Luego, un naturalista, amigo de su amigo, le informó que no, que en efecto, el ruiseñor, un pájaro insectívoro, vivía en Europa y en Asia, pero no se había rastreado su existencia en América. A estas alturas ya conocéis lo suficiente a Huidobro como para imaginar que está tramando un plan que remedie esta carencia. Su plan consiste en aclimatar el ruiseñor en América. Para ello, dado que su viaje de regreso a Chile está próximo, decide llevarse en el barco, supongo que en el mismo barco que vino Jacinta, aunque no lo puedo asegurar, porque hizo varias travesías a lo largo de su vida, pues bien, decide llevarse el mayor número de ruiseñores posible. El capataz de la finca viaja por toda la isla y ofrece en cada pueblo, en cada caserío, una buena recompensa por cada ruiseñor cazado vivo. Reclamos, ligas, redes. Imaginaros a los payeses de Mallorca levantándose de madrugada para tratar de cumplir su cometido valiéndose de las más variadas tretas. Supongo que finalmente Mallorca se quedaría sin ruiseñores. Porque sabemos, es un dato fidedigno que se puede rastrear en cualquier biografía de Huidobro, que embarcó seiscientos ruiseñores, cada uno en su jaula. Hay que imaginar a los pasajeros del barco enloquecidos no tanto por el canto de los ruiseñores, sino enloquecidos para tratar de alimentar aquella colonia pajareril que, por estar cautiva, sólo comía moscas como único sustituto de los insectos. Menos mal, supongo que lo sabéis, que la mosca, que vive entre ocho y diez días, pone dos mil huevos. Y otro tanto sucede con los insectos. ¿Os imagináis a los pasajeros cazando moscas con desesperación para evitar la catástrofe? Pese a todo, la catástrofe se produjo. Era inevitable. La travesía del Atlántico camino de Chile es un viaje en diagonal del hemisferio norte al hemisferio sur atravesando el Ecuador, pero hay que descender mucho para llegar al Estrecho de Magallanes, en Tierra de Fuego. Y allí, en aquellas tierras patagónicas, frías como carámbanos, ni las moscas ni los insectos se aclimatan. Y si no se aclimatan las moscas ni los insectos, tampoco pudieron aclimatarse los ruiseñores. ¡Pobres ruiseñores! Aunque, como gesto poético, hay que reconocer que Huidobro es un poeta muy, pero que muy iluminado.

Nos quedamos perplejos con el relato de Mestre como si, en vez de estar sentados alrededor de una mesa, nos encontráramos sobrevolándola, suspendidos como pájaros, poseídos por una dicha etérea que nos había arrastrado a la ingravidez.

A todo esto el camarero frecuentaba nuestro rincón con cierta insistencia insidiosa, como si quisiera dejar constancia de que ya estaba bien de tanta tertulia. O es que no quedaba suficientemente claro que los únicos que seguíamos allí éramos nosotros, aquel grupo de cacatúas parlanchinas. Sólo Ana Raval, la joven secretaria de Ramón con ojos de colibrí, se había mantenido atenta, pero en un discreto segundo lugar, sin intervenir apenas, como si la impusiéramos cierto respeto todos aquellos poetas ornitólogos, tan dicharacheros.

—Bueno —dijo Ramón—, quizá deberíamos pensar en levantarnos.

Lo hicimos con desgana. Camino del hotel volvimos de nuevo a las conversaciones de circunstancias. Le preguntamos a Ana el horario de actos previsto para el día siguiente y el tipo de gente que nos vendría a escuchar. Pero para entonces ya se había roto esa magia que nos había mantenido unidos en torno a la mesa. Y yo iba pensando en las intervenciones que nos aguardaban, posiblemente un poco solemnes, como acostumbramos. También pensé en el recital. Teníamos la obligación moral de no dejar al público indiferente. Para eso nos habían invitado. Pero el envaramiento de los poetas, ese pecado que tanto nos cuesta sacudirnos de encima... Y dudaba, temiéndome lo peor. Lo bonito, me decía, sería trasladar al recital el espíritu de la sobremesa con todas aquellas historias espontáneas que habían ido surgiendo entre copa y copa. Trasladar aquel espíritu desenfadado hasta conseguir que también el público   sobrevolara. Y, por qué no, trasladarlo también a la mesa redonda del día siguiente. Con el mismo desenfado. Lejos de ese aire enfático y petulante en el que solemos caer ante el público. Por desgracia, al día siguiente no estuvimos a la altura de aquellos propósitos. Y es que, está visto que la magia poética de una sobremesa es un pájaro muy, pero que muy escurridizo. Aparte, claro, de que el vino, en su justa dosis, obra pequeños milagros.




ADENDA

A veces García Mateos nos convoca a literatos y juglares para participar en algún tipo de encuentro: un congreso, unas jornadas, un festival, un seminario... En Cambrils... 

Claudia De Santos, Ignacio Sanz, Ramón García Mateos, Juan Carlos Mestre, Miguel Javaloy, Pepe Pedrosa, Ana Rabal, Alvaro Garcia Martorell, Hortènsia Grau, Luis Felipe Alegre, Juan López-Carrillo, Ramón Oteo, Dionisio Pérez y Antonio Carvajal.

 Juan López-Carrillo, Luis Felipe Alegre, Alvaro Garcia Martorell, Ignacio Sanz, Claudia De Santos, Ramón García Mateos, Hortènsia Grau, Carlos Grassa Toro, Ana Rabal, Juan Carlos Mestre, Pepe Jiménez y Ramón Oteo