11 de diciembre de 2009

"Rayo, viento y ausencia" según Antón Castro

Miguel Hernández (1910-1942) fue un poeta del pueblo. La poesía nació en su cabeza mientras apacentaba sus rebaños y miraba el cielo, el poniente y esos paisajes de olivos, naranjos y almendros. Luego, con la ‘ayuda’ de San Juan de la Cruz, Paul Verlaine y Gabriel Miró ensanchó su mirada y encontró un lenguaje, ahormó su sensibilidad. Pasó por diversas etapas en su corta vida: la de poeta cristiano, intenso y torturado; la de poeta gongorino y aún guilleniano en ‘Perito en lunas’ (1933); la de poeta del exacerbado y doliente amor en ‘El rayo que no cesa’ (1936), dedicado a tres mujeres; la de poeta combativo y comunista cuando se enfundó el mono de soldado-miliciano y tomó entre sus manos la metralleta. Fue en algún instante poeta surrealista, y acabó siendo un poeta desesperado que se arrastraba, con su hondura y su visceralidad, por las cárceles de mundo, mientras se le moría un hijo, mientras la enfermedad devoraba su joven cuerpo, mientras sentía el furioso lanzón del amor, de la vida y de la muerte en la sangre y en el cuerpo. Miguel Hernández publicó poco y escribió mucho, pero dejó una huella especial de poeta auténtico, metafísico y existencialista, poeta de la tierra y de la belleza, poeta del temblor casi sobrehumano y del desgarro.
Luis Felipe Alegre tomó hace ya más de 35 años de uno de sus versos, ‘el silbo vulnerado’, el nombre de su compañía. La poesía de Miguel Hernández le ha acompañado de siempre: en espectáculos, en recitales, en funciones para los estudiantes. Ahora, en vísperas del inicio de los actos del primer centenario de su nacimiento, El Silbo Vulnerado ha creado un nuevo espectáculo sobre Miguel Hernández. ‘Rayo, viento y ausencia’, que se representó ayer y se representa hoy, a las 20.30, en el Teatro Arbolé, esa maravillosa caja negra. Es un espectáculo minimalista y bellamente elaborado, un espectáculo suspenso en la emoción y en la intensidad, organizado en torno a la voz y la música con algunos elementos simbólicos: la silla, el chaleco, el pañuelo rojo, las cartas, etc. Solo dos actores: el rapsoda Luis Felipe Alegre y la cantante Carmen Orte. Ambos, componen una función muy medida que dura algo más de una hora y comprende los poemas, la peripecia vital y los temas fundamentales de Miguel Hernández. Arranca con un soneto en homenaje a Ramón Sijé, en vez de su célebre ‘Elegía’, mezcla sonetos de ‘El Silbo Vulnerado’ con los de ‘El rayo que no cesa’; el montaje alcanza un clímax especial con ‘Viento del pueblo’, y desde entonces ya no desciende: se oyen ‘Nanas de la cebolla’, ‘El niño yuntero’, ‘Boca que arrastra mi boca’, oímos los poemas de amor desde la cárcel, algunas soflamas políticas, que siguen sonando a pura verdad.
El espectáculo, sencillo y complejo a la vez, muy teatralizado en expresión y gesto, contenido y a la par grave, casi una pieza de cámara, es una experiencia especial. Luis Felipe Alegre ha apostado por mostrar la complejidad del poeta, la riqueza de sus metáforas, la calidad de su lírica y su lenguaje de reminiscencias campesinas y pastoriles, su fulgor metafísico, su oceánico desgarro.
Está y no está todo Miguel Hernández en ‘Rayo, viento y ausencia’. Alguien puede echar en falta algún poema. Tal vez: Miguel Hernández ha sido un poeta celebrado, vindicado, cantado por Paco Ibáñez, Víctor Jara o Joan Manuel Serrat, entre otros muchos, y pertenece a la memoria del pueblo. Todos tenemos nuestro Miguel Hernández. El Silbo Vulnerado ha apostado por el rigor, por la relectura inteligente y sensible, por el redescubrimiento de un poeta que murió a los 31 años y que maduró de celda en celda, abrazado a la miseria, a los piojos, a la bronquitis, al tifus y a la tuberculosis, y a la ruindad terrible de todas las guerras y sus torrenteras de odio.


Rayo, viento y ausencia. El Silbo Vulnerado. Actores: Luis Felipe Alegre y Carmen Orte. Teatro Arbolé. Segunda función, hoy día 8 a las 20.30. En la foto, Luis Felipe Alegre y Carmen Orte.

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