1 de septiembre de 2013

Poesía de Aransay en El Baúl de Melquiades



No midas la razón, deja a la mano
que como un duende juegue con la idea.
Dentro de cada cuadro nace el hombre.
Tierra eternal, su tiempo llega y pasa. 
 
(Del poema “Aransay” de Miguel Luesma Castán)

Una nueva editorial asoma en la ciudad al amparo de la Librería El Baúl de Melquiades. Tiene la vocación de sacar a la luz libros poco convencionales, raros. Su nombre evoca a Macondo. 

Cada ciudad tiene escondido su Macondo y algún baúl de Melquiades, aquí está en El Gancho.
 

No pretende competir en ventas, quiere preservar originales con valores al margen; ediciones de pequeñas tiradas que, en principio, solo se venden en la propia librería, sita en el 16 de la calle Las Armas, calle de resonancias épicas  y literarias  (Gabriel García-Badell: De La Armas a Montemolín).
Para empezar, este Baúl de Melquiades ha recuperado los poemas escritos por el pintor Ángel Aransay alrededor de 1980 y que habían sido confiados a uno de sus  amigos de la noche zaragozana, el  bibliófilo Santiago Gómez Laguna.


El galgo pensativo






Es uno de los personajes del grabado de Durero Melancolía I.  Aransay conoce bien las interpretaciones de los símbolos dibujados: los instrumentos del hombre para la  construcción,  medición y cálculo;  Natura desplegando un arco iris lunar; el ángel grande y el angelito; las geometrías, claras como la esfera o confusas, como el poliedro y el espectro que refleja; el cuadro mágico que suma 34 en  cualquier sentido… símbolos que reflejan las graves cavilaciones filosóficas de Alberto Durero, renacentista trascendente.

Aransay medita sobre el tema, fija su atención en el galgo acurrucado y ve algo que nosotros no vemos: su reflejo en la esfera. Ahí empieza el poeta su andadura. Más allá de la maestría en la métrica, el poeta es un descubridor que revela sus visiones.

Melancolía (Durero)

El galgo pensativo se refleja en la esfera
bajo un poliedro herido por un rayo fugaz,
una mágica suma se despliega en el ábaco
y el murciélago chilla su aviso vespertino.

Entre los pliegues rígidos y las plumas tersas
se abre el compás centrando una mirada ansiosa:
ante tantas preguntas que impone la certeza
el genio coronado consulta a una estrella.

Flota en el ambiente la desolación serena
de conocer la verdad sin aspirar a premio,
sin falsas ilusiones que alteren la pupila
del galgo pensativo reflejado en la esfera.

Goya, Caravaggio, Veronese, Venecia… son otros pintores, otras arquitecturas, que pueblan la primera parte del poemario. Son las Estampas.

Siguen las Improntas, que comienzan con una reflexión de inspiración lopesca sobre la técnica del verso clásico.

Unir palabras surcadas por el viento,
engarzar ideales entre rimas,
arriesgar, evitando aquellas simas
donde silba infeliz un torpe aliento.

Guiado por el golpe del acento
para acertar la música que estimas,
pesas palabras, los finales limas
y dotas a la voz de movimiento.

Pulsen tus dedos teclas en la máquina
o anotes feroz  fragmentos inspirados
en un trozo de papel a la ventura,
poco a poco cuajando va la página,
los fragmentos primeros hilvanados,
su limpia perfección de arquitectura.

Borracho de engastar los versos en silvas y sonetos, el poeta siente que le falta el aliento de la Idea y reflexiona de nuevo, cual Cervantes quejoso con las musas carentes de piedad.



Medido sin esfuerzo me saliera
cada verso, y las rimas con soltura,
los acentos colocara en la postura
que al oído grato son le dieran.

Quedaría el modo de encontrar manera
de sacar de mi mente seca y dura
el modo de crear cada figura
nueva y global, tallada en la cantera.

Pues si de nada sirven vestiduras
de ricas sedas ni de joyas caras
cuando adornan a monas volanderas,
menos valdrían metáforas, figuras,
ágiles versos con sus rimas raras,
si de nobles ideas carecieras.

En 1980, tiempo en que Ángel Aransay escribía estos versos, sucedió en Zaragoza un terremoto poético protagonizado por uno de sus amigos literatos, Ángel Guinda. Fuentes de Vida Ávida fluyeron aguas de Ángel a Ángel. El siguiente poema se inspira en uno de Guinda, “Te seguiré queriendo”, que empezaba: “Cuando pasen los aviones por el cielo azul / te seguiré queriendo.”

Si…

(A Ángel Guinda)

Cuando se atreva el hombre, cuando se atreva,
el varón será más tierno, la mujer más segura,
los niños serán prudentes, la vejez inocente,
cuando se atreva el hombre, cuando se atreva,
las pieles serán más tensas, los músculos más suaves,
las pasiones más puras, los amores ardientes,
cuando se atreva el hombre, cuando se atreva,
los bronces serán sonoros, los versos cristalinos,
los colores más rítmicos, polícromos los cantos,
cuando se atreva el hombre, cuando se atreva,
la justicia más dulce, los premios más cabales,
y el mundo será más pleno, la alegría más grande
cuando el hombre se atreva, cuando el hombre…

Porches al sol, 1984
La ciudad, la noche y el amor son escenario donde triunfa la soledad, peaje del vivir independiente.

Soledad, si no hacemos otra cosa
que ignorar lo posible tu presencia
será por no aceptar que eres la esencia
de nuestra interna materia dolorosa.

Aunque la gente se enlace temerosa
a lazos varios, bastará la ausencia
de un nudo para ver con evidencia
el vacío que te hace poderosa.

En vez de luchar tan vanamente
por alejar tu sombra implacable
del oculto rincón de nuestra mente,
mejor será tenerte como amable
compañera de lealtad presente,
arma de libertad inexpugnable.


 
Cuadro de Aransay en el escenario de La Campana de los Perdidos. Zaragoza


Aransay acaba de cumplir 70 años. Sus pinturas han acompañado nuestra juventud y la de quienes nos siguen, haciéndonos mirar manos, rostros y escenas que nos subyugan no sabiendo el porqué. Como la poesía.

La editora, Elena Áurea, y Aransay durante su exposición en La Lonja, 2012

1 comentario:

MGil dijo...

Nunca imaginé que Aransay tuviera también mano para la poesía. Gracias por el descubrimiento.