20 de octubre de 2011

Félix Romeo

por Luisfelipe Alegre
Qué pena!

La muerte de Félix Romeo Pescador ha conmovido estos días los mundos literarios y del periodismo cultural. En Zaragoza, lo han llorado especialmente sus amigos escritores: Ismael, Daniel, Antón, Luis, José Luis, Aloma, Ignacio, Eva, Javier, Cristina, Miguel...  vaya nuestro abrazo a la familia y a todos sus amigos.

Antes de publicar Dibujos animados, Félix Romeo Pescador ya era un hombre de letras conocido y admirado en Zaragoza. Cuando le conocí, me pareció un jovenzano de barrio que iba para hombre de mundo. Vestía de negro.

Coincidíamos en los trenes y autobuses. Allí dialogábamos. Cuando estábamos en grupo no se puede decir que habláramos, más bien nos gritábamos. Su ideal de la liberté no coincidía con mi pragmatismo y ambos éramos muy vehementes. Tampoco hablábamos cuando coincidíamos detrás de una mesa, presentando un libro. Félix gustaba de provocar el regocijo del auditorio con afirmaciones rotundas que levantaban ampollas, así que convenía estar distante, por si acaso. 

Sin embargo, nunca fuimos enemigos. Al menos en tres ocasiones, Félix nos envió las cámaras de La Mandrágora para dar noticia de nuestro paso por tal o cual lugar. Recuerdo la última, en el Titirimundi segoviano. Poco antes, en los encuentros literarios de Albarracín, nos las habíamos tenido a propósito de la deuda externa de los países africanos. Por eso me extrañó que tuviera la deferencia de reseñarnos; no sé si yo hubiera hecho lo mismo.  

Un día, esperando en Conde Aranda a un 22 que no llegaba nunca, hablamos de  la biografía de Antonio Machado escrita por Gibson. Ello nos llevó a las diferencias entre “verdad” y “verdades”, “razón” y “razones”, “realidad” y “realidades”, esos asuntos que Machado solventaba con Mairena.

El año pasado, por estas fechas, con su compañera Lina y la familia Rodríguez-Gascón, lo tuvimos como espectador de lujo en una función de Rayo, viento y ausencia de Miguel Hernández, donde actuaba su amiga Aloma Rodríguez.

El Mundo publicó este artículo de Daniel Gascón que leemos en el blog de Antón Castro , donde aparecen muchos de los comentarios escritos estos días por los de amigos de Félix.  Así empieza el de Daniel Gascón:

Un mundo sin Félix

Las reacciones al fallecimiento de Félix Romeo (Zaragoza, 1968-Madrid, 2011) demuestran que era un personaje excepcional de la cultura española. Músicos, cineastas, escritores, editores, artistas y la ministra de Cultura han mostrado su pesar por la pérdida de una figura irrepetible y generosa. Es asombroso y emocionante ver cuánta gente tenía una relación especial con Félix Romeo. En un episodio de autismo desalmado, las instituciones aragonesas no enviaron ningún representante al funeral.

Félix Romeo publicó tres libros en vida. 'Dibujos animados' (1994) era una novela fragmentaria y perequiana que retrataba su infancia en el barrio zaragozano de las Fuentes, y que desplegaba una poética poderosa y una forma especial de mirar la niñez. 'Discothèque' (2001) era un relato polifónico que mezclaba la experiencia en la cárcel del autor –condenado por un delito de insumisión- con las alusiones literarias y un humor salvaje, y donde cabían tanto el imaginario del cine y la literatura norteamericana como el iluminado Miguel de Molinos y el futbolista del Real Zaragoza Nayim. 'Amarillo' (2008) era un mensaje a Chusé Izuel, el gran amigo que se había suicidado en Barcelona en 1992, y también el testimonio estremecedor de las heridas y la culpa que habían dejado su acción.

Poco antes de morir de forma totalmente inesperada a causa de un fallo cardiaco, Félix Romeo había entregado a su agente un nuevo libro –'Noche de los enamorados'-, una reflexión sobre el crimen, la justicia y la libertad donde investigaba el caso de su compañero de celda en la prisión de Torrero. Además, escribió miles de artículos, impartió centenares de conferencias, colaboraba en la radio, tradujo del italiano y del portugués, y estuvo durante cinco años al frente del programa 'La Mandrágora' en Televisión Española.

 


Félix
Félix Romeo era la alegría que llegaba en forma de helado, de brindis ruidoso, de canción desentonada pero entusiasta; de caja de bombones, de regaliz o de libro. Siempre era torrencial y vehemente, como cuando defendía la libertad, algo que ha hecho con voluntad férrea en las páginas de HERALDO. Pasaba muchas horas en piscinas, de amigos, públicas y en una pequeña balsa que construyó este verano en la casa que compartía con Lina Vila.
 
A Félix Romeo le gustaban muchas cosas y todas le gustaban mucho. Disfrutaba de la belleza, de las ciudades, de los paseos, de un café solo con hielo en una terraza, de los pistachos, de la risa a carcajadas y del amor en todas sus formas. Le gustaban mucho los diccionarios, ir al cine y las granadas. Señalaba todas las referencias aragonesas que aparecían en los libros que leía, que eran muchos, y tenía el don de hacer sentir especial a cada uno de sus amigos. Era un torpe pero esforzado jugador de waterpolo y un estupendo inventor de chistes.

 
Condensaba muchas vidas en una sola: el tío ideal, el hermano mayor, el hijo adorado, el crítico audaz, el analista político lúcido, el escritor moderno y sorprendente, el polemista con argumentos, el mejor amigo, el cómplice, el que hacía reír, el descubridor de cantantes, escritores, revistas, etc. Era una bisagra siempre engrasada y dispuesta a conectar a un traductor con un editor, o a un escritor con una editorial. Su generosidad no tenía límites. Por eso, nuestro mundo va a ser un poco más pequeño ahora que él ya no está para ensancharlo, para hacernos repensar el mundo y nuestras ideas o para recomendarnos el disco de un cantautor que acababa de escuchar, como Rafael Berrio. 
 
Félix se ha ido cuando las granadas empiezan a estar maduras, cuando el otoño llega para instalarse. Ni siquiera la fuerza del cierzo zaragozano va a poder llevarse la tristeza que invade la ciudad, de la que era un absoluto enamorado y un gran embajador. Félix usaba a menudo una cita de Salman Rushdie, de ‘Pásate de la raya’: «para demostrar que el fundamentalista se equivoca, tenemos que saber primero que se equivoca. Tenemos que estar de acuerdo en qué es lo que importa: besarse en público, los bocadillos de jamón, la divergencia de opiniones, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más justa de los recursos mundiales, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Esas serán nuestras armas». Félix Romeo era un auténtico defensor del placer y de la alegría, y para demostrar que no se equivocaba tenemos que besarnos, bailar, cantar, disfrutar de las cenas con los amigos y ser todo lo felices que podamos. Ese será nuestro homenaje.
 
*Columna publicada el domingo 16 de octubre en el suplemento “Heraldo Domingo” de Heraldo de Aragón.
La foto está tomada en 2008, durante un viaje en tren de Zaragoza a Teruel, y me gusta mucho porque está escribiendo.
 
Aloma Rodríguez

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