3 de abril de 2022

Camus, tras la güerra... 'La crisis humana'

 La crisis humana

Esta conferencia dictada en 1946 por Albert Camus, se ha vertido estos días al castellano. Puede leerse íntegra en sin permiso o en conversación sobre historia.

El texto, traducido por Jhon Ortiz Martínez, comienza así:

Señoras y señores:

Cuando me invitaron a realizar una serie de conferencias en los Estados Unidos de América, tuve algunas dudas y vacilaciones. No tengo la edad para dar conferencias y me siento más a gusto con la reflexión que haciendo afirmaciones categóricas, porque no siento ninguna pretensión sobre lo que generalmente se denomina la verdad. Al compartir mis inquietudes, me respondieron muy amablemente que mi opinión personal no importaba. Lo que importaba era que pudiera ofrecer algunos datos sobre Francia para que el público pudiera formar su propia opinión.

Se me sugirió entonces que podría informar a mi público sobre el estado actual del teatro francés, la literatura francesa e incluso la filosofía francesa. Respondí que podría ser más interesante hablar de los extraordinarios esfuerzos de los trabajadores ferroviarios franceses, o de como son los mineros de carbón del Norte mientras trabajan. Entonces me señalaron, con toda la razón, que nunca hay que forzar el talento y que los temas especializados deberían ser tratados por aquellos que tienen la competencia para manejarlos. Dado que me han interesado las cuestiones literarias desde hace mucho, y ciertamente no sé nada sobre interruptores de trenes. Era natural que hablara de literatura y no de trenes.

Finalmente entendí que lo que realmente importaba era que hablara de lo que sé y diera alguna idea sobre lo que ocurre en Francia. Precisamente por eso he decidido no hablar ni de literatura ni de teatro. La literatura, el teatro, la filosofía, la investigación intelectual y los esfuerzos de todo un pueblo no son más que el reflejo de una cuestión fundamental. De una lucha por la vida y por la humanidad, que nos preocupa en este momento. El pueblo francés siente que la humanidad está bajo amenaza y siente también que, para seguir viviendo, deben rescatar alguna idea de la humanidad de la crisis que enfrenta el mundo entero.

Es por esto, por lealtad a mi país, que he decidido hablar de la crisis humana. Como se trataba de hablar sobre lo que sabía, creo que lo mejor que puedo hacer es esbozar, con la mayor claridad posible, la experiencia espiritual de mi generación. Porque hemos visto desarrollarse toda la crisis mundial, y nuestra experiencia puede arrojar un rayo de luz sobre el destino absurdo de la humanidad y sobre algún aspecto de la sensibilidad francesa de esta época.

Primero quisiera definir esta generación para ustedes…

Las personas de mi edad en Francia y en Europa nacieron antes o durante la Primera Gran Guerra, llegaron a la adolescencia durante la depresión económica mundial del 29 y cumplieron 20 años el año de la toma de poder por parte de Hitler. Para completar su educación, vino la guerra civil en España, los acuerdos de Munich, el inicio de otra guerra mundial en 1939, la caída de Francia en 1940 y cuatro años de ocupación enemiga y de lucha clandestina. Supongo que esto es lo que se conoce como una generación interesante. Es por esto que tengo razones para pensar que sería mas instructivo no hablarles en mi nombre, sino en nombre de un cierto número de franceses que hoy tienen 30 años y cuyas mentes y corazones se formaron durante los terribles años en los que, como su país, se alimentaron de la vergüenza y vivieron de la rebelión.

Sí, esta es una generación interesante. En primer lugar, porque frente al mundo absurdo que sus mayores habían labrado, esta generación no creía en nada y vivía en rebelión. La literatura de su tiempo se rebelaba contra la lucidez, contra la narrativa y contra la idea misma de la frase. La pintura era abstracta, es decir, se rebelaba contra el sujeto, el realismo y la simple armonía. La música rechazaba la melodía. En cuanto a la filosofía, ella nos enseñaba que no había verdad, solo fenómenos. Que Mr. Smith, Monsieur Durand y Herr Vogel podían existir como fenómenos, pero sin que estos tres fenómenos particulares tuvieran nada en común.

La actitud moral de esta generación era aún más categórica: el nacionalismo les parecía una verdad anticuada y la religión, una escapatoria. Veinticinco años de política internacional les habían enseñado a cuestionar cualquier noción de pureza y a concluir que nadie se equivocaba pues todos podían tener razón. En cuanto a la moral tradicional de nuestra sociedad, nos parecía que no había dejado de ser lo que siempre había sido, una monstruosa hipocresía.

Así pues, estábamos en negación. Por supuesto, eso no era nada nuevo. Otras generaciones, otros países en otros periodos de la historia han vivido esta experiencia. Pero lo que había de nuevo, es que esos mismos hombres, ajenos a cualquier valor tradicional, se habían visto obligados a adaptar sus posiciones personales a un contexto de terror y muerte. La situación les llevó a pensar que podía existir una Crisis Humana. Ya que tuvieron que vivir la más desgarradora de las contradicciones. Porque entraron a la guerra como se entra al infierno, de ser cierto que el infierno es la negación. No querían ni la guerra ni la violencia y, sin embargo, tuvieron que aceptar la guerra y ejercer la violencia. No tenían odio más que al odio mismo, y sin embargo, debieron aprender esta difícil ciencia.

En plena contradicción consigo mismos, sin disponer de ningún valor tradicional, tuvieron que enfrentarse a los problemas más dolorosos que se han posado sobre las personas. Tuvieron que lidiar con el terror y más bien el terror lidió con ellos. Entonces, por un lado, está la generación peculiar que acabo de describir y, por otro lado, la crisis mundial de la conciencia humana que me gustaría caracterizar con la mayor claridad posible.

¿Qué es entonces esta crisis?

Más que intentar describirla en términos generales, me gustaría ilustrarla a través de cuatro breves relatos sobre una época que el mundo empieza a olvidar, pero que aún arde en nuestros corazones.

1) En un edificio de apartamentos ocupado por la Gestapo en una capital europea. Dos acusados, aún sangrando, se encuentran atados tras una noche de interrogatorios. La portera del edificio comienza sus tareas domésticas. De buen humor, ya que probablemente acaba de desayunar. Bajo reproche por uno de los hombres torturados, ella responde indignada: «Nunca me meto en los asuntos de mis inquilinos».

2) En Lyon, uno de mis compañeros es sacado de su celda para un tercer interrogatorio. Como sus orejas se habían desgarrado gravemente durante la sesión anterior, llevaba una venda alrededor de la cabeza. El oficial alemán que lo interroga es el mismo que había dirigido las sesiones anteriores. Sin embargo, le pregunta, con un aire de afectuosa preocupación: «¿Cómo están tus orejas?».

3) En Grecia, tras una operación de resistencia clandestina. Un oficial alemán prepara la ejecución de tres hermanos que había tomado como rehenes. Su anciana madre se arroja a sus pies y él acepta salvar a uno de ellos, pero con la condición que sea ella quien designe cual de ellos sobrevivirá. Ella elige al mayor puesto que está a cargo de una familia. Pero su elección condena a los otros dos, tal y como pretendía el oficial alemán.

4) Un grupo de mujeres deportadas, entre las que se encontraba una de nuestras compañeras, fueron repatriadas a Francia vía Suiza. Nada más entrar en territorio suizo, observan que se está celebrando un funeral. La mera visión de este espectáculo desencadena sus risas histéricas: «Así es como se trata a los muertos aquí», dicen.

No he elegido estas historias por su carácter sensacionalista. Sé que es mejor evitar herir la sensibilidad del mundo, que generalmente opta por cerrar los ojos para mantener su tranquilidad. Las he elegido porque me permiten responder con algo distinto a un «sí» convencional a la pregunta: «¿Existe una Crisis Humana?» Me permiten responder tal y como lo hicieron las personas de las que hablé: Sí, hay Crisis Humana porque en el mundo actual podemos contemplar la muerte o la tortura de otro ser con un sentimiento de indiferencia, de preocupación amistosa, de interés científico o de simple pasividad. Sí, hay una Crisis Humana, porque dar muerte a una persona puede contemplarse con algo distinto al horror y al escándalo que debería provocar. Porque el sufrimiento humano se acepta como una obligación un tanto aburrida, al mismo nivel que conseguir provisiones o tener que hacer cola para conseguir una onza de mantequilla.

Es demasiado fácil, en este punto, acusar simplemente a Hitler y decir que como la bestia está muerta, su veneno ha desaparecido. Sabemos perfectamente que el veneno no ha desaparecido. Que cada uno de nosotros lo lleva en su propio corazón, y podemos percibirlo por la forma en que las naciones, los partidos políticos y los individuos siguen mirándose unos a otros, con vestigios de ira. Siempre he creído que una nación es responsable tanto de sus traidores como de sus héroes. Pero igualmente una civilización, la del hombre blanco en particular, es responsable tanto de sus perversiones como de sus éxitos. Desde este punto de vista, todos somos responsables del legado de Hitler y debemos descubrir las causas más generales del terrible mal que ha carcomido la faz de Europa.

 

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