4 de agosto de 2012

A propósito de la austeridad, por José Bada

El Periódico de Aragón publicaba ayer este brillante artículo del filósofo aragonés José Bada sobre los tiempos que vivimos.

José Bada. Foto tomada de SEIPAZ

A propósito de la austeridad


La crisis económica no es toda la crisis, ni se resuelve solo con medidas económicas. Hay bienes imponderables que no produce la economía real ni se venden en el mercado. Valores sin valor de cambio que no tienen precio, imponderables y sin embargo imprescindibles para la convivencia humana en general y para resolver incluso la parte económica de la crisis. Solo el necio --o los necios, cuyo número es infinito, como dice la Biblia-- confunde valor y precio, como dijo Machado. Sacrificar esos valores en el altar de esa nueva religión, la del dinero, es un mal negocio que acaba con todo sin resolver nada.
Claro que primero hay que vivir, y la urgencia del plato de lentejas ciega al que tiene hambre. Se comprende. Pero lo que más ciega no es el hambre que puede satisfacerse, la de los pobres, sino la insaciable avaricia de los ricos. Si el hambre ciega, también espabila. Y se puede ser pobre pero honrado, faltaría más. Mientras que la avaricia mata y enloquece. Somos animales políticos y como tales deberíamos preguntarnos para qué sirve el poder si no es para hacer justicia, vivir en paz y ser felices dentro de un orden.

VIVIMOS EN UN mundo con recursos limitados, donde ni todo es posible ni todo es necesario para ser más felices. Somos animales políticos, todos, pero no todos en igual proporción y ese es el problema: que abunda el número de los necios y los brutos, aunque sean pocos, tienen mucho poder y una avaricia que rompe el saco. Con lo que gastan los ricos de este mundo para morir de mórbida obesidad, se podría satisfacer el hambre de los pobres de todo el mundo. No falta pan, lo que falta es hambre de justicia. Y lo que sobra es avaricia.
Tener dinero es más fácil que ser honestos. La honestidad es el valor más escaso, no porque no podamos ser todos honestos y aumente su escasez con la demanda, sino porque los auténticos valores humanos como la honestidad, la responsabilidad, la solidaridad, la fraternidad, y eso que llamamos conciencia y buena conducta, todo eso, no se produce nunca y menos en cantidades industriales. Propiamente hablando ni siquiera se adquiere ni se tiene, no se compra: se es o no se es, ahí es nada. ¿Educar en valores?
Sea lo que sea eso no es escolarizar, ni adiestrar o simplemente instruir, ni domesticar, ni clasificar o graduar a unos degradando a otros, ni hacer hombres de provecho para la industria: para producir y consumir los bienes y servicios de una economía en expansión sin límites reconocidos hasta que explote. Porque esa es la madre de todas las burbujas. Y educar en valores es dejar ser, ayudar a ser, cuidar el buen clima, mantener el tiempo sereno, vivir bajo un sol de justicia y mostrar los valores que brillan en la noche para todos. Y llamar a las cosas por su nombre. Que no es mejor el que más tiene, ni desarrollo humano el económico, ni excelencia lo que se dice en las aulas.
Todos los analistas saben que en el fondo esta crisis es moral. Y ese es el tema del que habla todo el mundo. Pero el problema económico, el grano que nos duele, no tiene solución económicamente hablando. Ni predicando la austeridad, sino siendo austeros. La austeridad como virtud moral no excluye el placer sino los placeres desordenados y superfluos. Pero no la jovialidad, la afabilidad y la amistad como dice Tomás de Aquino recordando a Aristóteles y llevándonos al huerto de Epicuro. Ese jardín --o huerto, mejor dicho-- no es un espacio para competir sino para convivir. Porque no hace falta más cuando hay bastante. La prédica de la austeridad como renuncia es inmoral cuando solo es eso, cinismo cuando se impone a los pobres y un error de bulto en política económica.

UN MINISTRO de Economía debería saber que austeros lo son ya sin remedio los ciudadanos a quienes les llega el agua al cuello, y ninguno de los ricos que nadan en la abundancia. Y que los recortes, como la poda, han de hacerse en las ramas donde cantan los pájaros: por lo alto, y no en las raíces de la economía real. Por otra parte, recurrir a la moral como remedio es ignorar la racionalidad del sistema económico, la condición humana y la categoría de la ética que es muy señora para servir a la economía. Mientras que los hombres de carne y hueso son demasiado humanos en general para servir a nadie sin ánimo de lucro.
Por tanto solo un milagro puede salvarnos de esta crisis: la excepción de muchos hombres que rompan la regla y el círculo vicioso del sistema, de hombres que sepan valorar porque sí lo que realmente vale por encima de todo: de los fines por encima de los medios y de los valores auténticos por encima de las mercancías. Si no se da el milagro volveremos a las andadas. Y los primeros en volver serán los últimos que se acuerdan solo de la moral cuando la necesitan. Y tonto el último, naturalmente.

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