9 de noviembre de 2011

Un artículo rescatado de Horacio Verdolaga

 Hace unos años, Horacio Verdolaga publicó una serie de interesantes artículos. Hoy rescatamos el que lleva por título


Ruralidad y Progreso

Ya lo había dicho muchas veces. Desde que un amigo se empeñó en llevarme a Cantavieja, la verdad se me rebeló con una claridad cegadora: las carreteras aragonesas son tercermundistas y carecen de cobertura para el móvil. Lo he dicho, repito, en muchos foros internáuticos: las carreteras de esta región son una mierda y, encima, hay pueblos que tienen mal escrito el nombre y circular por Aragón es como estar en medio de una guerra donde los autóctonos cambian las señalizaciones para desorientar al enemigo.
Un día me llamó un compañero del partido y me pidió que asistiera al debate sobre las comunicaciones aragonesas en una emisora de radio que hay en Alagón, pues eran los días del congreso nacional y todos los compañeros estaban en Madrid. Yo acepté encantado porque era de justicia denunciar la poca cobertura de los teléfonos móviles, así como el retraso en la entrega de los paquetes postales por parte de Correos, por no hablar de la lentitud del adsl. Me propuse poner a caldo a todos los responsables y pedir un cambio de parámetros que nos acercara a la excelencia de esos servicios en países como Alemania o Estados Unidos.
Fui a Alagón en mi coche, pues todos los vehículos y choferes del partido estaban en la capital, y me perdí en ese sindiós de desdoblamientos que, so pretexto de evitar accidentes, se habían construido en los años de vacas gordas. De Gallur a Alagón transité por una carretera vulgar llena de curvas, sin bares y sin cobertura para el móvil. ¡Ah, pero en Tauste hice un descubrimiento de pelotas!  Tras cuatro o cinco vueltas a una rotonda para comprobar que ninguna señal indicaba el camino a Alagón, decidí continuar por la carretera que pasaba por el pueblo y que casi me lleva a Ejea de los Caballeros. Al tomar una curva vi una torre altísima, muy vieja pero sólida, al lado de una iglesia. Evidentemente la torre no tenía ninguna finalidad práctica. Yo me dije: ¿qué pasaría si se pusieran las antenas de telefonía en lo alto? Y me respondí que, claro, mejoraría la conexión del móvil, ¡qué digo “del”, de todos los móviles cuyas empresas hubieran puesto antena en la torre! Una docena de antenas cabrían, según calculé.
Alagón. Torre del lugar
Tras dos horas de viaje, conseguí llegar a mi destino. Alagón está muy alejado del progreso y no tiene un aparcamiento subterráneo en el centro, que es lo mínimo que se puede pedir. Cerré el coche y entré en la cafetería que había frente a la emisora. Disponía de casi cinco minutos para relajarme. Cuando pedía el café, vi la foto de una torre parecida a la taustana y pregunté qué torre era esa. La rumana me señaló la ventana y descubrí que ¡también Alagón tenía una torre virgen para la telefonía!  Salí a la calle con mi café en la mano para contemplar la maravilla, acerqué la taza a la boca muy despacio; eché de menos a un fotógrafo que me inmortalizara paladeando el instante en que mi pensamiento daba solución al problema de las comunicaciones… De repente, un bocinazo jotero me sobresaltó cuando empezaba a sorber el café –que estaba ardiendo, aunque me habían puesto el coñac frío- quemándome hasta el esófago, no sin antes caer unas cuantas gotas sobre mi corbata que, para colmo, era blanca.  Solté un juramento y un anciano me explicó que la megafonía del pueblo estaba muy alta para que se escucharan los bandos desde la huerta, especialmente la jota que anuncia el mediodía. Eran, pues, las 12, la hora del debate. Fui corriendo a dejar la corbata en el coche y me encontré con un guardia municipal, libreta en ristre; me acaloré, le expliqué la importancia de mi presencia allí y, de paso, mi idea para rentabilizar la torre. Quedó el hombre impresionado y retiró la multa pidiéndome que aparcara en algún lugar permitido.
Entré en el estudio a las 12.40. Me senté junto al alcalde; en frente estaban un director general del gobierno autónomo, un diputado provincial y un consejero comarcal, a los que no conocía.  Cada uno tenía un mapa de carreteras marcado con círculos, o sea que ellos también se habían perdido.
Todos habían hablado y me tocaba a mí. Por si acaso alguno era de mi partido, opté por un tono más conciliador que reivindicativo. Dejé caer que, aunque las comunicaciones mejoraban poco a poco, era necesario un esfuerzo para coordinar todas las acciones de las distintas administraciones, cosa en la que todos estuvieron de acuerdo. Cuando me pidieron que propusiera medidas concretas, hablé de mi idea de las torres inútiles para mejorar la cobertura de los móviles, haciendo hincapié en sus beneficios  para el mundo rural, especialmente para los campesinos que, además del móvil, mejorarían la recepción de sus transistores en el campo. Quedaron todos con la boca abierta y el locutor balbuceó “pero, las carreteras…”  Y fue lo último que dijo porque otra jota metálica sonó en los altavoces callejeros indicando que era la hora de comer.
Cuando nos despedíamos, observé que a todos los contertulios les faltaba un hervor: ninguno me miró a la cara cuando me daba la mano. Típico gesto de gente acomplejada. Ahora, desde que soy asesor  en el Departamento de Protocolo, procuro no salir de Zaragoza para no contaminarme con la política de aldea. Y, en los días en que funciona el adsl, me dedico a inventariar cada torre de iglesia susceptible de acoger las antenas necesarias para el auténtico progreso. Lo que llevo mal es el estancamiento de mis propuestas en las comisiones de progreso progresivo y de magnificación territorial. Pero para qué abundar en este tema, cuando sabemos que en todos los partidos hay acomplejados y envidiosos de la inteligencia ajena.
Horacio Verdolaga
(Artículo publicado en el blog Vergüenza ajena)

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