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24 de febrero de 2023

Marta Valdés: evocación de Pablo Milanés

Marta Valdés, en Zaragoza, 1997
 

En 2017, Marta Valdés celebraba el cumpleaños de Pablo Milanés con estas palabras:

Pongo por escrito estos pensamientos, hoy, 24 de febrero, a pocas horas de celebrar entre amigos un cumpleaños más de Pab(lit)o, cuando ya es un hecho corpóreo la caja con cincuenta discos cuidadosamente documentados, diseñadas y preparadas con esmero bajo la atenta mirada del autor de esta muestra que trasciende el perfil de una trayectoria profesional para revelarse como portadora de una épica tierna y grandiosa, de la cual tantos mortales hemos venido apropiándonos en cada encuentro, más allá de los confines de su isla y por más de cuatro décadas.

Se trata de la discografía de Pablo Milanés, el dulce muchacho que escuché por primera vez en 1963, cuando daba sus primeros pasos como autor e intérprete guitarra en mano, compartiendo cosas de jóvenes entre amigos y asombrando a quienes veíamos en él a uno de los primeros frutos promisorios de la más joven generación entre los músicos cubanos.

Era libre el muchacho en su forma de lanzar al aire el canto como una cinta que se regodea en su propio vuelo y juega a enlazarlo todo; era capaz de llegar lejos en la medida en que evidenciaba la fuerza voluntariosa y el arraigo firme de quien trazaba la curva y amasaba la consistencia y razón de cada travesía. Así se movía por los trastes de la guitarra haciendo corresponder cada nudo de un conflicto, cada exaltación de un pulso sentimental libérrimo, cada puesta verbal de imágenes perfectamente cantables y, sobre todo, inteligibles, justas, concisas, con la transparencia de un deslizamiento en las armonías que no por constante e intrincado enrarecía esa sensación de sentirnos tocados por las ganas del cantor.
Libre, natural, cultivaba un feeling donde la carga melódica e intimista del eterno José Antonio Méndez se hacía posible a partir de un esplendor vocal sin límites. “El feeling está encontrando un nuevo camino”, me dije con mucha emoción el día que escuché por primera vez a Pablito Milanés. Un feeling no susurrado sino a toda voz, como el de sus clásicos intérpretes Pepe Reyes o Miguel D`Gonzalo, versión antillana de los crooners norteamericanos; un estilo autor-intérprete anclado en la gentileza de José Antonio; una sensación de que todo es posible del corazón al canto y viceversa, una letra sin lugares comunes, a veces fuerte, cruda, lacerante a veces, abiertamente sentimental; cortante, sin agredir; quejosa, sin lastimar.

Al contrario de lo que me dictaba esa mezcla de cariño a primera vista y preocupación hacia el joven cantor; con el pensamiento volcado hacia el presente y futuro de nuestra canción, al cabo de los años me he dado cuenta de que el feeling no fue precisamente para él un punto de partida sino un punto de encuentro consigo mismo; al igual que nos había ganado por la ley del corazón, nos arrastró para siempre con la fuerza de sus razones.

En 1980, cuando decidió grabar un disco dedicado al feeling, desenterró algunas de mis canciones que nadie quería o se atrevía a cantar; impulsó la más reciente --
Si vuelves--, estrenó otra más y las regó por el mundo. Su hijita Haydée estaba por nacer aquel verano y me parece que no tengo que contarles lo que ella ha representado para mí. Nada, que voy a pasarle la plancha a un par de blusitas a ver cuál de ellas me pongo, y me voy a darle un beso.

Felicidades, Pablito y gracias por entregarnos esta historia de las sonoridades nuestro tiempo a quienes, como dice el amigo Joaquín Borges, "soñamos por la oreja". Me permito un acorde propio: "cualquier tiempo pasado, presente y futuro" es mejor, si nos da la gana de que así sea. "Vivir por ver".

Esas sabias palabras iban acompañadas con esta fotografía:



16 de septiembre de 2011

Centenario de 'Bola de Nieve': Marta Valdés evoca al creador de 'Drumi, Mobila'

Marta Valdés debió de conocer muy bien a Ignacio Jacinto Villa Fernández, Bola de Nieve, en los años en que el restaurante  Monseigneur, luego Chez Bola, era el epicentro musical de La Habana. Y Bola, a su vez, también debía ser aficionado al filin de la joven compositora de Palabras, de la que grabaría una impresionante versión de Tú no sospechas.

En estos días, lo ha recordado Pedro de la Hoz en Granma:

"Marta Valdés lo escucha una y otra vez en Tú no sospechas. Y tuvo razón esta también esencial mujer cuando escribió: 'Cuando una canción cristalizaba en una versión de Bola, ya estaba salvada para la sensibilidad de los demás. Comenzábamos a necesitarla siempre a su manera, para sentirla renovarse muchas veces dentro de nosotros, a partir del gesto invariable, de la pausa imprescindible. Fue así como nos hizo depositarios de su hazaña' ”.


Ignacio Villa, Bola de Nieve

En esta casa, empezamos a reverenciar a Bola de Nieve cuando escuchamos sus interpretaciones de  Nicolás Guillén (Yambambó, Vito Manué), cuando le oímos cantar en catalán (Lo desembre congelat)  y, cuando escuchamos su versión de El caballero de Olmedo. Otras canciones nos fueron habitando poco a poco hasta conseguir rendirnos totalmente a su música.

Esta semana habría cumplido 100 años. Y Marta Valdes lo ha festejado, en su sección Palabras de Cubadebate, contándonos, como solo ella sabe hacerlo, la historia de una nana que muchos cantaron (Yupanqui, Zitarrosa, Víctor Jara, Mercedes Sosa...) haciéndola legado universal.
Abusando de la confianza de Marta Valdés y de la paciencia de sus editores, reproducimos aquí el artículo completo:

La nana que compuso Ignacio Villa 

    El muchacho vivía orgulloso del cancionero que estaba viendo crecer. Eran expresivas, más humanas, las piezas que hablaban del amor en tantas formas, de los paisajes, todas tan libres en su esplendor melódico pero, siempre, ancladas en un deje rítmico inconfundible que sabía a cubano. El habla popular se desplegaba en los pregones, con esa carga escénica que los llevaba constantemente al sainete, a la zarzuela o al simple intermedio. El lamento traía al presente todo el dolor del drama negro que, más allá de la esclavitud, amenazaba con no tener fin. Por esos años finales de la década de los veinte y comienzos de los treinta, el ambiente se había enriquecido con tantas visiones nuevas, que partía el alma tener que sentir frustradas las ansias de saber y de compartir lo que se sabe, cuando el gobierno de Machado cerró la Normal.

    Él tocaba piano, lo estudiaba para tocar mejor todavía, había probado suerte subiendo al escenario para mostrar esa habilidad que le permitía hablar como éste o como aquél, gesticular como el otro pero, querer -querer– lo que en realidad quería era ser maestro. La música siempre lo había acompañado, es decir, el piano donde lo mismo soltaba al aire un pasaje lleno de octavas melodiosas en lo más agudo, que acolchonaba un ritmo casi de tambores en los bajos, sin dejar que se escapara el mínimo, breve, suficiente sentido armónico. Esto fue lo que le agarró el día que, atenazado por un cierto escozor que producen las canciones cuando tienen ganas de nacer, comenzó a dejar que salieran las primeras frases de ese episodio musical sin antes ni después, que es su canción de cuna Drumi, Mobila.

    Con todo el carácter de quien está viviendo el año de su mayoría de edad, se emperchó, tomó la parte de piano (quién sabe si ya desde esa época sólo hacía falta el llamado “guión para el registro” en el que bastaban la melodía con la correspondiente letra colocada debajo de las notas y el más esquemático señalamiento de los bajos en el pentagrama inferior, con el fin de poner en claro el discurso armónico del autor). Sabe Dios en qué sitio de La Habana estaban ubicadas aquellas oficinas que exigían al autor  llevar varias opciones para hacerse dueño de un título que a nadie se le hubiera ocurrido antes, en el transcurso de casi un siglo. El caso es que ese mismo día regresó a Guanabacoa cantando bajito con su pergamino enrollado a la larga donde rezaba, a su nombre, Drumi, Mobila  que -de antemano- a nadie se le pudo haber ocurrido más que a ese muchachito dichoso.

     La mayoría de edad le trajo también el deleite de entrar en contacto con un ser a quien había adorado desde lejos y aprender de ella, reforzando ese gusto por los bajos, esa limpieza en el sonido, ese rigor en el buceo por entre los picos, los flancos y las honduras que nos depara, en cada obra musical, el respeto a la idea fija que asaltó a su autor. Bendito sea Dios, Rita me aceptó como alumno, bendito sea, la señora Rita me pide que la acompañe. Venturosa mayoría de edad, que así es como se le presentó, irremediablemente, con su ser o no ser.

    Entre las hojas en blanco de una libreta escolar que me compré en Cienfuegos, pude dejar delineado una especie de dossier de esta criatura que tuvo a bien componer Ignacio Villa. Viene a ser, a su vez, como otra canción de cuna a esa Drumi, Mobila, mecida entre los datos que Ramón Fajardo nos entrega en su libro Déjame que te cuente de Bola y mis deducciones, luego de haber estudiado el prólogo del libro de Emilio Grenet acerca de la canción cubana, publicado en 1939, donde el nombre de Ignacio Villa y su contribución con esa canción de cuna al cancionero cubano en aquel momento, reciben una significativa valoración.

    Según los datos que ofrece la biografía mencionada, la interpretación de la canción por su autor en una reunión entre amigos efectuada en 1933 en casa del poeta Gustavo Sánchez Galarraga, despertó la admiración de poetas y músicos notables.  A partir de una crónica del libretista Federico Villoch, conocemos que, tanto este autor como el compositor Jorge Ánckermann, allí presentes, al estuchársela se la pidieron para incorporarla a un sainete que, muy pronto, se estrenaría en el Teatro Alambra, donde la interpretaría Blanquita Becerra. Ese debe haber sido, al parecer, su estreno en público.

     En 1935, de regreso de su primera gira internacional iniciada con la Montaner, cuando Ignacio Villa, reconocido en el mundo del espectáculo como Bola de Nieve, decide ofrecer en el Liceo Artístico y Literario de Matanzas su primer recital donde asume, además del piano, la interpretación vocal, esta canción de cuna, identificada por él mismo como “música descriptiva”, ocupa un lugar relevante y muy bien pensado en el programa. Ya, para esa época, más allá de cualquier desavenencia, la obra se mantiene en el repertorio de la Montaner, quien la incluye en la selección que, acompañado por el autor, ofrece desde la Hora Sensemayá, espacio de la emisora CMCQ orientado hacia el tema negro, cuya dirección musical estaba encomendada a Ignacio Villa. Ese mismo año, el texto de la pieza queda incluido y valorado por Emilio Ballagas en su Antología de la poesía negra hispanoamericana. El texto de Drumi, Mobila, aparece incluido por el mismo autor, en 1946, en su Mapa de la poesía negra americana. En fecha que no he podido precisar, el español Federico Saínz de Robles lo incluye en el breve tomo que, bajo el título Lira negra, aparece publicado en la colección Crisol.

     Quince años después de aquel bautismo al que tuvo a bien someterla su autor, Drumi, Mobila, de Ignacio Villa, figuraba entre los títulos seleccionados para festejar, en el Teatro Auditorium, el Día de la canción cubana. Y así continuó, la muy caprichosa, hasta apropiarse de este espacio en la conmemoración  del centenario de su autor, aquel muchacho nacido en Guanabacoa el 11 de septiembre de 1911, que llevó por nombre Ignacio Villa.

 Marta Valdés
 Almendares, 11 de septiembre de 2011



 
Bola de Nieve: Drumi, Mobila.