25 de junio de 2020

Ignacio Sanz: 'Los poetas ornitológicos'

El poeta  Juan López Carrillo recoge en su blog este relato de Ignacio Sanz, escritor e investigador de las cosas del pueblo.
A un grupo de gente amiga que nos reuníamos en los Encuentros de Cambrils nos convierte Ignacio en personajes del cuento.
Los poetas ornitológicos se encuentra en Las  viudas tenaces (Ediciones Rilke, 2013). Episódicamente aparecen Neruda, Antonio Fernández Molina, Vicente Huidobro, o San Frutos, entre otros. 

 LOS POETAS ORNITOLÓGICOS 

Los poetas vivimos atrapados por nuestras rarezas. La gente rara tiende a lo extravagante. Para empezar, no deja de ser una extravagancia que te dediques a escribir versos. A veces me da vergüenza confesarlo. Pero mayor estravagancia es que llegue a tu casa la invitación para un encuentro de poesía ornitológica en Cataluña. Lo cierto es que de allí vengo. Los catalanes, en la vanguardia siempre.

Además de divulgar este género minoritario, entre los propósitos del encuentro había también un afán por dar una voz de alarma al mundo. Al principio me quedé un poco desconcertado. No te lo acabas de creer. Como si la poesía, a su manera, también pudiera salvar al planeta de tantos descalabros. En verdad, la poesía siempre ha salvado al mundo. Sobre todo en los momentos cruciales. Y no hablo tanto de la poesía convencional, la que hacemos los poetas, a menudo tan engolada, sujeta a todas esas mandangas retóricas de la medida, la rima o las estrofas que nos alejan de la gente de a pie. Lo de salvar al mundo lo digo en un sentido más amplio. Al fin, cada acto de amor, es un acto poético. Esos actos poéticos son los que cada día salvan a este mundo ciego en su avaricia suicida. De modo que todos, hasta los analfabetos, pueden ser poetas excelentes. El hombre que, de repente, empujado por un coraje solidario, se lanza a un río turbulento para salvar la vida de un desconocido arriesgando la suya; aquella viejecita polaca que, sorteando férreos controles y amenazas, salvó de una muerte segura a miles de niños judíos; aquel estudiante chino que, plantándose delante, detuvo durante unos minutos la marcha macabra de los tanques en la plaza de Tiananmen... gestos poéticos que, a su manera, salvan al mundo. En esos gestos late un aliento de audacia y generosidad propio de los iluminados, un aliento que desarma a los poderosos. Quizá ésa sea una palabra clave, la iluminación poética.

Cada día estoy más convencido de que para hacer poesía no es preciso que nos pongamos trascendentes o redichos y mucho menos a medir sílabas; a veces la poesía se esconde detrás de ese conductor que circula de noche por una carretera secundaria y que, de pronto, detiene el coche en la cuneta, se baja, recorre unos metros hacia atrás y ayuda a cruzar la carretera al erizo que ha estado a punto de atropellar; en esos pequeños gestos cotidianos flota un aliento poético. Y también, por qué no, en ese grupo de amigos que se reúnen para charlar en torno a una mesa y cada uno, sin arrebatos ni usuras, va desgranando su historia. Gracias a la poesía entendida en un sentido amplio, la vida resulta más llevadera.

Y esa es, me parece, la misión que deberíamos tener encomendada los poetas convencionales, los que escribimos versos: hacer visibles con nuestra escritura muchos de esos pequeños gestos que de otro modo caen por el derrumbadero de la indiferencia o del olvido.

No sé si me estoy poniendo un poco petulante también yo. Pero, lo cierto es que, a menudo, nosotros, los poetas, vivimos tan encastillados en nuestro ego, tan de espaldas a la realidad, tan absortos en esa imaginaria torre de marfil en la que levantamos nuestro mundo palabreril, que no conseguimos conectar con los anhelos y las preocupaciones de la gente, y entonces, la gente, en justa correspondencia, se toma la revancha y nos desdeña. Y, sin lectores, los poetas andamos erráticos, presos del desconsuelo, aturdidos y desorientados como niños abandonados en un desierto.

Por eso resulta tan gratificante que, de cuando en cuando, alguien se acuerde de nosotros y nos invite a un recital, a una charla, a un encuentro de poesía. Esas invitaciones nos rescatan de la condición de topos solitarios e invisibles. Lo que más me sorprendió de la invitación catalana fue el título: Encuentro de Poesía Ornitológica. Me resultó extraño por más que uno de mis poemas más celebrados esté dedicado a ciertos hábitos crueles del mirlo y por más que en otros poemas míos haya metido, de soslayo, algunas reflexiones sobre las costumbres de las aves migratorias. Me sirvo de esa alegoría para llamar la atención sobre los desplazamientos humanos. Es una manera sibilina de luchar contra la xenofobia. Aunque sospecho que los que se tendrían que enterar, no se enteran. No me los imagino con un libro de poesía en las manos.

La invitación, en concreto, procedía del Ayuntamiento de Cambrils, en Tarragona, y estaba firmada por el concejal de Educación, el poeta Ramón García Mateos, al que años atrás había conocido en Asturias en otro encuentro de poesía. En un principio, la convocatoria podía haber sido tomada por un capricho o por una extravagancia de Ramón, pero no, aquello venía avalado, además, por la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona, por la Generalidad de Cataluña y hasta por la Comisión Europea que, a buen seguro, aportarían una parte sustancial de los fondos necesarios para su desarrollo. La poesía ornitológica era una disculpa, tras ella latía una preocupación por algunos de los problemas que acucian a esta parte de la humanidad como la desertificación, las migraciones masivas o el cambio climático.

No debería sorprenderme que los catalanes nos alojaran en un hotel de cuatro estrellas que estaba muy por encima de mis posibilidades y supongo que muy por encima también de algunos de los convocados, humildes poetas, volatineros de la palabra, sujetos a unos ingresos escasos e irregulares. Es lo que suele ocurrir cuando uno viaja por cuenta de las administraciones públicas, que por unos días te imaginas investido con rango de Director General. Personalmente me atosiga tanto lujo. Pero ésa es una de las servidumbres felices, si se puede llamar así, con las que tenemos que apechar los poetas a cambio de nuestros devaneos solitarios con las palabras: los encuentros con colegas en hoteles y restaurantes de cierto postín, con los billetes de viaje y la manutención por cuenta de los organismos que nos convocan. Y, además, un estipendio de propina por la ponencia o por el recital. A veces, los casados acuden con la mujer, supongo que para compensarla de tantas horas de soledad como ha de sufrir mientras ellos se ocupan de pulir sus versos. Como estoy soltero siempre viajo solo y no tengo mala conciencia. Alguna vez, en este tipo de encuentros, he sido testigo de romances fulgurantes y febriles entre poetas de distinto sexo. Soy tan torpe para las relaciones que no me explico cómo sobrevienen esos encuentros así, tan repentinos y tan apasionados. Algunos pájaros también son muy rápidos en sus embestidas amorosas, apenas si se detienen en cortejos y copulan en el aire, mientras vuelan. Por ejemplo, los vencejos. Pero, volviendo al lujo, creo que estos hoteles nos sobrepasan y se nota a la legua que no nos movemos con naturalidad por esos interminables y anchurosos pasillos alfombrados, la piscina en forma de lágrima con el césped perfectamente rasurado como esos campos de fútbol que se ven en la tele, la sala de masajes, la sauna y ese trato distinguido, ¿qué desean los caballeros?, que nos dispensa el personal de servicio como si formáramos parte de una selecta tropa de escogidos que sueña con el día dichoso de la nominación al Cervantes. Y es que, en nuestra vida diaria, rodeados de libros ajados por el uso y salpicados por manchas de café, vivimos de espaldas a tanta parafernalia y nos falta aplomo para aceptar con normalidad el peso del boato.

El día de nuestra llegada, antes de cenar, nos fuimos agrupando en el vestíbulo del hotel como nos habían dicho. Por allí pululaba otra gente, pero los invitados al Encuentro de Poesía Ornitológica hicimos un corrillo porque enseguida reconocí al rapsoda aragonés Luis Felipe Alegre, esquivo como un ruiseñor, al poeta berciano Juan Carlos Mestre, elegante y leve como un jilguero, y al poeta catalán Juanito López-Carrillo, un poco orondo, que me perdone la confianza, y tan parlanchín como un grajo.

Juanito es un poeta satírico. Acaso por eso, y pese a la admiración que le tengo, suelo tratarle con esa ligereza con la que trataríamos a un sobrino un poco zascandil.
—Juanito, te has convertido en un pájaro de cuenta.
—Soy un gorrión que ha comido el grano inflado. Y fíjate cómo me he puesto, como un pavo real. Pero estoy aquí, de eso no tengo ninguna duda, por la estima que me guarda Ramón. Ya me dirás; he repasado a conciencia mi obra y no he encontrado más aves que el pajarillo cada vez más mustio que me cuelga entre las piernas al que en alguno de mis poemas sí hago más de un homenaje evocador por las bravas hazañas de su juventud. Tierna criatura. Veremos cómo salimos mañana de ésta.

Así es Juanito, directo, sin circunloquios, como si estuviera escribiendo poesía.

Al día siguiente tendríamos una sesión con ponencias sesudas de cinco folios y un recital ante el público.

De todos los que estábamos allí, el único que tenía aspecto de poeta era Mestre que vestía con un pantalón blanco de pernera estrecha y alta, tipo pesquero, una guayabera blanca como la que se puso García Márquez cuando fue a recoger el premio Nóbel, con los dos botones de arriba desabrochados, zapatos blancos recién lustrados y unos calcetines de color púrpura que, por la cortedad de las perneras del pantalón, quedaban al descubierto. Desde lejos cualquiera habría adivinado que, tras un tipo como aquel sólo se podía esconder un poeta. La gente corriente no suele ser tan atildada.

—Qué calcetines más llamativos, parecen de purpurado —le comentó Luis Felipe.
—Lo son. Los descubrí en una tienda romana que suministra en exclusiva atuendo a los cardenales y me compré unas cuantas docenas para que no me falten. Son de cardenal.
—Vas para Papa —le dijo Luis Felipe.
—Papa de la iglesia berciana, que algún año de estos montará un cisma a la del Vaticano. Si tenemos aguardiente berciano, cerezas bercianas, pimientos bercianos, ¿Por qué no vamos a tener Papa berciano? En estos tiempos lo local tiene mucho predicamento —reconoció Mestre.
—No te olvides que estamos en Cataluña, donde tenemos fama de miramos el ombligo. Aquí no circula la retranca berciana y podrían tomarse en serio lo del papa. Por cierto, los calcetines te dan aire de flamenco —le dijo Juanito.
—Esas zancudas son los únicos animales que hacen poesía con las patas; ¿os habéis percatado que caminan como bailarinas rusas o como si estuvieran escribiendo poemas indagatorios? —dijo Mestre. —Y tú, ¿qué has escrito sobre pájaros? —le pregunté a Mestre intrigado. Mestre, a veces, acaso por contagio geográfico, responde con la ambigüedad propia de los gallegos.
—¿En sentido estricto o en sentido figurado?
—En sentido estricto.
—Los poetas trabajamos con metáforas. En mi obra están presentes los bosques y los ríos en los que transcurrió mi infancia; y hay que dar por supuesto que los bosques, cualquier bosque, está poblado de pájaros. Pero, además, en mi obra abundan los guiños hacia los ángeles. ¿Y qué son los ángeles y los querubines y los serafines, sino criaturas aladas? Supongo que hemos sido convocados no para dar respuestas propias de un naturalista. Somos poetas, ni más ni menos que poetas contaminados por sueños arborescentes, poetas que nos hacemos preguntas. Y nuestra herramienta primordial es la metáfora.
Jolín con Mestre.
—Por supuesto; además tú eres la viva encarnación de la metáfora —le dije a Mestre que, ataviado con aquellas ropas blancas e impolutas me recordaba una foto juvenil del poeta alicantino Juan Gil Albert, que iba siempre hecho un pincel. Y se lo dije.
—Sí, pero Gil Albert, llevaba calcetines blancos.

En ese momento entró en el vestíbulo Ramón García Mateos, poeta de anchos vuelos versiculares como el águila, acompañado de Ana Raval, su secretaria, una chica espigada con la mirada vivaz de un colibrí; con ellos venía también un poeta mayor, que no viejo, a pesar de los años, con el aspecto venerable de un búho. Supe poco después que se trataba del poeta catalán Gerard Vergés, que también formaba parte del elenco y cuya obra completa había estudiado y traducido Ramón al castellano. Vergés, farmacéutico de profesión, estaba allí no sólo como poeta, también como fino observador del Delta del Ebro, donde vive, una de esas zonas en las que se asientan grandes bandadas de aves migratorias.

Tras los saludos y presentaciones de rigor, dijo Ramón:
—Bueno, en marcha que estamos todos.
—En ese caso, ¡viva la república pajarera! —exclamó Juan López-Carrillo.

Salimos del hotel y caminamos durante unos minutos por la calles animadas de Cambrils. Me gusta el Mediterráneo por ese desenfado que muestra la gente en las calles, la ligereza de la ropa en las muchachas y por las terrazas concurridas donde el personal se despide del día conversando de manera desenfadada frente a un plato de olivas y una cerveza. Aunque en otras tierras también se haga, me parece que estas escenas son genuinas del Mediterráneo.

El comedor del restaurante donde teníamos reservada mesa era largo y estrecho con las paredes de piedra sillar al desnudo. Es posible que en otro tiempo hubiera sido un almacén de granos o de aperos de pesca, aunque el mar quedara bastante lejos. Nos acomodamos en el rincón del fondo, en una mesa amplia, iluminada por una luz levemente tamizada de azul por los apliques de cristal.

Los poetas parecemos místicos porque hemos soportado hambrunas históricas pero, puestos a comer, tenemos tanto saque como los cavadores de zanjas; todos menos Mestre, tan jilguero también en la mesa. Así que nos aplicamos con dedicación plena sobre los cogollitos de lechuga navarra partidos por cuatro coronados por anchoas de La Escala y rociados con un chorrito de alioli, también sobre los pimientos rellenos de espinacas y gambas, sobre los chipirones en su tinta, sobre los carpaccios de bacalao y salmón y sobre el amplio surtido de quesos. Lástima que no pudiéramos compartir todos estos manjares con nuestro colega Gustavo Adolfo, el de las oscuras golondrinas, tan famélico. Lo regamos todo con un tinto del Priorato. No las llevé por cuenta pero creo que vaciamos cuatro o cinco botellas. Acaso por ello nos pusimos tan parlanchines. Mientras cenábamos la conversación brujuleó de acá para allá, pero centrada casi siempre en asuntos de poca monta.

 A Luis Felipe Alegre se le dibujaba un leve sonrisa en su rostro enigmático de ruiseñor. Yo no sé cómo, pero lo cierto es que, en la sobremesa, mientras libábamos a sorbos espaciados de las copas de aguardiente con los ojos iluminados por el brillo, la conversación fue virando hacia los gestos poéticos de la vida relacionados con la ornitología.

Después de una buena cena, los poetas, acostumbrados a convivir con el silencio, tendemos a la nostalgia.

Al hilo de la convocatoria que nos había llevado hasta allí, el sabio Gerard Vergés comenzó a relatar, como si estuviera divagando:
—Hay un cierto paralelismo entre los pájaros y las órdenes mendicantes.
—Pájaros son todos —dijo Juan.
—No, no voy por ahí, tampoco lo digo porque los pájaros mendiguen, ya se sabe que las aves viven de rapiñar lo que pueden, aunque de manera injusta sólo se llame así, aves de rapiña, a las grandes: águilas, quebrantahuesos o buitres; como si los gorriones o los tordos no fueran, en su escala, aves de rapiña. El paralelismo les viene por el color de los ropajes de los frailes con las plumas y por ciertos hábitos; por ejemplo, el pardal o gorrión, encontraría su paralelismo en los frailes franciscanos; los cistercienses, en el mirlo blanco, si es que existe, que vaya usted a saber; los jerónimos, en el petirrojo; los trapenses, en la picaza blanquinegra; y a los benedictinos, que son frailes sabios, estrechamente relacionados con bibliotecas y con la regla de San Benito, yo les equiparo con los cuervos y las cornejas, considerados también los pájaros más sabios.

Caramba con Vergés; estábamos tan anonadados que, aprovechando nuestro silencio, continuó:

—Se dice que, en Besalú, un pueblo histórico de Girona, en el medievo, una corneja debidamente amaestrada asistió como testigo a un juicio de faltas por desacato a la autoridad y testificó ante el juez tras jurar decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Estos pájaros son muy suyos. Su testimonio resultó decisivo para esclarecer los hechos y condenar al culpable, que, al parecer, era un judío.
—Pobres judíos ¬—dijo Mestre—, en España, históricamente, todas las culpas han caído sobre ellos. Incluso después de su expulsión.
 —¿En qué lengua hablaba la corneja? —preguntó Luis Felipe.
—En catalán —dijo Verges con aplomo—; las cornejas adoptan la lengua de los payeses que viven cerca.

Luego Luis Felipe Alegre, acaso contagiado por el paralelismo entre los frailes y los pájaros de Vergés, nos contó la vida curiosa de San Virila; ninguno de nosotros había oído hablar nunca de este prior del convento de Leire, en Navarra. —Porque no habéis leído las cantigas de Alfondo X El Sabio. O acaso las tengáis olvidadas. En ellas se nos dice que el prior Virila salió una mañana a la huerta del convento; como cantaba por allí un ruiseñor, el fraile se quedó tan fascinado escuchando su canto que entró en un estado de éxtasis semejante al de la vida eterna. Cuando despertó San Virila pensaba que habrían transcurrido diez o doce minutos de felicidad plena, aunque le extrañó, cuando volvía de regreso al convento, el estado de abandono de la huerta donde habían crecido los hierbajos y matojos. Pero más extraño le resultó que, al entrar en el convento, el fraile portero le preguntara quién era. Virila dijo que quién iba a ser, sino el prior. Pero el fraile le aclaró que no, que allí el prior era otro. Virila, confuso por la respuesta, trató de amansar su ánimo porque sabía que el único prior era él. Acudieron luego otros frailes a enmendar el entuerto y todo se aclaró en medio del pequeño desconcierto, cuando llegó un fraile letrado que había leído que hacía por lo menos trescientos años, un prior llamado Virila, ascendió por los aires hacia la vida eterna, embrujado por el canto de un ruiseñor.

—No está mal, dijo Ramón, pero San Frutos Pajarero tampoco se queda manco en cuestión de milagros. Hizo muchos y casi todos relacionados con los pájaros. Les hacía cantar en coro pasajes de El Cantar de los Cantares. Este anacoreta ha sido considerado, con San Francisco de Asís, el primer santo ecologista español. La imaginación medieval era muy caudalosa y ahí le veréis al bueno de San Frutos con el rostro barbado, domesticando buitres, amansando águilas o elevado en el aire desde el cauce del río Duratón una vez que, al vadearlo, cayó desvanecido y los propios pájaros, para evitar que, con la crecida, pudiera morir ahogado, lo cogieron de la túnica y lo llevaron en volandas hasta el oratorio que le servía de cobijo.

—Como era anacoreta, pesaría poco —dijo Juanito. No sé si habrían podido los pájaros con un tipo como yo, que supero los cien kilos. Pero hablando de pájaros, siempre me acuerdo de mi padre que, como buen campesino andaluz, sabía muchos refranes ornitológicos: «Patita colorada tiene la perdiz, y el macho la responde: cuchichí, cuchichí». O «si quieres saber cuando es abril, la golondrina te lo vendrá a decir» o: «marzo, la perdiz hace gornacho, abril, el nido la perdiz, en mayo búscalo con cuidado, en junio, pollitos por el mundo».

Tras aquel florilegio de refranes y letrillas dichas por Juanito, nos dio por desentrañar el significado de la palabra gornacho, que no conocíamos, posiblemente un anacronismo; especulamos de acá para allá, sin llegar a una conclusión definitiva. Es lo que pasa con las palabras que han caído en desuso.

—Os voy a proponer —dijo de pronto Luis Felipe— un pequeño trabalenguas ornitológico, antes de que el vino comience a hacer su efecto: «El gorrión le dijo a la picaza: qué señora tan rabilongaza. La picaza le dijo al gorrión: qué señor tan rabilongón».

 Parece fácil, pero sólo el maestro Vergés, acostumbrado al trato de la endiablada nomenclatura científica, Ana Raval y Mestre pasaron la prueba sin heridas; Ramón, Juanito y yo quedamos embarrancados en la travesía laberíntica.

—Bastante difícil —dijo Ramón, experto en romances tradicionales— resulta también ese fragmento del romance de los milagros de San Antonio que supongo que todos conocéis y del que mañana haré una glosa erudita. Creo que nunca he conseguido decirlo de corrido: Salgan cigüeñas con orden, águilas, grullas y garzas, gavilanes, avutardas, lechuzas, mochuelos, grajas. Salgan las urracas, tórtolas, perdices, palomas, gorriones y las codornices. Salga el cuco y el milano, burlapastor y andarríos, canarios y ruiseñores, tordos, alondras y mirlos. Salgan verderones y las carderinas y las cogujadas y las golondrinas.

Al acabar la recitación, Ramón tomó aliento, como si hubiera hecho un gran esfuerzo.
—Qué buena memoria y menudo poderío el de San Antonio. Podría haber montado un circo; los tenía domesticados —comentó Juanito.
 —Es que los santos de aquella época eran leves y alados —comentó Ramón.
—Sobre todo eran santos cabales; ahora hacen santo a cualquiera —dijo Vergés.
—A más de un pajarraco —dijo Ramón.

Nos echamos a reír de la taimada ocurrencia de Ramón. Entonces, para salir de los laberintos de los trabalenguas y de los pajarracos elevados a los altares, yo conté cómo mis padres, siendo novios y viviendo en pueblos alejados, en una época en la que el teléfono era un artículo de lujo, habían mantenido un noviazgo muy intenso gracias a una paloma mensajera amaestrada por mi padre que cada día le llevaba un mensaje escrito a mi madre en un papelito doblado y sujeto a la pata. Mi madre, que trabajaba cosiendo, esperaba con ansiedad el momento en el que la paloma se posaba en el alféizar de la ventana del cuarto, recogía el mensaje, lo leía y escribía otro de respuesta mientras la paloma comía unas migas de pan que mi madre ponía sobre un plato para compensarla de sus esfuerzos. A veces, los mensajes eran tan breves como«te quiero», «sólo pienso en ti», «me muero por verte», esas frases un poco cursis que se dicen los novios pero que sirven para mantener viva la llama del amor. En ocasiones, sobre todo si mi padre disponía de tiempo, le contaba acontecimientos o simples sucedidos escritos con letra menuda. Otras veces se servía de la paloma para citarse el domingo en un lugar concreto. Mi padre iba a ver a mi madre en bicicleta. Aquella relación tan peculiar se había convertido en la comidilla de las gentes de ambos pueblos que veían volar la paloma infatigable de un pueblo a otro. De tal manera se habían acostumbrado a los mensajes que, cuando la paloma fue abatida por un cazador que durante un tiempo había pretendido a mi madre, un tipo mostrenco y resentido, decidieron que ese era el momento de casarse. Y se casaron y vivieron felices como en final de los cuentos. Un amor sostenido por el vuelo de un pájaro. Yo soy fruto de aquel amor. Lo cierto es que cuando mi padre murió, muchos años más tarde, mi madre habría dado media vida por tener juntos todos aquellos mensajes que él le envió durante los tres años que duró el noviazgo. Supongo que le habrían servido de consuelo en sus muchas horas de soledad. A veces he pensado que sobre esa historia se podría escribir un libro.

—La historia que acabas de contar —dijo Ramón—, aunque no tenga nada que ver, me ha recordado a la del romance del prisionero que todos conocemos: «Que por mayo era, por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor, sino yo, triste y cuitado, que yazgo en esta prisión, que ni sé cuándo es de día, ni cuándo las noches son, sino por una avecica que me cantaba al albor. Matómela un ballestero, dele Dios mal galardón.» Daros cuenta que son dieciséis versos, acaso los más intensos del romancero. No se puede decir más con menos palabras. Hay una emoción flotando en el ambiente. Una cosa en la que hasta hace poco nunca había reparado y que se adivina tras los versos de este romance, es que el prisionero está enamorado y el canto del ruiseñor le sirve para recordarle a su amada.
—Sí —aceptó Juanito—, pero eso hay que imaginárselo, en el romance no pone nada.
—Por supuesto, pero todos sabemos que la buena poesía es una palanca que debe tener su punto de misterio para activar la imaginación. Dicho de otro modo: la insinuación. Y el romance del prisionero insinúa mucho —respondió Ramón.

—A mí —dijo Mestre—, hablando de pájaros, para eso estamos aquí, lo que me despertaba la imaginación en el otoño romano, el año que estuve becado en la Academia de Roma, eran esas bandadas de estorninos volando al atardecer. Yo no se si las habéis visto en alguna ocasión. Son espectaculares, producen una sensación irreal, mágica. Miles y miles de estorninos formando bandadas rectangulares o cuadradas, como si la mano invisible de un ángel agitara una túnica negra que se fuera moviendo con la misma ligereza que se mueve una cometa gigante, como si estuvieran tremolando una bandera sobre las cúpulas y los pinos de Roma. Esa imagen de los pájaros ligada al otoño me persigue. Los estorninos parecen enloquecidos y dichosos, con su estrépito radiante, como si quisieran hacer ante los ciudadanos de Roma una demostración de vuelos sincronizados, pero no a la manera de los aviones militares con motivo de los desfiles, sino como esos niños que salen agitados y enloquecidos a jugar durante el recreo. Ni en Villafranca del Bierzo, ni en Barcelona donde estudié, ni en Santiago de Chile donde viví unos años, ni luego en Madrid he visto algo semejante. Aquellos vuelos resultaban grandiosos, inolvidables, aunque a un compañero le producía cierto desasosiego, como si viera en ellos la premonición de una catástrofe. Supongo que esa visión negativa de mi compañero sería influencia de Hitchcock, por aquella película, Los pájaros, en la que las grandes bandadas de cuervos se convierten en una pesadilla para los espectadores.

Todos nos quedamos en silencio, como si todavía estuviéramos viendo esas bandadas de estorninos que Mestre nos había dibujado en el aire, sobre los restos de la mesa.

—Antes —rompió el silencio Gerard Vergés— nos dijo Juanito un refrán castellano sobre las golondrinas, pájaros cuyo vuelo, acompañado de un chirrido, es la viva representación de la alegría, como los estorninos romanos de los que acaba de hablar Mestre. Lo cierto es que en ese momento he recordado que cuando éramos niños había una creencia muy extendida sobre este animal. Como se creía que las golondrinas habían quitado las espinas de la corona de Cristo en la cruz, estaba consideradas pájaros sagrados. Por eso teníamos mucho cuidado cuando íbamos a matar pájaros, a veces éramos así de salvajes los chicos de mi época. Si por descuido matabas una golondrina tenías que enterrarla, pero no a enterrarla de cualquier manera, como castigo, tenías que hacer el hoyo con la boca y enterrarla luego con la lengua. Ya veis qué cosas creíamos los niños de entonces.

Algunos de los clientes que ocupaban las mesas del comedor ya se habían marchado; de cuando en cuando, el camarero que nos había servido, pasaba con discreción a nuestro lado por si necesitábamos algo. Pero lo cierto es que estábamos felices pasándonos la palabra, como nimbados por un estado de placidez y de calma, despreocupados del mundo, contando y escuchando aquellas historias de pájaros que surgían de manera distendida y espontánea, sin afán de protagonismo por parte de nadie.

—En Zaragoza —rompió el silencio Luis Felipe Alegre— pasó los últimos años de su vida un poeta manchego poco conocido llamado Antonio FernándezMolina. Además de poeta surrealista era pintor. Un tipo desconcertante que había ejercido mil oficios distintos para ganarse la vida. Tenía esas manías propias de los tipos geniales. Visto de pronto, parecía un anciano venerable; a veces se ponía pajarita y ese detalle en el cuello le daba un toque de elegancia y de excentricidad; a menudo, sobre todo los fines de semana, se movía por Zaragoza visitando exposiciones acompañado de algunos de sus nietos que lo adoraban. Pero una de las rarezas que hicieron célebre y odiado a Fernández-Molina en Zaragoza era su afán por liberar pájaros de las jaulas. No podía remediarlo. Veía un pájaro cautivo, le daba igual que fuera un periquito o un loro y, de manera irremediable, a poco que el dueño se descuidara, abría la puerta de la jaula, cogía el pájaro y lo echaba a volar. También lo hizo en algunas casas a las que entraba como invitado. Una vez terminó con un ojo amoratado; otra, en la comisaría. A veces le señalaban con el dedo porque, pese a su aspecto de poeta atildado, se comportaba como un adolescente temerario sin reparar en las consecuencias. Siempre obedecía a ese impulso irreprimible. Cuando se habla de gestos poéticos, yo creo que este gesto liberador redime y salva a un poeta.
—Oficio con mucho riesgo —comentó Ramón.
—Sobre todo si se lleva a sus últimas consecuencias —dijo Juanito.

—Bueno —dijo Mestre—, al hilo de esta historia de Fernández Molina que acaba de contar Luis Felipe, me ha venido a la cabeza la historia de otro poeta extravagante al que todos conocemos, se trata de Vicente Huidobro.
—El creacionista —saltó rápidamente Luis Felipe.
—En efecto, creacionista y uno de los más grandes poetas chilenos. Yo no sé por qué Chile, un país tan pequeño, ha dado tan grandes poetas al mundo. Huidobro fue uno de los impulsores de las vanguardias poéticas del siglo XX. Uno de sus versos más felices dice: «La violondrina y el goloncello». Dijo también, mejor dicho, proclamó que no hay amores ilegítimos. Se peleó mucho con Neruda, aborrecía esa visión tan acaramelada de la poesía que tenía Neruda, pero esa es otra historia. La que yo quiero contar aquí esta noche guarda relación con los pájaros, por supuesto. Pero antes, para situar bien la historia, debo decir que Huidobro era muy rico de familia, esa riqueza que permite hacer extravagancias. Porque ciertas extravagancias requieren una buena dotación dineraria. Los poetas pobres estamos obligados a medir el grado de nuestras extravagancias. La primera vez que Huidobro vino a Europa trajo con él a su mujer y a sus hijos. Atravesaron el Atlántico en un barco. Sus hijos eran pequeños y estaban acostumbrados a tomar la leche de una vaca que vamos a llamar Jacinta. Para algo tenemos los poetas la potestad de bautizar. Y Jacinta cruzó el Atlántico, ahí donde la ven, porque los hijos de Huidobro, con un paladar tan refinado, habrían aborrecido la leche de otra vaca. Y con Jacinta, cómo no, vino también el encargado de ordeñarla. Con este detalle podéis haceros una idea de cómo las montaba Vicente Hidobro. Lo digo para poneros en antecedentes sobre un tipo que se reconocía extravagante, un tipo que dejó escrito: «Si yo no hago al menos una locura por año, me volvería loco». De modo que Huidobro nos dejó una biografía salpicada de locuras, de gestos poéticos. Una de esas locuras, y acaso de las más sobresalientes, la hizo en España. Un día, estando en Mallorca invitado en la casa de campo de un amigo, se quedó maravillado al escuchar de madrugada el canto de un pájaro. Sus oídos no podían dar crédito ante tanta belleza. Durante el desayuno preguntó a su amigo por el pájaro. Se trata de un ruiseñor, le dijo el amigo. Y le explicó que el ruiseñor es un pájaro muy esquivo que apenas se deja ver; hace su nido en las frondas más ocultas del bosque, pero su canto, es un canto de amor que deja suspendido en el aire un afán de galanteo y de cortejo. Le explicó también que el ruiseñor hiberna en África y que, cuando llega el buen tiempo, sube a Europa. Su llegada anuncia la primavera, como las golondrinas. Huidobro no había escuchado nunca el canto de este pájaro en América. Luego, un naturalista, amigo de su amigo, le informó que no, que en efecto, el ruiseñor, un pájaro insectívoro, vivía en Europa y en Asia, pero no se había rastreado su existencia en América. A estas alturas ya conocéis lo suficiente a Huidobro como para imaginar que está tramando un plan que remedie esta carencia. Su plan consiste en aclimatar el ruiseñor en América. Para ello, dado que su viaje de regreso a Chile está próximo, decide llevarse en el barco, supongo que en el mismo barco que vino Jacinta, aunque no lo puedo asegurar, porque hizo varias travesías a lo largo de su vida, pues bien, decide llevarse el mayor número de ruiseñores posible. El capataz de la finca viaja por toda la isla y ofrece en cada pueblo, en cada caserío, una buena recompensa por cada ruiseñor cazado vivo. Reclamos, ligas, redes. Imaginaros a los payeses de Mallorca levantándose de madrugada para tratar de cumplir su cometido valiéndose de las más variadas tretas. Supongo que finalmente Mallorca se quedaría sin ruiseñores. Porque sabemos, es un dato fidedigno que se puede rastrear en cualquier biografía de Huidobro, que embarcó seiscientos ruiseñores, cada uno en su jaula. Hay que imaginar a los pasajeros del barco enloquecidos no tanto por el canto de los ruiseñores, sino enloquecidos para tratar de alimentar aquella colonia pajareril que, por estar cautiva, sólo comía moscas como único sustituto de los insectos. Menos mal, supongo que lo sabéis, que la mosca, que vive entre ocho y diez días, pone dos mil huevos. Y otro tanto sucede con los insectos. ¿Os imagináis a los pasajeros cazando moscas con desesperación para evitar la catástrofe? Pese a todo, la catástrofe se produjo. Era inevitable. La travesía del Atlántico camino de Chile es un viaje en diagonal del hemisferio norte al hemisferio sur atravesando el Ecuador, pero hay que descender mucho para llegar al Estrecho de Magallanes, en Tierra de Fuego. Y allí, en aquellas tierras patagónicas, frías como carámbanos, ni las moscas ni los insectos se aclimatan. Y si no se aclimatan las moscas ni los insectos, tampoco pudieron aclimatarse los ruiseñores. ¡Pobres ruiseñores! Aunque, como gesto poético, hay que reconocer que Huidobro es un poeta muy, pero que muy iluminado.

Nos quedamos perplejos con el relato de Mestre como si, en vez de estar sentados alrededor de una mesa, nos encontráramos sobrevolándola, suspendidos como pájaros, poseídos por una dicha etérea que nos había arrastrado a la ingravidez.

A todo esto el camarero frecuentaba nuestro rincón con cierta insistencia insidiosa, como si quisiera dejar constancia de que ya estaba bien de tanta tertulia. O es que no quedaba suficientemente claro que los únicos que seguíamos allí éramos nosotros, aquel grupo de cacatúas parlanchinas. Sólo Ana Raval, la joven secretaria de Ramón con ojos de colibrí, se había mantenido atenta, pero en un discreto segundo lugar, sin intervenir apenas, como si la impusiéramos cierto respeto todos aquellos poetas ornitólogos, tan dicharacheros.

—Bueno —dijo Ramón—, quizá deberíamos pensar en levantarnos.

Lo hicimos con desgana. Camino del hotel volvimos de nuevo a las conversaciones de circunstancias. Le preguntamos a Ana el horario de actos previsto para el día siguiente y el tipo de gente que nos vendría a escuchar. Pero para entonces ya se había roto esa magia que nos había mantenido unidos en torno a la mesa. Y yo iba pensando en las intervenciones que nos aguardaban, posiblemente un poco solemnes, como acostumbramos. También pensé en el recital. Teníamos la obligación moral de no dejar al público indiferente. Para eso nos habían invitado. Pero el envaramiento de los poetas, ese pecado que tanto nos cuesta sacudirnos de encima... Y dudaba, temiéndome lo peor. Lo bonito, me decía, sería trasladar al recital el espíritu de la sobremesa con todas aquellas historias espontáneas que habían ido surgiendo entre copa y copa. Trasladar aquel espíritu desenfadado hasta conseguir que también el público   sobrevolara. Y, por qué no, trasladarlo también a la mesa redonda del día siguiente. Con el mismo desenfado. Lejos de ese aire enfático y petulante en el que solemos caer ante el público. Por desgracia, al día siguiente no estuvimos a la altura de aquellos propósitos. Y es que, está visto que la magia poética de una sobremesa es un pájaro muy, pero que muy escurridizo. Aparte, claro, de que el vino, en su justa dosis, obra pequeños milagros.




ADENDA

A veces García Mateos nos convoca a literatos y juglares para participar en algún tipo de encuentro: un congreso, unas jornadas, un festival, un seminario... En Cambrils... 

Claudia De Santos, Ignacio Sanz, Ramón García Mateos, Juan Carlos Mestre, Miguel Javaloy, Pepe Pedrosa, Ana Rabal, Alvaro Garcia Martorell, Hortènsia Grau, Luis Felipe Alegre, Juan López-Carrillo, Ramón Oteo, Dionisio Pérez y Antonio Carvajal.

 Juan López-Carrillo, Luis Felipe Alegre, Alvaro Garcia Martorell, Ignacio Sanz, Claudia De Santos, Ramón García Mateos, Hortènsia Grau, Carlos Grassa Toro, Ana Rabal, Juan Carlos Mestre, Pepe Jiménez y Ramón Oteo


23 de junio de 2020

Y qué hacéis ahora?

Recordamos las obras actualmente en repertorio:

Tenemos VUELVE BERTA SINGERMAN, que es una obra de teatro brillante en su propuesta y ejecución.

Técnicamente se vende con estos datos: tres actores, formato mediano, caché normal, montaje y desmontaje en el día.

De cara al público: comedia de enredo, trasfondo político, contenido literario de época. O bien: contenido literario en comedia de enredo, con trasfondo político de época.

Argumento fácil de seguir, personajes claros, trama firme, nudo intrascendente  y desenlace amable.

Antaño la duración ideal de una obra venía a ser hora y media. Ahora se piden más cortas, pero como VUELVE BERTA SINGERMAN tiene toques de alta comedia, bien se merece el público que nos acerquemos a ese límite. Hay un vídeo oculto en youtube con la obra completa, y allí dura 82 minutos. Como está grabada sin público, faltan risas y aplausos, que serían otros tres minutejos.

En formato recital-varieté: DESDE AZUL. Tradición, realismo, vanguardia. Publicitariamente hablando, es un despliegue rítmico de imágenes secundando los versos perfectamente escanciados del poema.

Ya imagino que con estos argumentos no vamos a convencer a nadie. Pero algo de esto se puede vislumbrar en el vídeo DESDE AZUL en youtube.

SÁTIRA Y SÁTIRO tiene ahora mismo la gracia de que nadie se atreve a meterlo en una programación. Se trata de un melólogo entre actor y violonchelo.
A veces hacemos montajes de los de "reír hoy con palabras de ayer". Como este SÁTIRA Y SÁTIRO
que puede verse en youtube.

Cuando pasó lo que te digo, estábamos preparando para Noviercas DONDE HABITE EL OLVIDO, un recital de cámara en torno a la obra de Gustavo Adolfo Bécquer.

Soria ha sido una provincia especialmente perjudicada por la pandemia. Esperemos que se mejoren todos y podamos retomar DONDE HABITE EL OLVIDO para recordar a uno de los pilares de la poesía moderna española, en el 150 aniversario de su muerte.

Así pues, tenemos en oferta  contenidos literarios de los siglos XVIII, XIX, XX y XXI. 









15 de mayo de 2020

Sobre la poesía, de Gelman

Es curioso el formato genéricamente llamado videoconferencia. 
Este poema de Gelman forma parte de nuestro espectáculo Desde Azul
Lo hemos recreado desde nuestros respectivos confinamientos en España y en Argentina.
Está colgado en facebook, donde se ve así:

        


9 de febrero de 2020

En El Gallinero

Seguimos repasando la historia de la poesía aragonesa relacionada con la Tertulia del Niké.



El próximo viernes haremos la segunda sesión dedicada a Gúdel. La elección de los poetas surge de propuestas que hacen los parroquianos interesados. Berta Lombán dijo "Guillermo Gúdel" y voilà. Gran acierto, porque su lectura contrasta muy bien con las anteriores de Miguel Labordeta y Rosendo Tello.

A Gúdel se le recuerda, como hacía Eugenio Mateo en su blog hace unos años. O Antón Castro en el suyo. O Javier Barreiro, más recientemente.

En la revista El Pollo Urbano, Dionisio Sánchez ha comentado el ciclo...

28 de enero de 2020

Antonio Ceruelo: fotógrafo de la farándula






Clásicos in Versos. Carmen Orte. 1989










Clásicos in Versos. Luisfelipe y Carmen. 1989










En Colegio San Gabriel de Zuera. En el centro: Carmen Orte, Leda Valladares, Luis Miguel Bajén, Goyo Maestro Luisfelipe y Pilar Trillo. 1990










Leda Valladares, 1990











Romanceros
. Diseño: JL Romeo. En escena: Manuel Pérez, Juan L. Sara, Carmen Orte, Ana I. Gallego. 1991










Héctor Grillo, 1991











Foto portada libro. Diseño: JL Romeo, 1991










En la foto: Ana Continente, Luismi Bajén, Luisfelipe, Pilar Trillo. 1991









Germán Díez, 1992









Bululú
. Luisfelipe. 1992










Carmen, Germán, Luisfelipe, Pilar, Goyo. 1992















Entremeses del Siglo de OroElena Gómez. Diseño: JL Romeo.  1995











Entremeses del Siglo de Oro
. Iñaqui Juárez. 1995












Entremeses del Siglo de Oro
. Manuel Gutiérrez, José Luis Esteban, Elena Gómez. 1995










Cernuda recita a Cernuda. Luisfelipe y Dolos. 2013













Fábrica de Chocolate. Luisfelipe y Carmen. 2018











15 de enero de 2020

Vuelve Berta Singerman (II Fuentes)

En las notas biográficas esbozadas en el artículo anterior no se dice cuándo nació Berta Singerman. Se han dado tres fechas distintas: 1908, imposible; 1903, la más recurrente; 1901, la más probable.

Empezando por ahí, es difícil establecer una cronología detallada, cosa importante  para poner en orden sus recorridos, sus repertorios y la selección de programas según el lugar y el público. La Mistral advertía al respecto: 
Los programas de Berta, que a algunos se le antojan como accidentales y cosa sin norma, van siempre gobernados por una doctrina, y no le hacen a la circunstancia sino pequeñas concesiones.
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Recordemos que en nuestra obra la acción sucede en un teatro de México, en 1960. Allí, Berta Singerman invita a un recitador español a compartir una función. Otra línea de estudio ha sido, pues, la concerniente al lugar (México), momento (1960) y circunstancias del antagonista (exiliado español).

Había que establecer rasgos del carácter de la protagonista, principalmente, y también del resto de personajes; forma de actuar y pensar, etc. 


Estas inquietudes, como es normal, nos han llevado a libros, archivos y hemerotecas Sin embargo, para cumplir el objetivo de interpretar las creaciones de Singerman, han sido esenciales las grabaciones fonográficas. En fin, aquí hablamos de algunas fuentes.


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Mis dos vidas (Berta Singerman, Ediciones Tres Tiempos, Buenos Aires, 1981) es la autobiografía del personaje y de la persona (dos vidas), escrito/dictado con tacto y buen estilo.  Con rico anecdotario y relatos de gran interés para la historia literaria y teatral del siglo XX. 
Eso sí, no hay muchos detalles de repertorio, técnicas interpretativas o cosas del oficio. 
Como en cualquier historial, en Mis dos vidas también hay silencios interesantes. Muchos recuerdos se corroboran fotográficamente, aunque sin datar el año. 
¿Venganzas pendientes? Casi no se notan. Los continuos éxitos (teatros llenos durante décadas, agasajos, premios y distinciones, amistades con gente de pocos amigos, etc.) de su carrera ya son suficiente bofetada a quienes la cuestionaron. 


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Cuarenta años antes de Mis dos vidas, César Tiempo había publicado una biografía novelada: La vida romántica y pintoresca de Berta Singerman (Buenos Aires,  Ed. Sopena, 1941) cuando estaba a mitad de su carrera.

Existen otros libros dedicados a la artista, con poemas, fotografías, cuadros y dibujos, de diversos autores y editados en varios países.  Entre los primeros monográficos en aparecer, este Berta Singerman (separata de la revista Seara Nova, Lisboa, 1928).


Muy interesante es la antología Poesía Universal (Siglo XX, Buenos Aires, 1961) por cuanto que, siendo libre selección de Singerman, revela sus querencias en 560 páginas.



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Mis dos vidas es fuente importante para la obra, pero no para el recital que se ensaya en ella. De hecho, habíamos comenzado a trabajar en torno a sus interpretaciones antes de leerlo. Porque materiales en torno a Singerman se encuentran dispersos por aquí y por allá. El disco de la foto nos apareció en el Rastro de Zaragoza hace unos veinte años. 

La discografía de Singerman es difícil de establecer. Aparecen vinilos en muchos países, y no consta estudio de grabación, ni fecha, en la mayoría. Pero, eso sí, hay al menos 60 vídeos (audio de discos con fotos de fondo; algún reportaje) colgados en youtube por un admirador o admiradora, sin datar. Aquí su lista de reproducción. 

Como en Poesía Universal, en los discos hay de todo, pero en todas las grabaciones están sus estilos. La abundancia permite observar distintos tratamientos de los textos, de sus ritmos y sonoridades.

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La Biblioteca Digital Hispánica ofrece seis discos fundamentales, grabados entre 1928 y 1931, publicados en España.
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Con Carina Resnisky nos dividimos el trabajo previo y la búsqueda de materiales tanto en Argentina como en España. 

Para nuestro propósito (hacer una obra de teatro) ha sido importante tener acceso al archivo personal de Berta Singerman en la Biblioteca Valenciana  Nicolau Primitiu.







Del Archivo Berta Singerman
Buscábamos la intrahistoria del “milagro Singerman”: poemas con anotaciones; proyectos esbozados; correo profesional; y repertorios, principalmente. 

Tras el estudio del inventario, la Biblioteca nos facilitó un muestrario suficiente para establecer algunas certezas.






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Las entrevistas, anuncios, comentarios y críticas en la prensa son valiosos documentos. Muchos de estos materiales se encuentran en las hemerotecas digitales de los periódicos, o de las bibliotecas nacionales de casi todos los países hispanos y lusos. Como podrá comprobar el curioso, en Brasil, por ejemplo, fue noticia durante décadas. Para bien...


Revista A escena muda, Río de Janeiro, octubre 1934
Diario Carioca, Río. 15-3-1931

O para no tan bien. Pues se llegaron a hacer encuestas en la prensa de Río para establecer las claves del fenómeno Singerman y la idoneidad -o no- del teatro de cámara que proponía.




 Notas periodísticas? Se pueden encontrar un ciento! 

Compartimos aquí un material de trabajo excepcional. Lo escribe un periodista primerizo, que ha visto los dos primeros recitales de Singerman en España (en La Razón de Buenos Aires en Madrid, y en el Teatro de la Comedia). El plumilla es escritor (pronto será conocido por una novela, Imán) y, aunque joven (24 años) parece estar a la última en cuanto a inquietudes estéticas del momento. Razona y penetra en el tema. Al final, el crítico, que es nuestro paisano Sender, se pregunta (curiosidad que compartimos) qué pensaría Ramón Menéndez Pidal de la juglaresa Singerman.


Cosas de arte por Ramón J. Sender

La juglaresa Berta Singerman en Madrid

(Heraldo de Aragón, 3 de diciembre de 1925, pp. 1 y 2)
En la activa ruidosidad de este otoño, que, como todos los años, celebra en el Retiro su amarillo milagro de crisopea, ha llegado de tierras lejanas pero familiares un nuncio gentilísimo trayéndonos el motivo imprevisto de la temporada. Es un nuncio de buenos auspicios para la lírica española. Berta Singerman, la genial artista argentina, llega a Madrid con el caudal precioso de su sensibilidad para revivir en la Castilla de los juglares lo que de alto y prócer tuvo la función juglaresca en los tiempos del Libro de buen amor. Berta Singerman resucita una modalidad arcaica del arte: recita versos. Arcaica, en lo que ese ejercicio tiene de espectáculo industrializable; eterna, en su religioso empeño de armonía. 
Al conocer la noticia de su llegada se produjo un primer movimiento de sospecha. La poesía más adecuada para la declamación es la que enfila su intención a las vísceras y no al cerebro. En esta clase de lírica que los románticos cultivaron hasta la saciedad, no siempre con resultados estimables, pero sí con un fervor que salvaba de mayores pecados, hay un riesgo: entre renglones, en las interlíneas, se oculta con frecuencia el germen maligno de la cursilería, como en el reverso de todo propósito de sublimidad.
El diablillo del ridículo, dispuesto a hacer una cabriola en cuanto la temperatura sentimental del lector descienda un poco, tiene su mejor elemento en la declamación. Y ese diablillo se interponía entre nuestra devoción y Berta Singerman, a quien conocíamos por minuciosas referencias de la prensa americana.
Después, oídos sus acentos en la fiesta familiar que la redacción de La Nación de Buenos Aires en Madrid le ofreció, y en la primera sesión del Teatro de la Comedia, nos hemos sentido captados por una doble tiranía: la del sentimiento y esa otra más reflexiva de la valoración estética fría, cerebral. Este vasallaje no es fenómeno de una sensibilidad abierta a las influencias líricas. 
Pasaron los tiempos de la buena fe, de la fe en los libros cerrados. Cuantos asistieron a estas sesiones participan del mismo absoluto fervor. Madrid no recuerda caso igual de facultad asimiladora, de expresión, de fuerza patética, de ponderada exactitud en el matiz y, en resumen, de capacidad para la figuración poética. 
Berta Singerman nos ha ofrecido una fiel encarnación de la idea matriz que sigue luciendo sobre las tumbas, tan distintas, de Rubén, José Asunción Silva, Edgar A. Poe, Carriego, el Arcipreste de Hita, Rostand, Piferrer, y que alienta en la gloria de nombres de hoy como los de D’Annunzio, Juan Ramón Jiménez, Rabindranath Tagore, Alfonsina Storni, Lugones. En estas sucesivas encarnaciones nos ha confirmado la verdad de un valor estético independiente en cierto modo del de creación: el valor fonético, sensorial, de la frase, de la idea materializada. Ese valor que Eça de Queiroz ridiculizó en una reciente carta inédita hablando «de los versos sinfónicos, transparentes, de contactos de aurora», sin pensar que, involuntariamente, había de «incurrir» en el mismo pecado cuando le ganara la cansina ansiedad de un «ideal de superación», de imposible perfeccionamiento en lo sobrehumano.
Es la de Berta Singerman una materialización no divergente como suele ser siempre la del intelecto, sino licuada y fundida con él, bajo el calor de las correspondidas simpatías entre la inspiración y la función mecánica. Este valor está más cerca del público que el que puede ofrecer su contenido de tipografía. Los espectadores de formación elemental, no iniciados en las voluptuosidades de la idea, no podrán menos de recoger en los sentidos esas vibraciones cuya emoción se ha escapado al espíritu sin perder nada de su virtud conmovedora. La pureza de los medios que Berta Singerman utiliza hace posible esta excepción. 
Es frecuente, por otro lado, la impresión sensual y directa de la belleza de un poema sin necesidad de captar su esencia imaginativa. En resumen y sumariamente puede afirmarse que la gran recitadora pone al alcance de todos los temperamentos la verdad estética de los mejores poetas de las literaturas más blasonadas.
El Arcipreste, declamado en un ingenuo tonillo de pregón provenzal, recibe la expresión plástica que el más avisado pueda imaginar al leer las donosas juglarerías de nuestro romance. Juan Ramón se hace en labios de Berta Singerman más diáfano y claro, de un humanismo tibio y confortador. Y Rubén, lo que Rubén tiene de parnasiano atildado vibra con mayor sonoridad, inundando el aire de la sala con el rutilante esmalte de sus imágenes. Llega a todos los corazones el milagro de expresión de la juglaresa argentina, identificando el sentimiento sobre las diversas formas de interpretación de cada oyente y haciéndolo más intenso al conseguir su coincidencia en una misma gradación. La recitante logra así superar el objeto del poeta, ya que conserva su concepción pura y la universaliza. 
Berta Singerman ha devuelto la vida a un viejo mester añadiendo a sus originarias bellezas las cualidades que esta torturada imaginación del siglo XX, insatisfecha y descontentadiza, habría de exigir a sus nuevos oficiantes… Querríamos conocer la impresión que Berta Singerman ha producido al señor Menéndez Pidal a propósito de esto de la juglarería. Sin duda su comentario tendría todo el valor que la condición del antiguocatador de vinos clásicos es capaz de prestarle. El nuestro, obscuro y modesto, es una proposición que por su misma inmaterialidad hay que dar por aprobada y realizada: en el vino blanquinoso y recio de la juglarería medieval hay que mezclar hoy este sorbo de las viñas del Plata que nos trae Berta Singerman con un gesto de todos los tiempos y —como diría Rubén— en “un repujado cristal de España”.
R. J. Sender 

Hemos optado por reproducir aquí el artículo íntegro porque, simplemente, nos parece que señala las bases para penetrar en la estética de Singerman y en la respuesta emocional del público. La noticia del artículo nos llegó a través del estudio de José Domingo Dueñas  Ramón J. Sender -Periodismo y compromiso (1924-1939)- (Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 1994) y el texto completo lo encontramos en Ramón J. Sender en el Heraldo de Aragón: prehistoria, regreso y reencuentro  de Juan Domínguez Lasierra (Alazet, Revista de Filología, I.E.A., Huesca, 2016).

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No hay muchos trabajos académicos en torno a Singerman, pero nos ha sido muy útil: Valle-Inclán y Berta Singerman: la renovación del arte escénico, de Rosario Mascato Rey, publicado en Anales de la Literatura Española Contemporánea (2002). Y, para certificar ciertas intuiciones, el de José Miguel González Soriano en su trabajo de Tesis: Luis Bello, vida y época su producción periodística y literaria (Madrid, 2016). 

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Y así como destacábamos la importancia de sus grabaciones, no es menor la iconográfica. Apuntes y desarrollos gestuales. Como estos recogidos en Mis dos vidas:


del artista cubano Andrés (García Benítez) que sabía de teatro (escenógrafo; fue figurinista del recitador cubano Luis Carbonell, el Acuarelista de la poesía antillana) y gustaba de la poesía oral.
Andrés
Luis Carbonell












Los dibujos de Andrés servían a Singerman para meditar en torno a la plasticidad propia y medirla con la de Isadora. 
Lo cierto es que muchos artistas quisieron reflejar su gestualidad, su genio: Barradas, Diego Rivera, Vázquez Díaz, Foujita, Bagaria, Kantor, etc. recogidos en Berta Singerman -vista por-  (Ed. Fábula, México, 1933)


De Barradas, en un programa de mano. 
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Hemos repasado manuales en boga hacia 1900, como Tratado de tratados de declamación de Luis Millá Gacio (Biblioteca Teatro Mundial, Barcelona, 1914), Manual de Declamación Española (Tipografía Díaz y Carballo,Sevilla, 1894) de Enrique Funes; o las lecciones de James Freire, Coquelin, y más.
El realismo escénico a la luz de los tratados de declamación de la época (Anthropos, 1988) de Jesús Rubio Jiménez, como posible brújula. 
De Tomás Navarro Tomás hemos repasado El arte del verso (Colección Málaga, México, 1959). Resuelve entramados métricos de la época. Navarro era buen conocedor de los recitadores y pensaba como Antonio Machado sobre la materia. Habla Navarro:
(...) A su vez los profesionales de la declamación suelen alterar las condiciones normales del verso bajo la influencia de sus particulares ideas, hábitos y temperamentos. (...) En general el modelo que importa tener presente es el de una lectura clara y natural, moderada sin monotonía y expresiva sin afectación (...) 

El ambiente teatral de la época en países americanos lo hemos pulsado con libros como La vida de un comediante (Letras Cubanas, La Habana, 1981) de Enrique Arredondo, Bernabé ; y el español con Memorias íntimas del teatro de Francisco Flores García, Córcholis (Sempere y cía editores, Valencia, 1914).
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En el siguiente artículo trataremos de nuestra obra, y entraremos en detalles.